En nuestro país, no hay dudas, los muertos suelen gozar de mejor reputación que los vivos. Nuestro sentido común adhiere a la idea de que todos los muerto son santos, y debemos canonizarlos cuanto antes. Es cosa de ver las velas encendidas en los cementerios a los asesinos más despreciables. En nuestro estrecho
círculo literario, a los escritores difuntos se los venera muy por encima de los vivos buscando -tal vez- apaciguar las conciencias culposas arrastradas por causa de no haberlos valorado a tiempo. (más…)
Las marcas de Roberto Bolaño
Asuntos del diario vivir: Pague con sencillo.
¿Alguien más se ha dado cuenta que la gran mayoría de las personas paga su compra con el billete más grande que lleva en su cartera? El asunto tienes todas las características de una verdadera patología mental. Ya se trate de comprar cigarrillos, una bebida, o un mueble, la gente saca el billete más grande del bolsillo. En otros países, una acción semejante se toma casi como un insulto. En Argentina, Bolivia, Brasil…quien no
tiene sencillo para pagar un café o alguna compra por un monto de ese tipo, sencillamente, se queda sin comprar. Nadie le va a vender si no se toma la molestia de buscar el sencillo correspondiente. Lo que no ocurre, por cierto, porque el comprador hurga antes en sus bolsillos hasta dar con el sencillo necesario para pagar su cuenta sin molestarse en lo más mínimo. Se trata de una regla de urbanidad obvia y mínima. En cambio acá, el comprador se ofende hasta la ira si el vendedor pide que pague con sencillo. Es más, amenaza alegando que tienen la obligación de darle vuelto. Debe ser por ese motivo que hombres y mujeres terminan caminando ladeados en este país, por el exceso de monedas que cargan en sus bolsillos. O tal vez han puesto demasiado oído al viejo refrán castellano que sostiene: “son las chauchas las que hay que cuidar, los pesos se cuidan solos” El caso es que los chilenos acostumbramos a pagar la cuenta con el billete más grande, nada más que por ese complejo de inferioridad que nos cohíbe frente al resto, ya por falta de mundo, o por falta de (más…)
Autopista del sur
El escritor argentino Julio Cortázar fue un adelantado cuando escribió “La autopista del sur”, cuento de su autoría que pone al lector en medio de un gigantesco taco automovilístico a las entradas de París. Hoy,
cincuenta años más tarde, en nuestros lejanos países está sucediendo exactamente lo mismo. Las calles de Santiago de Chile, por ejemplo, ya no soportan mayor cantidad de autos, a pesar de las vías concesionadas que buscan descongestionar las estrechas arterias de la ciudad. La invasión de autos es cada vez más alarmante y cabe preguntarse qué va a pasar en 10 años más, cuándo la población vehicular supere en un cien por cien a la actual.
Sin duda, el Transantiago ha hecho un aporte importante también al problema, incitando a los santiaguinos a comprar más autos con tal de librarse de las dificultades de locomoción creados por este obtuso sistema de movilización pública, sin avizorar que un auto más en la calle, es una gota más al vaso de agua a punto de colapsar. Ninguna de las medidas posteriores tendientes a corregir las enormes deficiencias del sistema de transporte público han contribuido a mejorar el plan piloto inicial, sólo han conseguido incitar a los propios usuarios a comprar su propio sistema de locomoción para resolver su problema particular. Otra aberración que pone en evidencia la falta espíritu visionario del plan. Es (más…)
Cuentos del Maule, El Gringo
El gringo enamorado.
Humberto Miller llegó con la cuadrilla que vino a instalar las cañerías para el agua potable. Después, echó
raíces en el pueblo. Se enamoró de Aurora, la hija mayor del viejo Aníbal, dueño del único almacén existente en diez kilómetros a la redonda. La muchacha tenía unos ojos negros penetrantes, clavaban igual que las espinas de los nardos. En el pequeño poblado era la estrella, como lo son algunas mujeres en el cine. Cada vez que salía de su casa cargando los baldes de aluminio en busca de agua al pozo, no le faltaba el ayudante. Los hombres corrían a socorrerla, cualquiera fuera el requerimiento. A los dieciséis años, ya había aprendido a sacarle algún partido a las miradas masculinas.
Esa mañana la cuadrilla de trabajadores se encontraba arriba del camión con sus cachivaches amontonados junto a la baranda, cuando Aurora apareció gritando a viva voz, y en medio de las risotadas de los trabajadores, que el Gringo -porque así lo llamaban sus amigos de faena en directa alusión al color de su pelo- no podía irse con ellos. Que no podía largarse así no más, gritaba, porque un hijo suyo esperaba ella.
El Mochilero
Todo comenzó como en las buenas películas, apenas me bajé del camión, ya tenía un harem de mujeres a mis pies. Por supuesto no precisamente allí, sino un poco más allá, allí frente a la plaza, donde había mucha agitación en torno a un escenario improvisado, demasiadas cabelleras llamativas, negras, rubias, colorinas, castañas; demasiados cuerpos femeninos con bluyines apretados; risas, música, onda en definitiva. Gran bailoteo gran, calculé de inmediato, y con lo que me gustan los bailoteos, parezco mono porfiado, me tienen que sosegar a palos cuando me da por bailar. Una vez estuve bailando hasta que se acabó la noche, la reventó la luz del día de un solo cuete. Un Año Nuevo creo que fue.
La llegada al pueblo había sido providencial. Le di el correspondiente millón de gracias al chofer cuando me bajé, para luego zambullirme ansioso en medio del gentío agolpado en torno al escenario. El tipo se pasó de buena gente conmigo, poco más y me invita a su casa a cenar. Pero la música era cosa seria en ese preciso momento, se colaba por todos los agujeros de la piel, electrizando cada nervio, cada minúsculo reticulado de mi ser. Al menos así la he sentido siempre, especialmente cuando es en vivo, como se daba el caso. Podía ver desde allí el deslumbrar de las guitarras eléctricas, el resplandor de los platillos tras cada chasquido de la plumilla marcando el ritmo, las manos ágiles del organista sobre su instrumento, el juego de luces multicolores proyectadas sobre el gentío, las gesticulaciones aparatosas del cantante, las expresiones vivas del público…
No lo pensé más: mochila al hombro encaminé mis pasos hacia la muchedumbre, y como un cuchillo fui abriéndome paso en medio del gentío hasta ubicarme lo más cerca posible de la orquesta. Desde allí, pegado a los bafles igual como una lapa a las rocas de los arrecifes, pude hacerme una idea todavía más alucinante del panorama. Había mujeres para regodearse. Lolas, lolitas, cabritas ricas para todos los gustos. Algunas bailaban solas, otras más tímidas, movían solapadamente sus pies, sus rostros juveniles eran pura Bilz y Pap, esbozando sonrisas para exportar hacia todos los rincones lúgubres del hemisferio. Desde allí, mientras fumaba y echaba humo a bocanadas como una vieja locomotora a carbón, estas pupilas que siempre han sido una parte independiente de mí, fueron a dar de golpe con una muchacha única en el planeta, ubicada en un extremo opuesto al mío. Allí, estas pupilas se detuvieron por segundos que se fueron prolongando en lapsos temporales cada vez mayores, extasiadas frente a una mujer que más bien parecía producto de una aparición. Y en la medida que avanzaba el tiempo, comenzaba a encontrarla más atractiva, seductora, irresistible. Así me fue entrando el amor como con jeringa, poco a poco y hasta la última gota. ¡Mijita rica! Alguien me lo estaba gritando por dentro, ¡Mijita rica!, al mismo tiempo que comenzaba a sentir esa especie de frustración inicial que uno suele experimentar frente a una mujer atractiva, sobre todo cuando uno no la conoce y surge la necesidad de conocerla a toda costa, de saber por qué está ahí, cual es su nombre, de dónde viene y todas esas interrogantes en alerta junto a la ansiedad del deseo. Eso ocurre conmigo, y, palabra, no soy un psicópata ni nada por el estilo. Simplemente, me enloquece la belleza, me acelera el pulso y siento la furia del tambor ancestral retumbando en las paredes del corazón.
Permanecí mirándola durante media hora por lo menos, con la pupila encima, pegada a ella como una cámara indiscreta. Seguro que todo ese largo rato me odió a muerte, como suelen odiar las mujeres cuando un desconocido las observa a la distancia, sin atreverse a hacer un gesto de rechazo. A menos que se trate (más…)



