Manuel Rojas, Punta de rieles.

 

 

 

A través de un interesante contrapunto, Manuel Rojas presenta en Punta de Rieles las vidas de dos personajes. Fernando Larraín Sanfuentes, perteneciente a la clase media acomodada, y  Romilio Llanca, hombre de origen proletario, pero convertido en un intelectual. Ambos personajes cuentan sus vidas mediante un monólogo que a ratos resulta algo agotador, pero dada la sustancia sabrosa de la anécdota de ambas historias, consigue llevarnos hasta el final de la novela.

 

Lo primero que llama la atención en la narración, es la claridad del lenguaje de este escritor nacional. Hay una pulcritud en el idioma que hoy por hoy escasea en nuestro medio literario.  Manuel Rojas llega a nuestra literatura -entre otras cosas- a romper con el criollismo que trabajaba básicamente con la lengua hablada de los hombres del campo chileno, para imponernos un lenguaje de alcance universal.

El propio Manuel Rojas ha sostenido en una entrevista realizada por Antonio Avaria en el año 68 que entre Mariano Latorre y Luis Durán, existía una verdadera competencia de quien transcribía más modismos y palabrejas de los hombres del campo, al punto que las novelas comenzaban a correr el riesgo de hacerse ininteligibles para el lector.

Pues bien, Manuel Rojas viene a imponer entonces -entre otras cosas- el castellano universal, capaz de ser entendido en todos los pueblos de habla hispana. Como efectivamente sucede con sus novelas. Rara vez utiliza localismos, por no decir nunca. Ese es uno de los logros importantes de este narrador clarivindente para seguir las nuevas corrientes que comienzan a surgir en el mundo de las letras.

 

Ahora bien, el entrecruzamiento de los monólogos en Punta de Rieles, aunque la voz de Llanca no lo sea exactamente, por cuanto está contando oralmente su vida a Fernando Larraín, conlleva a enlazar ambas vidas. A presentarlas como similares, como vidas paralelas, atribuladas por sentimientos comunes, aunque en verdad no lo sean. Lo que le sucede a uno, no es lo mismo que le ocurre al otro. Larraín ha sido un hombre alcohólico y su alcoholismo lo ha llevado a la ruina. Llanca, en tanto, ha terminado asesinando a su mujer por falta de valor para enfrentarla de otra manera. Es decir, ambos han liquidado sus vidas por causa de sus defectos personales. En ambos escasea el valor, la voluntad, y la coherencia en definitiva para sobrellevar sus existencias.

 

Se me ocurre que la intención de Manuel Rojas en esta novela, y ese es sin duda otro de sus grandes aportes a las letras nacionales, es demostrar la igualdad de almas de hombres pertenecientes a estratos sociales diferentes. Que las almas no tiene clase, en definitiva. Y creo que lo consigue. Ambos personajes resultan igualmente carentes, precarios, turbados, sin solución.

 

 

MIguel de Loyola – Santiago de Chile.

 

 

 

 

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