Salir al pizarrón en mis tiempos escolares constituía una verdadera hazaña. Normalmente, de pie y con un trozo de tiza en la mano, uno se exponía a que nuestra ignorancia quedara completamente al descubierto delante del curso. Los profesores, salvo casos puntuales, parecían disfrutar de la situación y no hacían nada para que el alumno se sintiera seguro. Por el contrario, algunos nos llevaban a desarrollar el ejercicio más difícil, para que la evidencia de nuestra ignorancia fuera todavía más manifiesta. Y, desde luego, la reacción más natural de nuestros compañeros de curso, era la risotada destemplada, asociada a la burla.




