P.Neruda:“Quiero libros sin escuelas, sin clasificar, como la vida”

En esta frase memorable de Pablo Neruda, tomada de su libro póstumo, Confieso que he  vivido, quiero apoyar la siguiente hipótesis: desde que la lingüística y la semiótica tomaron como objeto de estudio la obra literaria, la crítica y el estudio de la literatura  en las escuelas y universidades se ha desperdigado por múltiples caminos, complicando el encuentro amistoso del libro con su lector.

           

El problema comienza en las aulas, cuando el profesor de literatura impone a sus estudiantes la tediosa tarea de aprender de memoria esa infinidad de conceptos abstractos con los que pretendió -principalmente el estructuralismo- acotar naturaleza y sentido de la obra artística. Así, en vez de motivar a leer a los alumnos, se los complica  con teorías científicas de muy difícil acceso y las que, en definitiva, no ayudan a una mejor comprensión.

 

Luego de esta fase asfixiante sufrida en la edad escolar, no podemos pretender que nuestros jóvenes se interesen por la lectura. Por el contrario, resulta absolutamente comprensible su alejamiento y su desinterés. Nadie les enseñó el gusto por la lectura, leer fue siempre para ellos un martirio. Por supuesto que hay casos especiales, pero se entenderá que me refiero aquí a  la gran mayoría. Es sabido que los   hábitos de lectura se adquieren en la niñez y durante la adolescencia, después de esas dos etapas cruciales de iniciación, no se adquiere este hábito, ni otros, sino a costa de grandes dificultades.

           

La crítica literaria, concebida como una respuesta a la lectura, constituía un soporte de motivación que también se ha perdido, introduciendo por sobre los intereses estéticos los mercantiles, privilegiando así el Mercado con sus productos utilitarios y desechables. Me estoy refiriendo a la crítica de carácter masivo que impera hoy por hoy en l mundo, aquella que aparece inserta en diarios y revistas, y corresponden a parcelas pagadas por las mismas editoriales para que el crítico publicite los productos de su industria, actuando así como vendedor y no como juez  preocupado por la difusión y por la búsqueda del valor de un libro determinado.

 

Un crítico literario que se deje entender y que no esté comprado por alguna industria editorial, puede ayudar a  motivar a leer obras valiosas. Los best seller que se leen hoy día, han sido fruto de esa crítica mercantilista que ha contado con un soporte publicitario suficiente para alcanzar su objetivo. Lo mismo se podría hacer con los libros de mayor valor literario, si el crítico contara con el apoyo y la cobertura suficiente de la industria para hablar de ellos en alguna tribuna también masiva, con las libertades suficientes que un trabajo así exige. La crítica académica, enfrascada en sus claustros y sólo para los especialistas, en tanto no salga de su cerrado círculo, no tiene ninguna repercusión hoy en día en los hábitos de lectura.

 

Cabe preguntarse si ha sido también la escasez de críticos literarios competentes y libres la determinante de  los problemas de lectura que afectan a nuestra sociedad actual, o la  falta de espacios para su difusión y discusión. Pero lo que si parece más claro, es que  la única posibilidad cierta de acercar el libro a los lectores, o los lectores a los libros, pasa por las manos de los profesores, quienes están más cerca de las nuevas generaciones para despertar en ellos el amor por la lectura. Sin embargo, hemos visto como la enseñanza de la literatura durante el siglo XX se ha transformado en un problema, a partir del  obstinado empeño de la lingüística y de la semiótica, de apoderarse de la obra literaria para exponer sus intrincados métodos fenomenológicos con pretensiones científicas, transformando el placer de la lectura en un rompecabezas imposible de ser armado hasta por los propios lingüistas. De esta manera, el rechazo por la lectura parece la respuesta más natural. Sabemos que la crítica literaria junto a los profesores de literatura pueden hacer mucho por generar el amor a los libros, cuando tanto críticos como profesores mantengan una retórica y una enseñanza comprensible, la que más que exponer teorías, permita motivar, la que por encima de rotular los libros con etiquetas teoréticas, ayude a soñar, a inventar, a liberar la propia fantasía del lector. ¿Quién no  podría afirmar que su amor por los libros fue producto de la obra de un buen profesor? ¿Quienes de los que no leen y sienten adversidad por la lectura no afirman que su desinterés por ella comenzó en su edad escolar, cuando tal o cual profesor de literatura les embromó la vida con análisis de lecturas imposibles de realizar?

 

“Quiero libros sin escuelas, sin clasificar, como la vida” responde Neruda a los teóricos de su época, en los años de mayor apogeo de la lingüística, cuando el estructuralismo y todas sus derivaciones posteriores, destruían la obra literaria buscando la quintaesencia del lenguaje y sus problemas ontológicos. Cansado el poeta, o bien intuyendo el futuro del libro y la lectura en manos de tan disímiles estudiosos de la obra literaria, construyó esta frase para  el bronce, la que resume un siglo en que  las ciencias han pretendido, y lo siguen haciendo todavía hoy, capturar con alguna de sus fórmulas o teorías el misterio de la creación poética, tan profundo e inagotable como la vida. Tal vez quiso decir, hasta cuando, hasta cuando perturbamos al lector, hasta cuando exigimos al escritor una respuesta objetivable frente a su labor, hasta cuando no nos van a dejar escribir, leer y pensar tranquilos.

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile.

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