Transantiago: ¿Quién paga los platos rotos?

Las aberraciones del Transantiago no caben en la cabeza de nadie, y sin embargo, se vuelve  a insistir en inyectarle dinero, sabiendo que se trata de un  estanque roto,  y cuando probado está –después de un año- que la solución ya no pasa por ahí, sino por un problema de mala planificación del sistema.

 

El caso es que aquí se ha cometido un atentado contra la economía nacional, y, por supuesto, no hay una cabeza visible a quien se puedan cargar los platos rotos, las sumas millonarias tiradas al tacho de la basura resultan verdaderamente escandalosas. Y el silencio generalizado de la clase política, salvo algunas excepciones, despierta serias sospechas acerca de lo que en verdad está pasando con esas sumas millonarias.

 

¿Es posible que el Estado chileno pierda tranquilamente 50 millones de dólares mensuales por causa de este problema? ¿O que los pierda nada más que para no pagar el costo político de lo que este desastre significa? ¿Cuántas viviendas se podrían construir todos los meses con 50 millones de dólares? Cuántas bibliotecas públicas? ¿Cuántos hospitales? ¿Cuántos servicios de urgencia se podrían mejorar? ¿Cuántos becas estudiantiles? Cuántos subsidios y jubilaciones se habrían podido cubrir con estas platas botadas hoy a la basura? Si, a la basura, porque este sistema de transporte público no puede continuar y llegará el día –y ojalá sea pronto- que caiga por su propio peso.

 

Bastaría que una autoridad competente y honesta –libre de cualquier interés político (ese sería francamente el ideal pero al parecer no existen)- se detuviera unos minutos a observar in situ los desastres ocasionados en la ciudad por el transantiago para terminar de convencerse que una situación así no puede continuar. La congestión en las estaciones del Metro resultan inhumanas, el apiñamiento de pasajeros en esos corrales ayer llamados paraderos da vergüenza, los tacos provocados en las avenidas por los buses orugas son desquiciantes , la poca capacidad real de transporte de los mismos da risa, la estupidez de hablar  de vías segregadas en una ciudad cuyas calles no tienen más de dos vías donde meter los vehículos es un insulto al sentido común, el atochamiento espantoso de automóviles particulares ya no sólo en las grandes avenidas, sino en todos los barrios por causa de buscar individualmente una solución al problema de transporte que vive cada santiaguino es otro de los lamentables resultados. Contar las horas perdidas por los trabajadores para trasladarse al trabajo, verificar el nivel de estrés de cientos de miles de trabajadores afectados psicológicamente por el problema de salir cada mañana a dar la batalla por trasladarse al trabajo y repetirla por la tarde a la hora del regreso al hogar, debería ser una obligación del ministro.

 

Todavía hay más preguntas: ¿Alguien ha considerado lo que pasará el día en que el Metro no funcione, ya por cuestiones técnicas o problemas sindicales? Dejar caer el peso del trasporte público en un solo medio se transforma en un arma peligrosa para la estabilidad de cualquier gobierno, si ayer era un problema la paralización de los microbuseros, hoy día será doblemente complicado.

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