El amor en Cien años de Soledad.

2ª Parte.

            Otro de los grande aciertos de Cien años de soledad está en la exposición de la evolución de sus protagonistas, a quienes conocemos primero niños ( el niño que va con su padre a conocer el hielo), luego adolescente, adulto, para rematar en la ancianidad y la muerte. Es decir, la mayoría de los personajes de la novela recorren el periplo completo de la vida con los cuales el lector se va identificando, viéndose a sí mismo retratado en más de alguno por un efecto de espejo, sobrellevado y aliviado de sus propias miserias y tristezas por esa visión de mundo (real maravillosa) con que transforma todo lo que mira García Márquez. 

            El árbol genealógico de los Buendía se proyecta así ante el lector como absolutamente verosímil, traspasando el límite de la realidad para alcanzar la vida eterna de los personajes literarios. Nadie que haya leído la obra podrá olvidar, por nombrar a algunos a: José Arcadio Buendía amarrado al castaño, ni a Ursula su mujer fabricando galletitas y afanando en la cocina, ni a sus hijos José Arcadio, el Sansón lujurioso, ni a Aureliano Buendía el militar desilusionado, ni a Amaranta, la mujer que reprime su amor. Para no hablar de otros, como Pietro Crespi, acaso el ser más desdichado de Macondo, a pesar de sus juguetes maravillosos. Rebeca, Pilar Ternera, Remedios la bella, Fernanda (la beata), etc. 

            Sin embargo, parece oportuno advertir que los personajes de Cien años de soledad cobran vida en el imaginario del lector porque se perfilan tanto física como espiritualmente ante sus ojos. Esta fuerza de la imagen que proyectan, es la que hace verosímil la historia, asunto que la novela actual olvida con demasiada facilidad a la hora de manejar personajes, mostrándolos igual que si se tratara de verdaderas entelequias pensantes que el lector mal puede imaginar, porque se los ha despojado de toda apariencia física y son tratados por el novelista como espíritus vagos que dialogan consigo mismo. Es cierto que estos personajes actuales consiguen un grado importante de diálogo también con el lector, en tanto exponen su interioridad que suele ser también semejante a todas las intimidades psicológicas, pero el caso es que después de terminada la lectura, esos personajes se esfuman de la mente, contrariamente a lo que sucede con los verdaderos personajes literarios, que viven en la mente del lector para siempre.

            La vehemencia que encontramos viva en los seres creados por García Márquez, la vehemencia en tanto fuerza motriz de la existencia que conduce al hombre tanto a soñar como a ejecutar sus sueños,  pelear, amar, odiar, construir, destruir, etc., no la tienen tampoco los personajes de la novela actual, afectados por una suerte de virus que los convierte en seres exangües, carentes de toda pasión humana. En ese sentido, la obra del escritor colombiano se destaca por su fuerza dramática, por la presión y compresión con que palpitan las almas de sus héroes, otorgándole la verosimilitud suficiente para que puedan vivir dentro y fuera de la obra misma, como seres de carne y hueso.

            Pero volvamos al asunto del amor, motivo por el cual padecen de soledad las generaciones de Buendía. Amor que no encuentran o no buscan, aturdidos por sueños y vanidades. Es indudable que destaca en Cien años de soledad el amor carnal, en tanto deseo delirante de un hombre por una mujer ( o vice versa) que surge como un impulso natural y propio de la juventud, pero que puede perdurar en el tiempo, más allá de los límites de lo posible, gracias a esa visión real maravillosa.

            Recordemos el amor de José Arcadio por Rebeca, o el de Rebeca por José Arcadio, a quien suponemos le fue fiel durante los largos años que pasaron juntos, y más imperecedero todavía el de Aureliano Segundo por Petra Cotes a quien todavía siendo ya una mujer vieja -y viejo él también- volvía a desearla como al principio, para no hablar del amor de Aureliano y Amaranta Ursula. O el de Pietro Crespi por Amaranta, que aunque no se concretó, queda perpetuado en la obra. Lo mismo que el del coronel Gerineldo por Amaranta. Es decir, esta insistencia en el deseo de amar a una persona, sin importar la edad de los amantes, podría traducirse como una necesidad propia del paradigma del hombre occidental, quien cree que sólo en el amor conyugal puede alcanzarse una vida plena.

            Así el amor en Cien años de soledad va todavía más allá de la mera voluptuosidad, abarcando la vida entera, buscándolo como un sentimiento capaz de perdurar en el tiempo por encima de cualquier otro. Vemos por ejemplo, como termina el coronel Aureliano Buendía desgastado y desilusionado de la guerra, después de haber invertido su vida y sus sueños en eso, constatando que la lucha entre liberales y conservadores no es más que una jugarreta hábil para llegar al poder “La única diferencia actual entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho.”, y en ningún caso para liberar al hombre de las injusticias y desigualdades por las que derramó la sangre de su juventud. Las plantaciones bananeras, símbolo de progreso para Macondo, terminan dejando mayor pobreza, llevándose todas las riquezas (“Macondo naufragaba en una prosperidad de milagro.”) Vemos también que el tiempo no es más que una ilusión y que en el mejor de los casos “gira siempre en redondo”. Vemos en definitiva pasar las generaciones de los Buendía retomando los mismos sueños y en los mismos errores de las generaciones anteriores. Los aurelianos son militares y los Arcadios soñadores, en fin. Y en la última generación, al decir de Amaranta Ursula, aparecen estos dos rasgos juntos en Aureliano “porque era el único en un siglo que había sido engendrado con amor.” Sin embargo, el final de la generación sobreviene por causa del incesto y ese juicio moral al que nos lleva finalmente la novela, termina por revelar la visión global de García Márquez entorno al asunto.

            La presencia de Ursula resulta fundamental para asentar la tesis del amor como búsqueda principal en Cien años de Soledad. Sin ella, no podría afirmarse lo mismo. Ursula es la tierra, la que sostiene las vidas de una secuencia ininterrumpida de hombres inútiles, que giran en círculo, sin superarse, imbuidos de sueños que no alcanzan, que se derrumban, que se caen a pedazos. Ursula está en todos los momentos para poner en orden el mundo, movida por su amor de madre que alcanza para cubrir a todas las generaciones de los Buendía. Recibe de vuelta a José Arcadio, el hijo prodigo, a Aureliano, el coronel, cuando regresa de sus luchas, a los hijos de éste sembrados por toda la siena, a los bisnietos, a los tataranietos. Sin embargo, ella misma se dará cuenta que ninguno de estos descendientes es capaz de pensar un sólo momento en ella, y morirá “un jueves santo” sin que nadie se de cuenta. El hecho de que Ursula muera un jueves santo, por un lado nos remite a su santidad, y por otro, pone otra vez en evidencia el calendario cristiano que rige las vidas de los habitantes de Macondo.

            Hacia el final de su vida, va tomando conciencia de las falencias de sus descendientes, sin explicarse el porque. Cuando se refiere a su prosapia, asegura: “Así son todos (…) Locos de nacimiento.” Pero no los critica, ni tampoco pelea con ellos, los deja ser, deja vivir a cada uno sus propias locuras. Aunque advirtiendo los desastres con  comentarios que apelan a la conciencia, “Así era su abuelo (…) también hablaba solo.” “Ojalá se meta de cura, para que Dios entre por fin a esta casa:” “Economiza ahora (…) Esta suerte no te va a durar toda la vida.” “Dios mío (…) Haznos tan pobres como éramos cuando fundamos este pueblo, no sea que en la otra vida nos vayas a cobrar esta dilapidación.” Sus advertencias apelan a un código moral y de conducta propio de la cultura occidental.

            También es ella quien finalmente concluye que sus vidas no tienen mucho sentido: “Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio.” “ella (Ursula) no podía entender el negocio del coronel, que cambiaba los pescaditos por monedas de oro, y luego convertía las monedas de oro en pescaditos…”

            Descubre las líneas genealógicas que reproducen invariablemente las mismas locuras de los antepasados: “Ante el dibujo que trazó Aureliano triste en la mesa, y que era un descendiente directo de los esquemas con que José Arcadio Buendía ilustró el proyecto de la guerra solar. Ursula confirmó su impresión de que el tiempo estaba dando vueltas en redondo.” Es decir, esta tesis va cobrando sentido, transformándose en un motivo recurrente que termina con el mismo temor de Ursula de tener un hijo con cola, como nace finalmente el último descendiente. Es decir, fojas cero otra vez.

            Ursula, con los pies puestos en la tierra, advierte a sus hijas las realidades del matrimonio :”Los hombres piden más de lo que tú crees”, aconseja a Remedios cuando ésta se enamora voluptuosamente de José Arcadio:”Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo que crees.” Y al no hallar eco de sus palabras, porque tampoco pierde la cordura por no ser oída, “La abandonó a su suerte, confiando que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar con ella.”

            Es capaz de percibir los cambios de los tiempos: “Los años de ahora ya no vienen como los de antes”, solía decir, sintiendo que la realidad cotidiana se le escapaba de las manos…

            Se aferra a la vida por amor, por el deseo de estar junto a los suyos a pesar de todo: “Ursula se resistía a envejecer, y estorbaba por todos lados, y trataba de meterse en todo…” “se empeñó en un callado aprendizaje de las distancias de las cosas, y de las voces de la gente, para seguir viendo con la memoria (…) más tarde había de descubrir el auxilio imprevisto de los olores, que se definieron en las tinieblas con una fuerza mucho más convincente que los volúmenes y el color…”

            La vejez la vuelve todavía más juiciosa para comprender lo que no puede cambiarse: “en la impenetrable soledad de la decrepitud dispuso de tal clarividencia para examinar hasta los más insignificantes acontecimientos de la familia, que por primera vez vio con claridad las verdades que sus ocupaciones de otro tiempo le habían impedido ver. Por la época en que preparaban a José Arcadio para el seminario, ya había hecho una recapitulación infinitesimal de la vida de la casa desde la fundación de Macondo, y había cambiado por completo la opinión que siempre tuvo de sus descendientes. Se dio cuenta de que el coronel Aureliano Buendía no le había perdido el cariño a la familia a causa del endurecimiento de la guerra, como ella creía antes, sino que nunca había querido a nadie, ni siquiera a su esposa Remedios ni a las incontables mujeres que tuvo (…) Vislumbró que no había hecho tantas guerras por idealismo (…) sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia. Llegó a la conclusión de que aquel hijo por quien ella habría dado la vida era simplemente un hombre incapacitado para el amor.”

            Su sensibilidad sigue un proceso de maduración infinito:  “Pero la lucidez de la decrepitud le permitió ver, y así lo repitió muchas veces, que el llanto de los niños en el vientre de la madre no es un anuncio de ventriloquia ni de facultades adivinatorias, sino una señal inequívoca de incapacidad para el amor (…) Amaranta, en cambio, cuya dureza de corazón la espantaba, cuya concentrada amargura la amargaba, se le esclareció en el último examen como la mujer más tierna que había existido jamás, y comprendió con una lastimosa clarividencia que las injustas torturas a que había sometido a Pietro Crespi no eran dictadas por una voluntad de venganza, como todo el mundo creía (…) sino que ambas acciones habían sido una lucha a muerte entre un amor sin medidas y una cobardía invencible, y había triunfado finalmente el miedo irracional que Amaranta le tuvo siempre a su propio y atormentado corazón.”

            Recapacita frente a los errores cometidos durante su vida: “Fue por esa época que Ursula empezó a nombrar a Rebeca, a evocarla con un viejo cariño exaltado por el arrepentimiento tardío y la admiración repentina, habiendo comprendido que solamente ella, Rebeca, la que nunca se alimentó de su leche sino de tierra, de la tierra y la cal de las paredes, la que no llevó en las venas sangre de sus venas sino sangre desconocida de los desconocidos cuyos huesos seguían cloqueando en la tumba, Rebeca, la del corazón impaciente, la del vientre desaforado, era la única que tuvo la valentía sin frenos que Ursula había deseado para su estirpe.”

            Busca respuestas y comienza a descargar sus grandes represiones: “le preguntaba a Dios, sin miedo si de verdad creía que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando y preguntando iba atizando su propia ofuscación, y sentía unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante de rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la resignación por el fundamento y cagarse de una vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad.”

            Asume su vejez definitiva sin más: “Estaba ya demasiado vieja y viviendo de sobra para repetir el milagro de los animalitos de caramelo, y ninguno de sus descendientes había heredado su fortaleza.”

            Ursula aguanta el diluvio y vuelve a recuperar lucidez, hasta morir finalmente redimida por sí misma. Es decir, el recorrido por la vida de Ursula Iguarán se plantea al lector como un decálogo de metafísica que abarca la vida entera.

            “Dios mío de modo que esto es la muerte.” La expresión, aunque increíble, suena verosímil en Ursula Iguarán una vez muerta.

            “Amaneció muerta el jueves santo (…) la enterraron en una cajita que era apenas más que la canastilla en que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asistió al entierro, en parte porque no eran muchos quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese mediodía hubo tanto calor que los pájaros desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas de las ventanas…” (453)

            El hecho de que su funeral sea triste y solitario, al contrario de como fuera el de su marido, viene a remachar el machismo que es incapaz de ver los verdaderos hilos que gobiernan las vidas, y que los más fuertes viven a costillas de los aparentemente más débiles.

            Finalmente, vuelvo a insistir que no es casualidad que Ursula acompañe a la mayoría de sus descendientes y muera en las postrimerías del nacimiento del último Buendía, esta vez con la temida cola de cerdo. Podría haber sido la cola de cualquier otro animal, pero acaso para denunciar el incesto como un acto moralmente aborrecible, García Márquez, o Melquíades, que es a fin de cuentas quien relata la historia en sánscrito y que Aureliano traduce hacia el final, lo pone con cola de cerdo, cuyas connotaciones todos conocemos. Es decir, la novela recorre el periplo completo de la vida de una familia, para terminar con la desintegración. Cabe preguntarse, desde luego, el por qué.

Derechos reservados

Miguel de Loyola

Santiago, Chile

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