José Donoso. El lugar sin límite

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En El lugar sin límite, José Donoso nos introduce en una novela que los amantes de la literatura denominamos de relojería. El calce entre unas y otras piezas narrativas es tan preciso, que no pueden funcionar las unas sin las otras.

     

El espacio temporal de la novela nos remite a un pueblo denominado Estación El Olivo, ubicado geográficamente en la séptima región, cerca de la ciudad de Talca. Se trata de un pueblo pequeño que ha ido perdiendo hegemonía en la zona con el paso de los años. El tren ya no llega con la misma frecuencia de antaño, y la carretera que ayer pasaba por su calle principal, ha sido desviada unos kilómetros antes de la llegada al pueblo, dejándolo aislado. Se entiende que los habitantes de la Estación El Olivo son en su mayoría inquilinos del fundo El Olivo de don Alejandro Cruz, cuyas vidas dependen de este anciano latifundista, dueño de las tierras de los alrededores. Es un pueblo de provincia donde todavía no llega la electricidad, y con el desvío de la carretera, sus habitantes han perdido las esperanzas de que alguna vez llegue esa preciada energía a renovar sus vidas miserables, ocultas bajo la tenue luz de las velas de cera con que malamente se alumbran por las noches.

   

 La acción de la novela se centra en una casa de remolienda existente en el pueblo, lugar por donde circulan los habitantes masculinos de El Olivo durante sus horas de ocio, buscando entretención pasada la hora triste de la penumbra. La casa de remolienda en cuestión perteneció en su pasado más glorioso a la Japonesa, y es hoy propiedad de la Japonesita, hija legítima de la primera. Esta joven, que al decir de los contertulios es la antítesis de su madre, por cuanto sigue siendo todavía una mujer virgen pasado los veinte años, se encarga de cobrar y atesorar los dineros gastados por los visitantes, sin mezclarse en la farándula, conservando siempre su lugar de dueña de casa.

    

Lucy, Cloty y Nelly son las encargadas de atender los requiebros amorosos de los ansiosos visitantes allegados al lugar. Estos personajes representan a las clásicas prostitutas pobres de provincia, con sus penas y sus alegrías. Durante el día llevan una vida de mujeres de casa, hacendosas, lavando y zurciendo sus ropas, atendiendo a sus hijos, en tanto por las noches se transforman en reinas de fiesta.

   

 En dicho lugar, vive también la Manuela. Personaje principal y emblemático de la obra, por cuanto se trata de un homosexual a quien se le atribuye la paternidad de la Japonesita. Es un hombre de edad, pero cargado con fantasía de un ser joven a la hora de las fiestas. Se cuenta que mediante una apuesta sostenida entre él, la Japonesa Grande y don Alejandro Cruz -asiduo visitante también y propietario hasta entonces de dicha casa, como de las demás del pueblo- muchos años atrás, la Manuela llegó a convertirse en padre y también en propietario de dicha casa de juergas. En la Manuela descansa la alegría de las noches de fiesta, por cuanto canta y baila con una gracia que a todos los contertulios entusiasma más que el baile mismo de las demás mujeres de la casa.   

    

La tensión dramática de la novela comienza una noche con el ruido de la llegada del camión colorado, cuyo propietario y conductor es Pancho Vega. Un huaso pendenciero, pero criado muy cerca de la casa grande del fundo de don Alejo, con más privilegios que los demás inquilinos por parte de la familia  del propio latifundista. El camión lo ha comprado tiempo atrás gracias a un préstamo de don Alejo, pero que gracias a un nuevo préstamo ofrecido por su cuñado, Octavio -dueño de la gasolinera del camino longitudinal-, devuelve repentinamente el dinero al latifundista y se siente luego dueño y señor del mundo. En esas condiciones llega esa noche a la casa de la Japonesita, buscando alegría y diversión, en un momento en que los ánimos no son de los mejores, conocidas recientemente las malas noticias respecto a la negativa por parte de las autoridades de la prometida electrificación del pueblo. La Japonesita se encuentra sola. Los hombres llegan y quieren música. La música la entrega una vieja victrola ubicada en el salón. Toman vino a destajo, pero se aburren ante la falta de chispa de la Japonesita, quieren más diversión, más fiesta, comienzan entonces a llamar a gritos a la Manuela, saben que ella es la única que  puede alegrar de verdad la fiesta.

   

 La Manuela en tanto, oculta hasta ese momento, sabe que es su turno, que tendrá que salir para avivarles la fiesta, porque los hombres han venido por ella. Se viste con su viejo traje de española y aparece pronto en escena, bailando y gesticulando, incitando a Pancho quien sale a bailar sin problemas con ella, agarrándola con sus manos enormes y echándole su tufo pasado a vino negro. En un arrebato tendiente a recomponer la música de la victrola, alguien rompe una pieza del aparato y la música se detiene, dejando en silencio a los enfiestados, quienes con ganas de seguir la fiesta, salen arrastrando a la Manuela hacia el camión, con el fin de largarse hacia Talca al prostíbulo de la Pecho de Palo para continuar allí la fiesta.

    

Sin embargo, una vez en el camión, la Manuela que se sabe ya vieja y cansada para una fiesta larga, se les escabulle de la manos, arrancando hacia los viñedos de Don Alejandro Cruz colindantes con la casa. Pero los hombres no tardaran en darle alcance y le propinan una paliza hasta dejarla moribunda, a merced de los colmillos de los cuatro canes del latifundista, los que a esa hora de la media noche quedan sueltos para resguardar la casa patronal y sus entornos.

    

La novela culmina allí, en medio de los extensos viñedos que rodean la Estación El Olivo, con la Manuela moribunda, y presumiblemente a merced de los cuatros temibles canes del dueño de la tierra, quien los ha criado durante generaciones con el fin de que mantengan su potestad sobre los magníficos territorios que conforman su hacienda.

 

 

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