Trayecto. Cuento de Miguel de Loyola

tenistaLos domingos Andrés solía visitar a sus abuelos. Después de la siesta, montaba su flamante pistera color azul y salía pedaleando en esa dirección. Algunos tardes se detenía frente al Complejo Deportivo, ubicado a medio camino entre ambas casas. Allí permanecía un rato descansando, sentado en su bicicleta, observando el tenis, o bien frente a la cancha de fútbol.

      

Esa tarde de noviembre se detuvo largo rato frente a la cancha de tenis. Dos hermosas muchachas disputando un acalorado partido llamaron profundamente su atención. La pelota iba de un extremo a otro cruzando al ras la red, en completa armonía, sin que ninguna de las jugadoras se equivocara por falta de habilidad. Eso lo entusiasmó. Las pocas veces que presenciara allí un partido disputado por mujeres, le había resultado en extremo aburridor. Jamás acertaban a darle más de dos o tres golpes buenos a una pelota. En cambio esa tibia tarde primaveral, el partido le pareció formidable. Las muchachas iban de un lado a otro sobre la alfombra rojiza, desplazándose y asestando derechos y reveses con suma destreza, como verdaderas profesionales, haciendo vibrar las cuerdas de sus flamantes raquetas tras cada golpe dado a la pelota.

          

Permaneció largo rato concentrado en el juego, sin perder un sólo detalle, hasta  tomar  partido por una de las jugadoras. Sus pupilas se pegaron a ese cuerpo de bellas formas, impulsado por una energía  especial, distinta a la otra muchacha, joven y bella también. Entonces tuvo deseos de poder estar más cerca de ella para fijar sus facciones. Por la distancia, apenas podía imaginarlas. La  supuso de un rostro hermoso, de finos rasgos, ojos azules tal vez, labios carmesí, ligeramente carnosos y aterciopelados como los de su prima Mariana; los únicos labios femeninos que alguna vez en juegos rozara con los suyos, sintiendo escalofríos, junto a una deliciosa sensación de placer.

          

Cuando la muchacha rubia y de cintillo rojo ganó un set, tuvo la osadía de aplaudir y lanzar un grito de alegría, sin intimidarse frente a quienes volvían sorprendidos sus rostros hacia él, hacia ese extraño personaje pegado al enrejado que cercaba el recinto deportivo. Pese a ello, continuó expectante el curso completo del partido, olvidando la hora y sus abuelos que en esos momentos lo esperaban como otros domingos, con una mesa abundante de sandwiches y ricos pasteles para la hora del té.

       

El partido terminó cerca de las cinco, y para Andrés fue semejante a ver la culminación de un gran espectáculo. Hubiese deseado que aquello durara todavía más, ojalá toda la tarde del domingo, la cual se volvió repentinamente melancólica y aburrida al evocar las figuras de sus abuelos atrapadas en esos ángulos claroscuros del caserón hacia donde debía dirigirse. Estaba a tal extremo emocionado con el triunfo de la rubia, que su rostro acusaba pequeñas gotitas brillantes de transpiración. Sin saber mucho lo ha que hacía, volvió a aplaudir, ahora con más fuerza, en forma autómata, sobrellevado por una fuerza desconocida. Mientras lo hacía, tuvo la impresión que desde allá abajo la muchacha le hacía con la boca una señal de complicidad.  .

       

Visitar un día domingo a sus abuelos, para Andrés implicaba hasta entonces muchas cosas interesantes y hasta cierto punto prohibidas en su hogar, como comer pasteles hasta hartarse sin temor a los constantes reproches de su madre. Por el contrario, su abuela se mostraba siempre gustosa de verlo devorar las golosinas preparadas durante el transcurso de la mañana. Una vez satisfecho, el abuelo lo invitaba a jugar a las cartas, donde podía pasar la tarde, caer la noche y despuntar el día, sin aburrirse de mirar al anciano gobernando la baraja. La habilidad de su abuelo lo deslumbraba. Abría y cerraba el mazo de cartas convirtiéndolo en un abanico multicolor ante la perplejidad de su mirada. Conseguía innumerables combinaciones de cartas ,y, obviamente, podía adivinar cuál escogía Andrés. Su asombro frente a la pericia de esas manos era tal, que lo inducía invariablemente a intentar hacer lo mismo, sin llegar, por cierto, a conseguirlo.

       

Esa tarde, quizá por primera vez le dio “lata” tener que pasar el resto de la tarde encerrado entre cuatro paredes con sus abuelos. Abrió la reja sin pulsar el timbre y dejó tirada la bicicleta a un costado del antejardín, y cuando su abuelo apareció en el umbral de la puerta preguntándole por qué había tardado tanto en llegar, Andrés le contestó mascullando las palabras, como si tuviera flojera de hablar. Le hubiera gustado decirle que había visto a una muchacha jugando divinamente. Pero se mantuvo la mayor parte del tiempo en silencio, limitándose a contestar las preguntas de los ancianos, con la misma precisión y desenfado con que había visto a la niña rubia devolver cada una de las pelotas a su rival.

       

Ese domingo no hubo tiempo para las cartas. Las siete llegaron muy pronto y Andrés montó otra vez en la bicicleta y salió con dirección a casa, haciendo presión constante sobre los pedales hasta alcanzar velocidad. Una vez que la pistera agarró vuelo calle abajo, Andrés soltó de improviso las manos del volante y también sacó los pies de los pedales, para luego estirarse cómodamente hacia atrás con ambas manos pegadas a la nuca a modo de respaldo. El camino de regreso era totalmente de bajada, y la pendiente de la calle era tal, que bien podía no volver a pedalear durante todo el trayecto hasta su casa. Y de hecho lo hacía regularmente. Los domingos a esa hora el tránsito era más bien escaso, podía viajar por el medio de la calle sin riesgo que apareciera de pronto un automóvil, interceptando de un bocinazo su plácido descenso por la avenida. El desplazamiento descendente de la bicicleta siempre le producía placer, sobre todo si lo comparaba con el esfuerzo de subir. Las más de las veces le faltaba el aire en los pulmones y musculatura para mantener la velocidad. En cambio de bajada, pasaba siempre de largo frente al Complejo Deportivo, sin mirar si quiera a su derecha, con la mente puesta en otra parte.

        

Esa tarde, cuando había cruzado más de la mitad del Complejo Deportivo, detuvo abruptamente la pistera apretando ambos frenos al unísono. Torció la dirección buscando las canchas de tenis, las cuales encontró todavía rojas por el sol que las dorara durante la tarde. Todo estaba desierto allí, al interior del centro deportivo. Por unos segundos permaneció quieto observando esa soledad inmutable del recinto, apoyado en el mismo lugar donde estuviera momentos antes, ahora con la mirada perdida, retrotrayendo a intervalos sucesivos las imágenes grabadas durante la tarde.

 

Andrés estaba todavía en silencio sentado sobre el sillín de la pistera cuando le pareció ver a la rubia de nuevo allí, al otro lado de la malla de alambre, danzando en su sector raqueta en mano, asestándole atinados derechos y reveses a la pelota blanca. Esta vez la veía derrotar con suma facilidad a su rival, mientras su cabellera se revolvía en el aire de la tarde como las espumas blancas en el mar. La soltura de sus movimientos mantenía siempre una cadencia rítmica, elástica, como respondiendo a una melodía específica. Le impresionaba la textura de su piel, sus muslos dorados estirándose con plasticidad al menor movimiento. Un escalofrío extraño recorrió su cuerpo y tuvo serias intenciones de gritarle a la niña desde allí, de decirle si no se acordaba de él, y tal vez lo hizo. ¿Cuál es tu nombre? Oyó decir, al mismo tiempo que su voz retumbaba en la quietud de las canchas produciendo ecos. Entonces la vio venir caminando hacia él, dejando una estela tan blanca como su traje al avanzar, momento en que el deseo de tocarla con sus manos prendió en su carne con angustia lacerante y dolorosa. Era rubia, de suave piel dorada por el sol, perfumada como una flor… Mientras sentía la cintura de ese cuerpo puro y hermoso sujeta entre sus manos, se le ocurrió pensar que a sus amigos del barrio les daría mucha envidia si lo vieran junto a una chica bella como esa. Tal vez ya no le volvieran a decir Guata, como lo llamaban por causa de su incipiente obesidad. Entonces, en un arrebato delirante de ansiedad, abrió los ojos para buscar sus labios y besarla con toda esa furia presa en sus entrañas, y se encontró en su cama, boca abajo, transpirando más de lo normal. El tic tac del reloj era el único ruido cortando el silencio en el interior de la habitación. En ese momento marcaba las cinco de la madrugada. Tuvo deseo de volver a retomar el hilo de ese sueño magnífico, pero no pudo. La muchacha ya no poseía en su mente el mismo poder de atracción de hace algunos minutos. Había perdido nitidez y consistencia, volviendo a quedar inconclusas las facciones de su rostro, incluso su perfume era ya de aroma indefinido. Ahora se hallaba distante allá al otro lado de la alambrada, inatrapable para sus manos. Permaneció así despierto, obsesionado en su reciente sueño, deseando entre otras ideas arremolinadas en su mente, que mañana volviera a ser domingo para encontrar a la rubia en las canchas del Complejo Deportivo.

 

Antes de cerrar los ojos, al tacto notó una humedad desconocida en su pijama, cerca de los genitales, pero Andrés no quiso encender la luz para verificar con cierta exactitud de qué se trataba, tuvo la clara sensación que una parte de la muchacha estaba todavía allí, flotando en esa humedad que después se desvanecería entre la tibieza de las sábanas.

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2 comentarios en “Trayecto. Cuento de Miguel de Loyola

  1. Gracias por escribir estos cuentos de contenido deportivo, ya que hace rato busco este material para enlazarlo con mi blog de la escuela.
    cuando tengas nuevos por favor avisame.

  2. Hola LM te felicito por tu página deportiva, debes ser un tipo muy emprendedor. El cuento Hincha del Año también es referido al deporte, en este caso al fútbol.
    Saludos: Miguel.

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