El Mochilero

Todo comenzó como en las buenas películas, apenas me bajé del camión, ya tenía un harem de mujeres a mis pies. Por supuesto no precisamente allí, sino un poco más allá, allí frente a la plaza, donde había mucha agitación en torno a un escenario improvisado, demasiadas cabelleras llamativas, negras, rubias, colorinas, castañas; demasiados cuerpos femeninos con bluyines apretados; risas, música, onda en definitiva. Gran bailoteo gran, calculé de inmediato, y con lo que me gustan los bailoteos, parezco mono porfiado, me tienen que sosegar a palos cuando me da por bailar. Una vez estuve bailando hasta que se acabó la noche, la reventó la luz del día de un solo cuete. Un Año Nuevo creo que fue.

La llegada al pueblo había sido providencial. Le di el correspondiente millón de gracias al chofer cuando me bajé, para luego zambullirme ansioso en medio del gentío agolpado en torno al escenario. El tipo se pasó de buena gente conmigo, poco más y me invita a su casa a cenar. Pero la música era cosa seria en ese preciso momento, se colaba por todos los agujeros de la piel, electrizando cada nervio, cada minúsculo reticulado de mi ser. Al menos así la he sentido siempre, especialmente cuando es en vivo, como se daba el caso. Podía ver desde allí el deslumbrar de las guitarras eléctricas, el resplandor de los platillos tras cada chasquido de la plumilla marcando el ritmo, las manos  ágiles del organista sobre su instrumento, el juego de luces multicolores proyectadas sobre el gentío, las gesticulaciones aparatosas del cantante, las expresiones vivas del público…

No lo pensé más: mochila al hombro encaminé mis pasos hacia la muchedumbre, y como un cuchillo fui abriéndome paso en medio del gentío hasta ubicarme lo más cerca posible de la orquesta. Desde allí, pegado a los bafles igual como una lapa a las rocas de los arrecifes, pude hacerme una idea todavía más alucinante del panorama. Había mujeres para regodearse. Lolas, lolitas, cabritas ricas para todos los gustos. Algunas bailaban solas, otras más tímidas, movían solapadamente sus pies, sus rostros juveniles eran pura Bilz y Pap, esbozando sonrisas para exportar hacia todos los rincones lúgubres del hemisferio. Desde allí, mientras fumaba y echaba humo a bocanadas como una vieja locomotora a carbón, estas pupilas que siempre han sido una parte independiente de mí, fueron a dar de golpe con una muchacha única en el planeta, ubicada en un extremo opuesto al mío. Allí, estas pupilas se detuvieron por segundos que se fueron prolongando en lapsos temporales cada vez mayores, extasiadas frente a una mujer que más bien parecía producto de una aparición. Y en la medida que avanzaba el tiempo, comenzaba a encontrarla más atractiva, seductora, irresistible. Así me fue entrando el amor como con jeringa, poco a poco y hasta la última gota. ¡Mijita rica! Alguien me lo estaba gritando por dentro, ¡Mijita rica!, al mismo tiempo que comenzaba a sentir esa especie de frustración inicial que uno suele experimentar frente a una mujer atractiva, sobre todo cuando uno no la conoce y surge la necesidad de conocerla a toda costa, de saber por qué está ahí, cual es su nombre, de dónde viene y todas esas interrogantes en alerta junto a la ansiedad del deseo. Eso ocurre conmigo, y, palabra, no soy un psicópata ni nada por el estilo. Simplemente, me enloquece la belleza, me acelera el pulso y siento la furia del tambor ancestral retumbando en las paredes del corazón.

Permanecí mirándola durante media hora por lo menos, con la pupila encima, pegada a ella como una cámara indiscreta. Seguro que todo ese largo rato me odió a muerte, como suelen odiar las mujeres cuando un desconocido las observa a la distancia, sin atreverse a hacer un gesto de rechazo. A menos que se trate de una mina demasiado desenvuelta, de esas que son capaces de poner colorado al mismo James Bond. Pero no es el caso. Aquí es más bien difícil encontrar una mujer con ese pedazo de personalidad de las mujeres del cine, a menos que se trate de una chica de la noche, acostumbrada a los juegos alambicados de las amantes pagadas. Ella bajaba la mirada mientras la observaba, aunque a ratos respondía con un ligero parpadeo, invitándome a seguir con el jueguito. El cual es harto entretenido, entre paréntesis. Uno mira, y la otra persona se esconde bajo los párpados, uno deja de mirarla, y sus pupilas vuelven a asomar para mirarnos, y así…hasta llegar a cien, hasta el preciso momento en que uno no sabe qué hacer frente a esa situación provocada por uno mismo…, y en parte quiere huir y en parte quiere finiquitar el asunto, concretar el flechazo con una palabra, con un gesto, con lo primero que nos salga de manera natural.

Había tanta juventud reunida allí, que uno se sentía dichoso de pertenecer a esa especie de cofradía, a ese círculo cerrado, repleto de simbologías propias a una edad, a esa misma edad que tenía yo, y estaba presto a aprovecharla, a sacarle la última gota de jugo antes que la vejez se desplomara sobre mí. La colección de insignias que traía pegada a la mochila, podía ser una buena evidencia de ello, al menos había sido mi intención al comprarlas una a una en cada pueblo que recorriera durante ese largo verano del 75, como una forma de sentirme más seguro entre mis amigos cuando regresara a la capital. Ninguno podría creer mucho la gracia, la mayoría son unos escépticos. Se las dan de hombres los compadres y no son capaces de desprenderse de las faldas de mamá. Ninguno me había querido acompañar ese verano y por eso andaba solo por los caminos del sur, en un diálogo permanente conmigo mismo, con aquel sujeto atrapado en las paredes de un yo infinito, imposible de atrapar con cuatro palabras, y con el cuál no terminaba nunca de discutir cualquier asunto, mejor me voy por aquí, no, toma esta vía, decía el otro, y así nos llevábamos…

– ¿Quieres bailar?

Cara de palo me había acercado a la rubia para invitarla a bailar. Frente a frente, su belleza se alzó más aún, como esos globos aerostáticos cuando sueltan sus bolsas de arena para tomar altura. Pero no por ello me pareció en ese momento inalcanzable, por el contrario, pareciera que a uno le gusta todo lo que está por sobre nuestra cabeza, para emprender también la correspondiente ascensión al cielo…

Estuvimos bailando cerca de media hora y todavía me pareció demasiado poco. Mudos, sobrellevados por los excitantes ritmos de la música, bastante cohibidos en un principio, sin encontrar todavía el lenguaje preciso para comenzar a hablar. Bastaba con la música, ella contenía todas las palabras, todas las emociones de ese momento. Ni siquiera sabía tu nombre, tampoco tú el mío, entonces no existía mejor manera de conocernos que a través de la música, de mis movimientos coléricos, entrecortados, robotizados, en contraste con esos deliciosos desplazamientos tuyos, pero ambos con esa alegría natural irradiada por nuestros cuerpos juveniles. Había recorrido la mitad del país ese verano a dedo, y, por supuesto, tenía mucho que contar, pero no en ese mismo momento, claro. La irradiación de tu piel resultaba bastante más atractiva que esas aventuras y peripecias a dedo por los lagos del sur.

La llegada a ese pueblo perdido entre los cerros fue lo bastante agradable como para echar raíces por un tiempo allí. Acompañé a media noche a la rubia hasta su casa, sin antes fijar una cita concreta para el día siguiente. Al medio día, dijo, al medio día en la playa Los Gringos nos vemos Martín. Por supuesto, tuve que mentir un poco y decirle que venía a casa de unos tíos a pasar unos días. Seguro que si le contaba la verdad, el posible romance no tendría mucho futuro. Uno no puede dejar del todo su vanidad cuando conoce a una mujer hermosa. No podías decirle: mira Valentina -porque ese era su nombre- la verdad es que no tengo donde dormir esta noche, y, lo más probable es que en un rato más baje a la playa a estirar los huesos sobre la arena. Acabo de llegar en un camión al cual subí después de hacerle dedo a otros tantos que me dejaron tirado en medio de la carretera. Claro, no podías decirle eso Martín, a menos que le hubieras dado ya un beso. Tu sabes, las mujeres cuando aman, cuando se sienten atraídas, suelen olvidarlo todo, incluso que su amante sea un atorrante, como era el caso. Y vaya si no me sentí un atorrante esa noche frente a su casa de veraneo, donde a la luz de los faroles brillaban los techos acerados de tres automóviles último modelo.

Nos besamos en la mejilla al despedirnos. La tomé de la cintura al besarla y sentí la sensación que nada podía haber en el mundo más excitante. Su piel parecía allí tan suave y firme que daban deseos de mascarla.

Cuando quedé solo, caminé largo rato por las calles del pueblo, como una forma de apropiarme de sus espacios, de sus veredas angostas y altas, de esas casas en su mayoría de adobe pareadas unas a otras a lo largo de las calles desoladas, por donde silbaba a ratos el viento nocturno proveniente del río que bajaba por un costado.

Luego de dar varias vueltas y quedar lo suficientemente orientado para moverme el día siguiente como Pedro por su casa en esa ciudad con río y mar, me dirigí a la playa, donde extendí mi saco de dormir frente al rumor infatigable de las olas del océano Pacífico, que venían y se iban frenéticas, recogiéndose como lenguas blancas, y me entregué al sueño, entusiasmado con la idea de despertar temprano al día siguiente para volverla a ver.

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