Sándor Márai, El último encuentro.

 El título original de esta novela que recién ahora celebra el mundo literario español, inicialmente fue A la luz de los candelabros. Con ese título puesto por su autor circuló primero, sin conseguir el elogio ni el tiraje que ha conseguido hoy, tras varios años de fallecido el escritor. Se trata, sin duda, de una obra maestra, escrita por un autor de origen húngaro que pasó por este mundo sin alcanzar los laureles que consiguen otros, con tanto menos mérito. Cabe preguntarse: ¿Cuántos otros autores son ignorados, pasados a llevar por la taquilla, por aquellos que levantan polémica y se hacen pagar como grandes novelistas si serlo realmente? 

Sándor Márai nos introduce en El Ultimo Encuentro, en la esencia de la vida misma. El problema de “la verdad” en contraposición a la “realidad”, son abordados aquí de manera magistral. Estos dos ancianos -Henrik y Konrad- que se dan cita en el mismo lugar donde se vieron por última vez hace cuarenta años, merece una galería amplia para escucharlos. Se reúnen en el ocaso de sus vidas para esclarecer su existencia poniendo sobre la mesa la realidad, por sobre la verdad, haciendo así viva esa máxima bíblica que señala “a los hombres por sus actos los conoceréis”, ya que llegar al corazón de los hombres resulta un trabajo infructuoso. Lo que llamamos verdad, pareciera querernos decir Márai entre líneas, está sujeta al interés personal, a la subjetividad. En cambio, la realidad es la única fuente objetivable, que nos permite valorar tanto al hombre, como a su historia.

 

Henrik, protagonista de la novela, viejo general retirado, recluido en su mansión a pasar sus últimos años, encarna el mundo que podríamos llamar real, objetivo.

Konrad es el contraste, representa en la novela la verdad, en tanto cuestión imprecisa, subjetiva, poco confiable.

 

Estos dos amigos que han pasado la mayor parte de su juventud juntos, el primero rico, el otro pobre, pero creyéndose, o sintiéndose incluso fieles y leales en su amistad, se descubren de pronto no como enemigos, puesto que eso no sería inconveniente entre hombres de armas (ambos son militares), sino traicionados en esa amistad.

 

He ahí el primer punto de la novela, el acierto para poner e jaque dicha amistad de la manera más sutil, secreta, apenas imaginable.

 

Sandor Marai irá así punto por punto acercándose a lo que nos quiere revelar, sin apurarse, morosamente, entregando pequeñas pistas, luces ínfimas que encandilan  bastante mejor al lector que la entrega total de los hechos de manera abrupta. En otras palabras, va dejando espacios en blanco para ser rellenados por la fantasía del lector, generando así expectativas constantes.

     

Los personajes de El Ultimo Encuentro son un misterio, en tanto misterio lo es el hombre mismo. Se nos hace saber que las reacciones de los hombres son siempre impredecibles, por lo tanto, poco confiables, salvo la realidad. La realidad de los hechos concretos, entiéndase. En tanto actos ejecutados y a la vista como posible pruebas. Juzgamos a Konrad a partir de lo que sabemos que ha hecho. Más no podemos saber de él. Pero con los hechos nos basta para aproximarnos a la esencia de su persona. Lo mismo podríamos de decir de Henrik, lo juzgamos a partir de lo que sabemos de él, de cuales han sido sus pasos por el mundo. Esa es la realidad que lo delimita, que nos da una proyección concreta de su existencia.

    

Sin lugar a dudas, el curso de la novela nos lleva al precipicio de condenar a Konrad, al no contar con atenuantes que bien pudieran rebajarle la pena. La sanción moral se impone por el sólo uso del sentido común. Pero, ¿Acaso no es lo lógico? Sin embargo, como seres de este nuevo siglo, nos duele, con los siglos el hombre se ha puesto más misericorde para condenar. Acaso porque descreemos de la jerarquía de los valores del espíritu, y por eso el hombre de hoy los viola impunemente, a vista y paciencia de nuestros ojos.

    

Es posible que exagere, como quizá lo hace también la novela. Pero la exageración es un ingrediente inevitable en el mundo del arte.

Miguel de Loyola – Derechos reservados.

                             El Quisco, febrero del 2001.

 

 

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