La señorita Elisa

Publicado en revista de cultura
Cuento de Miguel de Loyola

A la señorita Elisa le gustaba conversar con Gabriela Mistral en la plaza, por ese motivo algunas personas al sorprenderla en esa situación la tildaban de lunática. Los niños no podían evitar reírse cuando la oían hablando con la inmutable efigie de piedra. Los ancianos en cambio, sentados en los escaños en los días soleados ojeando el diario, guardaban respetuoso silencio frente a tales circunstancias.

Después, cuando terminaba su soliloquio, la saludaban con cordialidad, y ella correspondía el saludo con una venia, una venia característica, moviendo varias veces consecutivas su cabeza blanca, mientras en su rostro de tez clara, casi transparente, se encendía una singular sonrisa de benevolencia. Luego solía hacer algún comentario relativo al tiempo y al estado del aseo de la plaza. Se preocupaba de su limpieza, y reprendía con severidad a cualquiera que sorprendiera botando alguna basurilla fuera del basurero existente. Su espíritu cívico parecía propio al de los descendientes de emigrantes de la Europa oriental. Ella lo era, por cierto. Aunque nadie podía precisar con exactitud de donde procedía exactamente su prosapia.

Nadie en San Clemente osaba preguntarle acerca de sus diálogos con la poetisa. En sus alusiones en público, con motivo de alguna celebración patriótica, no se cansaba de enfatizar su gran admiración por la ilustre Premio Nóbel de literatura, y el respeto que le debía el pueblo de Chile a su obra y a su imagen. Además, y resultaba un tanto majadera en eso, insistía en el cuidado y la mantención del monolito, porque los desvelos para conseguirlo no habían sido pocos. Contaba entonces que durante años anduvo golpeando las puertas del Intendente de Talca para que lo regalara a la localidad de San Clemente. Y que solo por una casualidad el sueño llegó a materializarse. Según ella misma explicaba, la máxima autoridad zonal mandó un día a esculpir una escultura de la poetisa para la ciudad de Talca a un renombrado artista de Las Vertientes especialista en mármol, y el mismo día en que fueron a retirarla los funcionarios del municipio, al momento de subirla al camión, se les resbaló al suelo, partiéndose en consecuencia la figura de la Mistral en dos partes. El artista no quiso responder por el descuido de los funcionarios municipales, y el Intendente, como una forma de salvar algo de lo perdido, lo instó entonces a transformar los restos en dos bustos de la poetisa. Así, uno quedó en Talca, y el otro fue cedido a San Clemente gracias a la directa intervención de la señorita Elisa. En su calidad de Presidenta de la Cruz Roja, disponía de bastante autoridad, y la ejercía de vez en cuando para llamarle la atención a los niños cuando los sorprendía tratando de subirse, o bien estando ya encaramados en la base de la estatua, desde donde les gustaba saltar, como desde un trampolín, hacia el césped más verde de la plaza, o en dirección a las matas de acantos junto a los escaños. Aunque a los niños les bastaba verla asomar por una de las bocacalles para mejorar su conducta. Imponía respeto por presencia, ya por su figura y manera singular de mirar, su cabello cano y reluciente la distinguía de las demás mujeres de su edad, cuyas cabelleras -si bien canas también- no tenían el brillo y la luminosidad del blondo cabello de la señorita Elisa, lavado con agua de quillay, porque jamás usaba champú de la botica. Cuidaba de su cabello y de su salud, lo mismo que de la estatua de doña Gabriela. Algunos comentaban que ambas mujeres se parecían, pero en honor a la verdad, el rostro de la señorita Elisa resultaba bastante más dulce. Sus ojillos azules, en cambio, siempre despiertos, denotaban sentimientos altruistas, lo mismo que los de la gran poetisa chilena.

Llevaba una vida frugal y sana. Se levantaba al canto de los primeros gallos para darse un baño de tina, y luego volver a la cama envuelta en una sábana blanca, no sin antes haber pasado por la cocina en busca de su desayuno, consistente en una taza de leche tibia y galletas de soda untadas en miel pura de abeja. Volvía a levantarse a las nueve, nunca antes, tampoco después. A esa hora salía a la calle en dirección a la Cruz Roja, vistiendo regularmente un traje dos piezas de color claro en verano y oscuro en invierno, acompañado de una cartera de cuero que colgaba de su hombro izquierdo. A muchas damas les llamaba la atención el detalle de la cartera, que aunque de cuero fino, nunca hacía juego con sus trajes de tela. Se trataba de una cartera negra, con una cerradura de bronce que crujía al momento de abrirla y de cerrarla. Su tamaño excedía el tipo regular de las carteras para damas, o bien la señorita Elisa resultaba una persona demasiado menuda para el tamaño de ésta. Así recorría las tres cuadras distantes entre su casa y la Cruz Roja, haciendo crujir los tacos de suela de sus zapatos sobre el duro pavimento, a un ritmo acompasado, lento, pero regular, propio de las mujeres de cierta edad. Algunos afirmaban que pasaba fácil la barrera de los setenta y cinco años. Pero nadie podía certificarlo. Las veces que alguien intentó preguntarle la edad, siempre supo dar a entender, de manera cordial, por cierto, que a las damas no correspondía hacerles esa clase de preguntas.

A la hora de almuerzo comía hortalizas frescas o cocidas y abundante fruta de la temporada. Eso constituía la base de su frugal alimentación. Jamás probaba la carne, tampoco el pollo ni el pescado. Las verduras las preparaba en la Cruz roja, puesto que no regresaba a casa a esa hora del día. Después de almorzar, se tendía un rato largo en una de las camillas del consultorio, y dormía allí una siesta plácida. Aunque al menor ruido solía despertarse. Y las tardes en que no llegaba nadie al consultorio y el silencio reinaba, su siesta se prolongaba hasta la hora del ocaso.

En San Clemente no existía hospital, el consultorio de la Cruz Roja atendía las necesidades de salud de sus habitantes. También estaba a su cargo el reparto de la leche entregada por el gobierno para los niños. Ocasión en que la señorita Elisa, provista de sus lentes de armazón metálico encasquetados sobre su menuda nariz, iba tiqueando una por una a las personas al momento de retirarla, no sin dejar de mirar con benevolencia y su característica sonrisa a esas madres que aunque jóvenes de edad, a veces le parecían mujeres ancianas, desgastadas por las agotadoras labores del campo y por su prematura maternidad. De vez en cuando solía hablarles a ellas de Gabriela Mistral, de sus luchas por la liberación de la mujer en América. También en algunas ocasiones repartía poemas de la poetisa, copiados con una letra de caligrafía impecable.

La especialista en inyecciones era la señorita Elisa, y aplicaba tanto las intramusculares como las endovenosas. Cuando algún paciente por el grado de su enfermedad sobrepasada los conocimientos de las enfermeras, la señorita Elisa lo remitía al hospital de Talca mediante un certificado firmado por su puño y letra. Nadie dudada de sus conocimientos de enfermería, y algunas mujeres le pedían consejo también para sus asuntos más íntimos, ya que sus hijos llegaban al mundo con la sola ayuda de la partera, sin pasar por el hospital. Aunque la señorita Elisa les recomendaba mucho hacerlo, por la salud del niño, pero también por la de la madre.

La tarde en que sufrió el accidente vascular, había recorrido casi la totalidad de su rutina diaria. Se había dado su baño de tina, lavado el pelo con agua de quillay, tomado el desayuno correspondiente, caminado las tres cuadras hasta el consultorio por la calle Alejandro Cruz, con su habitual parada en la plaza a saludar a Gabriela, su “amada amiga” como expresaba toda vez que se refería a ella en público.

Se encontraba tomándole la presión a una mujer embarazada del fundo Mariposas cuando le sobrevino el ataque, manifestado en un dolor de cabeza tan intenso que, luego de tomarse dos comprimidos de Cafiaspirina, la llevó a tenderse en una de las camillas. Después se sacó los lentes y los depositó sobre la mesilla metálica de color blanco, esa tipo velador que servía allí para poner los utensilios médicos junto a la camilla. Los lentes los había comprado en Santiago, y resultaban unos anteojos muy vistosos para ese entonces.

Dicen que después cerró los ojos, y ya no los volvió a abrir otra vez. Cuando Mariana y Adelaida golpearon el vidrio de la puerta, al esperar por unos segundos respuesta y no recibirla, entraron sigilosamente a la habitación. La señorita Elisa parecía dormida sobre la camilla, dijeron ambas, pero estaba muerta. Su pelo blanco, sin embargo, relucía igual al pelo fresco y voluminoso de una muchacha. El rictus de su boca dibujaba una sonrisa, la misma sonrisa translúcida que destacaba como una característica singular de su persona.

La noticia la esparció por el pueblo y sus alrededores el viento, el viento que solía levantarse por la tarde en San Clemente. Un viento tibio, precordillerano. Un viento cargado de voces conformando un rumor extraño, cargado a veces de señales incomprensibles, de murmullos provenientes de los fundos y haciendas colindantes.

Nadie se atrevía en el pueblo a tomar la iniciativa de los funerales. Ni siquiera el teniente de policía estaba decidido a llevar a cabo las diligencias correspondientes. No se le conocían familiares a la difunta. Se confirmó que había llegado treinta años atrás a vivir a San Clemente, pero no se sabía tampoco su exacta procedencia. De manera que no existía un alma posible para decidir qué hacer con su cuerpo y menos con sus pertenencias materiales. Anita Collados, quien hacía aseo y lavados en su casa tres o cuatro veces por semana, parecía en ese momento la persona más cercana a su persona. Y a ella misma citó Fernando Rodríguez a su despacho, con el fin de averiguar si sabía de la existencia de algún documento que acreditara su origen. Al no poder avanzar en su investigación, le dio finalmente el encargo de vestirla para el viaje. Después, el teniente tuvo que tomar algunas precauciones para entrar a la casa de la señorita Elisa en busca de sus documentos personales, puesto que en su cartera de mano sólo encontró una botella de colonia Inglesa, un espejito y polvos para la cara, además de un frasco de Cafiaspirina, pero ningún documento que acreditara su identidad. Después, mandó al sargento Primero a hacer un catastro de sus bienes y a clausurar las puertas con candados, antes que alguien pudiera aprovecharse de la situación saltando las tapias comunicantes con los patios interiores de las casas de la calle Alejandro Cruz. Aunque sus bienes desaparecieron de igual modo, uno por uno, según cuentan. Su amiga Adelaida, después de haber pasado el primer impacto por la muerta repentina de su amiga, aclaró ya muy tarde que la difunta quería que al momento de su fallecimiento sus bienes pasaran íntegros a las manos del Hogar de Menores.

La urna la compró el padre Aldo con dineros de la iglesia, después que el teniente le confirmara que le sería devuelto con posterioridad. La velaron en la Sacristía. Y todo el pueblo acudió a su sepelio. Mas tarde, el carro de pompas fúnebres salió cargando la urna tapizado de flores de distintos colores. El ruido del traqueteo de las pisadas de los caballos sobre el duro pavimento de la calle, se transformó en la música fúnebre que acompañó esa tarde al cortejo. Una vez en el cementerio, la urna fue llevada al crematorio, siguiendo el deseo expreso de la difunta. Sus cenizas fueron esparcidas en la plaza, a los pies de la estatua de Gabriela Mistral.

Tiempo después, se presentaron en San Clemente dos hombres acreditando mediante Libreta de Matrimonio en mano, ser hijos legítimos del matrimonio Pérez – Muller, contraído en el Registro Civil de La Serena en el año 1904. Venían, según se supo a las pocas horas, a reclamar la herencia de su madre.

No quedaba, por cierto, de sus bienes más que una casa vacía, los libros de Gabriela Mistral y posiblemente el tiesto donde acostumbraba a remojar el quillay para el cuidado de su cabello.

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LA SEÑORITA ELISA
CUENTO
Especialmente preparado para La Pata de Liebre

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