Problemas de la educación

            Nada puede ser más contradictorio en nuestro país que el tema de la educación. Moros y cristianos atacamos o defendemos posiciones, pero en concreto no se hace nada importante. Salvo, claro, seguir hablando en contra o a favor de tal o cual idea, especialmente, cuando se aproximan las elecciones. Entonces despiertan voces de alarma denunciando los grandes problemas y deficiencias que padece el país al respecto.

 

 

Falta de lectura, de no saber leer, ni escribir, ni hablar más de dos palabras sin una muletilla o un garabato de por medio. Se asegura siempre que se van a tomar medidas, que el Ministerio exigirá tal o cual cosa, que se están modernizando los programas educativos, que habrá nuevas bibliotecas, nuevos fondos para libros…

            Palabras, cientos de palabras inútiles para solucionar el problema, pero extraordinarias para calmar los ánimos y adormecer las conciencias. Esa es una de las virtudes que más admiro del lenguaje, su capacidad para transmitir tanto la mentira como la verdad, para engatusar al otro, mediante el recurso de la persuasión que a la postre se transforma en demagogia.

            Creo que el problema de la educación circula por una ruta muy distinta. En un sistema cuyo rey soberano es el consumismo y sus aliados, todas las medidas tendientes a mejorar el sistema educativo son tiros al vacío. Cabe tener presente que la mayor fuente de alegría y diversión para el grueso de la familia chilena está hoy en los supermercados. Allí florece la mayor Academia educativa del país, en dichos lugares aprenden los niños y los adultos los valores más importantes para crecer y desarrollarse en esta sociedad moderna, allí calman sus angustias y pasiones, y surgen también sus mayores frustraciones. Allá acuden cuando están tristes, porque siempre la compra de algo termina por reconfortar el espíritu del ciudadano actual. Por eso en la mayoría de los hogares se espera con ansias la llegada del fin de semana para partir en familia a visitar al dios-supermercado. A estos verdaderos hongos gigantescos que crecen y se multiplican por doquier, cubriendo toda la superficie de la ciudad, arruinando a su paso -además- a miles de trabajadores independientes. Se instalan con sus parques de entretenciones como ayer se instalaban los circos en los barrios, y atraen a las masas con esos sebos llamados ofertas envueltos en atractivas promotoras.

            ¿Se puede exigir cultura a un pueblo que tiene los ojos puestos en el supermercado?

            ¿puede exigir mejor educación un pueblo que gasta en el supermercado todavía más de lo que tiene?

            ¿se puede exigir a los niños mayor educación si en los supermercados pasan unos por arriba de los otros con sus carros cargados?

            ¿es posible mejorar los programas educativos en una sociedad cuyo único fin en la vida es comprar?

            La llamada libertad de comercio se ha transformado en una falacia, arruinando a los pequeños para hacer más grandes a los más grandes. Esa es la política, esa es la ley que se impone, que rige los destinos de la población. Entonces no sacamos nada con hablar de los problemas de la educación, si afuera, en la calle, en el supermercado, las leyes son otras, las costumbres son otras. La educación no puede aislarse como asunto al margen de los problemas sociales. La educación y las costumbres son una misma cosa.

            Mejorar la educación implica cambiar formas y esquemas de vida, optar por una sociedad diferente a la que se critica o aborrece. Lo de demás, francamente, son palabras, puras y santas palabras mentirosas.

     Y, falta, algo, culpar a los profesores del problema, acusarlos de incapaces, de ineptos, de haraganes, mediocres, poco preparados. Porque hacia allá también cargan los dados nuestros parlamentarios más iluminados, cuando éstos, los profesores, en el actual sistema son verdaderos mártires, los últimos combatientes que van quedando en una guerra que el capitalismo otra vez ha ganado.

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