Paul Auster, El palacio de la luna.

  Los narradores norteamericanos en boga, narran en primera persona y cuentas historias entretenidas, sin complicarse la vida con la perspectiva del narrador y todas esas gabelas rebuscadas que caracterizaron a la novela latinoamericana de mediados de siglo ( hoy pasado).

 

En El palacio de la luna nos enfrentamos a un narrador personaje. Marco Fogg (M) da cuenta de su vida, interesando al lector para acompañarlo hasta la última página. Se trata de la vida de un muchacho huérfano que vive con su tío Víctor, músico  itinerante, quien también muere, dejando al protagonista huérfano y depresivo. Las primeras páginas de la novela dan cuenta de la soledad de M y del tiempo vivido en un parque como un enajenado que ya no espera nada de la vida. Afortunadamente, es encontrado por su amigo de universidad Zimmer, quien, junto a kitty (otra amiga de pasado), lo trasladan a vivir al departamento de Zimmer. Una vez restablecida su salud mental y física, consigue un empleo que consiste en sacar a pasear al paralítico ciego Thomas Effing. El viejo resulta de un vigor psicológico impresionante, envuelve y activa la vida anímica de M con increíbles historias que dan cuenta de su pasado.

 

El viejo Effing asegura haberse cambiado el nombre,  después de saberse muerto, abandonando a su mujer y a su hijo para comenzar una nueva vida con otro nombre y otras circunstancias. Sabe que ha dejado un hijo, pero desconoce su suerte. Pero una vez con M, se pone en contacto con él, a fin de dejarle sus bienes porque está consciente de que morirà pronto. El ciego le pide a M que escriba las memorias de su vida, para que después, una vez muerto las publique, bajo la convicción de que resultarán interesantes.

 

Sucede tal como lo ha pensado y programado el viejo Effing, muere el día esperado, dejándole dinero también a M, quien tras su muerte se pone en contacto con Barber, que corresponde al nombre del hijo del ciego, para entregarle el testamento de su padre.

 

Andando las cosas, se llega a la conclusión que Effing es su abuelo y que Barber su padre. etc,. La puntada es larga, pero entretenida y resulta convincente. Lllama la atención  la simplicidad para contar de este narrador y nos preguntamos dónde está la gracia, la sal que mantiene expectante al lector, puesto que la perspectiva de narrador es sencillamente plana. Funciona tal vez como una especie de caja de Pandora, de donde se saca una historia tras otra, ante la mirada asombrada del lector.

 

MIguel de Loyola – Santiago de Chile – Marzo de 2003 

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