El mercado y la masa

 

       Vivimos en un mundo donde el Mercado maneja al hombre mediante la intervención arbitraria de esta señora llamada Publicidad. Para todos es obvio que a mayor publicidad, mayor es el consumo del producto en cuestión. Sea este de cualquier naturaleza. Tanto los comestibles, como el vestido, autos, viajes, casas y otros, están sujetos a las riendas de la Publicidad. Si la Coca Cola no estuviera día a día machacando los sesos de los consumidores, sus ventas bajarían notablemente. De eso, me imagino, hoy por hoy, nadie tendrá dudas al respecto. Sin publicidad, como dice el eslogan, no se vende.     

                             

      Sin embargo, se da el caso que de esta manera, también se venden las ideas. La mejor prueba está en las campañas electorales, todos sabemos que en ello se invierten fortunas que podrían sacar de la pobreza a número importante de indigentes en el mundo. En consecuencia,  los hombres que conformamos la masa consumidora, la que compra, o se interesa por tal o cuál tema, estamos supeditados a  estas reglas. La libertad, a la que se apela como una de las virtudes del sistema de mercado, no es tal. No se puede ser libre en mundo que está dirigido y digerido por un sistema que impone sus intereses por sobre cualquier otro criterio.

       En el mundo de la cultura y el arte, sucede hoy por hoy también lo mismo. Salvo honrosas excepciones Las empresas cuyo producto de venta es el arte, sea este literario, cinematográfico, pictórico, etc., imponen criterios conforme a los intereses del mercado. La demanda –manejada por la publicidad- determina el producto en cuestión. Por eso hay quienes sostienen que en Chile no existe la crítica literaria. Porque para ejercerla verdaderamente, el crítico tiene que ser un hombre libre. Especímenes que rara vez se encuentran hoy en el mundo. Los más, están vendidos a los intereses del mercado. Los gustos los impone el sistema para controlar a la masa. A este hombre-masa globalizado que es el resultado de las políticas macro-económicas que nos gobiernan.

     Ortega y Gasset tenía mucha razón al denunciarlo a principios del siglo XX. “Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo –en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo.” Y hoy, por cierto, a nadie le conviene sentirse distinto.

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