El escritor es invitado a una mesa redonda cuyo tema será el hambre.
El lugar es un fastuoso salón del palacio Riesco, y hay mucha gente en la sala.
Hay cámaras de televisión, periodistas, radio…
Dos señoritas entalladas reciben a la gente a la entrada con una sonrisa.
El moderador, muy circunspecto tras el micrófono, da comienzo a la reunión.
Su voz se oye grave a través de los parlantes
Luego, ofrece de manera muy cordial la palabra.
Todos los participantes, premunidos de voces engoladas y ademanes estudiados, comienzan dando largas explicaciones, explayándose latamente sobre el tema, sus orígenes y sus causas.
Exponen sus argumentos con desenvoltura tal que sorprenden al escritor, quien de pronto se confunde y piensa que está en el teatro.
Estos tipos hablan y se desenvuelven como actores dramáticos, piensa.
Pero permanece en silencio, estupefacto.
Tampoco alguien le ofrece la palabra.
El moderador parece ignorarlo, mientras se acomoda una y otra vez la corbata.
Cuando la reunión termina, con las correspondientes conclusiones y aplausos por parte del público y de los propios participantes, el escritor recién toma la palabra.
Hace tres días que no pruebo bocado, dice.
Luego, se retira, sin aplausos, por cierto.



