John Fante, Al oeste de Roma.

El vigor y entusiasmo de la pluma del llamado padre del hiperrealismo sucio resulta impresionante, y uno se frota los ojos pensando cómo pudo este tremendo escritor norteamericano pasar ignorado por la crítica durante tantos años. Sin la generosidad de Charles Bukowsky, no cabe dudas que habría pasado desapercibido por  el  público lector.¿Cuántos como él se habrán perdido por ignorancia de la crítica?

 

Los dos relatos que componen el libro Al oeste de roma, resultan verdaderamente piezas magistrales, sin ese relleno asfixiante que caracteriza la narrativa actual de ciertos escritores en boga, de gran cobertura mundial a través de la llamada Industria Editorial, cuyo producto  no suele ser precisamente literatura, y a quienes acostumbra a favorecer la crítica, sin explicar por qué, aunque tal respuesta resulte de perogrullo.

 

En el primer relato, Mi perro idiota, el autor se la ingenia para recrear una gran historia a partir un hecho simple: el hallazgo de un perro desconocido en el patio de la casa,  convirtiéndolo de paso en personaje novelesco al usarlo como aguja de la trama. En este relato con características de nouvelle por su longitud y desarrollo, Fante recrea una etapa concreta de la vida conyugal y familiar, aquella suscitada cuando los hijos llegan a la edad en que pasan a ser una molestia para la tranquilidad de los padres, sobre todo dentro del paradigma de la sociedad norteamericana.  

 

Henry Molice, protagonista y narrador, es un libretista que en algún momento de su carrera gozó de cierta fama y posición social, pero ahora su carrera se encuentra en franca decadencia, está cesante y ya no puede continuar llevando la vida de ayer, deberá desprenderse de sus bienes para solucionar sus problemas económicos, entre éstos su amado Porsche.  No obstante siendo esa la situación, sus hijos, casi todos mayores de edad, siguen viviendo a sus expensas y pareciera que en nada va a cambiar dicha  situación. Sin embargo, veremos como poco a poco comienza cada uno a tomar su propio rumbo, ante la mirada absorta y nostálgica de Molice y Denny, su mujer.

La nouvelle recrea la psicología de todos sus personajes con una facilidad pasmosa,  desmontando frente al lector la arquitectura general del adolescente en su paso –salto- a la vida adulta. Lo mismo con la del hombre adulto en su –ya no salto- sino más bien caída a la vejez. En sus sueños ya inalcanzables, como el de viajar a Roma a escribir lo que no puede escribir en su hogar.

 

La ironía impresa en la forma de mirar el mundo, quizá sea lo más impresionante de John Fante, imprimiéndole siempre a la dura  e inmutable realidad, esa dosis de flexibilidad que se consigue tras una mirada positiva, cargada de ingenio mágico y también de sana conformación, no exenta de ese humor medicinal que conllevaba a la salud y al llamado goce estético. Ambos atributos cada vez más difíciles de conseguir en un relato actual.

 

En el segundo relato, La orgía,  será la mirada de un niño quien nos pondrá al tanto de  acontecimientos tan sorprendentes como los del relato anterior del libro. La ternura e ingenuidad del niño conmoverán al lector por su naturalidad y verosimilitud.

Nick, su padre, es maestro de la construcción y trabaja con su amigo de toda la vida Frank Gagliano. Nick recibe de regalo una supuesta mina por parte de Buck (su ayudante), y se asocia con Frank para trabajarla. A Frank, la mujer de Nick lo odia por su ateismo y no lo admite en su casa. No obstante, ambos socios se irán todos los fines de semana juntos a fin de explotar la supuesta mina. Un fin de semana, los acompañará el niño narrador, enviado por la madre, y a través de su mirada conoceremos los verdaderos secretos de dicha mina.

Se trata de un relato ágil, donde cada frase llama a la otra, creando expectativas e interés por la lectura, dotado de la candidez y desenvoltura de esa mirada del niño narrador que comienza a descubrir y a vivir las inexplicables desviaciones de los adultos.

El contraste de ambos mundos, está muy bien logrado. Fante consigue perfilarlos con la sencillez que caracteriza a los grandes autores.

 Miguel de Loyola

Santiago, Chile.

 

 

 

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