Sándor Marai, La hermana.

sandormarai00La Hermana, novela publicada en español recién en el 2007 por Salamandra, reúne también las características de una obra perfecta, nada falta y nada sobra. La sensible meticulosidad del artista no ha dejado un sólo espacio de su creación sin retocar para fortuna y placer del lector.

 

La novela relata el encuentro circunstancial de un escritor (narrador y personaje además de la historia) con un afamado músico en un pequeño hotel de montaña durante la Segunda Guerra Mundial. Los personajes han llegado allí a fin de descansar durante los días previos a Navidad. Pero el invierno arrecia y la lluvia impide el paseo de los turistas por los alrededores, manteniéndolos recluidos  en el interior de la monótona vida de hotel. Sin embargo, el día de la víspera de Navidad, la sensibilidad acústica del músico advierte una anomalía al interior de la pieza principal del hotel tomada por un supuesto matrimonio. La aclaración policial hablará más tarde de suicidio de una pareja de amantes escapados días antes de su hogar y de sus respectivas familias.

 

Una vez retirados los cuerpos del hotel, el tiempo se compone y los desconcertados huéspedes -a pesar de lo ocurrido- deciden quedarse a pasar la Navidad y aprovechar el buen tiempo para sus anhelados paseos por el entorno del balneario invernal. Luego, terminada la estancia en la montaña, ambos personajes ya no volverán a encontrarse otra vez. Pero seis meses después, el escritor –y narrador hasta aquí de la historia- se entera de la muerte de Z, y recibe a través de la embajada un sobre dejado a nombre suyo por el difundo músico. Se trata de un manuscrito prometido por Z durante sus conversaciones en el hotel, donde narra en primera persona un largo episodio relacionado con la extraña enfermedad que lo dejó inválido de una mano, marginándolo de la música y la fama. El manuscrito da cuenta también de su larga convalecencia en el hospital de Florencia. 

 

Esa es la historia literal, pero sabemos que la gran literatura trasciende siempre el anecdotario de una historia concreta, adentrándose en mundos y significaciones  profundas que conllevan al llamado goce estético, a esa verdad pronta a revelarse. Márai, ya sabemos,  es un maestro del subtexto, y sus narraciones desbordan el plano literal, poniendo en evidencia el refinado tejido cultural con que es capaz de mostrar y recrear la “realidad”.

 

Pero antes de avanzar en la temática de la obra, quiero detenerme a destacar  la forma de composición de esta novela. Marai superpone en La hermana dos  historias que se hablan entre líneas, ilustrándose mutuamente como por una suerte de espejo. Este detalle denota la calidad del artista, el refinamiento de su arte, y el artificio existente en todo objeto artístico acabado y perfecto. Son dos anécdotas distintas, manejadas con diferentes personajes, pero para efecto de ilustrar el fondo, pueden traducirse en una sola. El suicidio de la pareja proyectado en la primera parte, puede ser un resultado posible o sugerido para la historia amorosa de la segunda parte de la novela. La primera recrea el resultado de una pasión desenfrenada, la segunda, la consecuencia de una pasión reprimida. Dejando, por cierto, la pregunta abierta, para que sea el propio lector quien resuelva.

 

A pesar de las intensas y rotundas opiniones vertidas por los personajes, las obras de Márai son flexibles al juicio propio y personal del lector, precisamente, porque están bien ilustradas y escogidas las escenas para llevarlo (al lector) a ese plano preferencial de discusión artístico, donde no hay verdades resueltas, sino estéticamente intuidas. Frente al suicidio de la pareja en el hotel, el escritor protagonista se pregunta: “¿qué había obligado a esas dos personas a destrozar su vida de una forma tan irracional y contra todo pronóstico? ¿Tan intenso es el ser humano? La educación, la moral, la leyes sociales ¿no tienen fuerza suficiente para contener el embate de la pasión en los momentos cruciales? (…) ¿adónde llegaremos los europeos si optamos por ese sendero anárquico? Dicha rebelión sólo puede ser una forma grave de neurosis. No podemos aceptar que personas en pleno uso de sus facultades, con capacidad de autocrítica, sucumban así ante el torbellino de la pasión. No puedo aceptar que ningún sentimiento sea más potente que la razón…¿Qué sería del mundo si admitiéramos esta suposición? ¿Qué alternativas más caóticas se nos presentarían si en el mundo de los sanos y los sobrios si admitiéramos la existencia de estallidos así?”

 

En Confesiones de un burgués, Márai cierra su libro de memorias con algo que podría servir como respuesta a las preguntas sugeridas por el narrador: “quien hoy escribe pretende dar testimonio de las cosas para la posteridad…Testimonio de que el siglo en que nacimos celebraba, en otros tiempos, la victoria de la razón. Yo quiero dar fe de ello mientras pueda, mientras me dejen escribir. Quiero dar fe de una época en la que vivía una generación que deseaba celebrar el triunfo de la razón por encima de los instintos y que creía en la fuerza y en la resistencia de la inteligencia y el espíritu, capaces de detener el avance de las hordas ansiosas de sangre y muerte.” 473

 

Sin embargo, sabemos que lo importante aquí no son las posibles respuestas a las preguntas planteadas por los personajes de la novela, por cuanto éstas –las respuestas- pasan a ser un problema para cada lector, la solución corre por cuenta suya, en su propia intimidad individual. Lo verdaderamente importante en el mundo del arte, está en el planteamiento del problema, asunto más importante que la respuesta misma. Ahí radica la diferencia sustancial con los llamados libros de autoayuda, por ejemplo, donde el lector recibe el problema digerido por la intención (psicológica, filosófica, religiosa, etc) de su autor. La novela, la buena novela, sabemos, es un campo abierto, donde la libertad juega un papel preponderante para el crecimiento de la conciencia personal del individuo. Esa libertad que nos deja la novela para responder a sus preguntas, es la que conlleva al llamado goce estético cuando las preguntas han sido bien formuladas a través de escenas concretas. Esto corre para el caso de novelas como las de autores como Márai, cuyos ejes temáticos se mueven en planos preferentemente filosóficos, psicológicos y éticos, sin dejar por un sólo momento de ser novelas propiamente tales. No es casualidad que en “Confesiones de un burgués” no aparezca una sola referencia a sus obras concretas, dejándolas respirar libres de cualquier interpretación del propio autor. En ese sentido, Márai resulta un creador excepcional, sobre todo para los tiempos de egocentrismo social y cultural que vive el mundo actual.

 

El  eje temático de La hermana es la pasión y sus consecuencias, hacia allá apuntan la mayoría de las preguntas generadas por el texto ya en forma implícita como explicita, acotándola como un fenómeno de grandes consecuencias psicológicas cuando no puede ser gobernada por la razón, al punto de sugerir que la frustración de ésta puede llevar a los amantes al suicidio (locura), o, como en el caso del músico, a la parálisis. Y también, por supuesto, a la guerra que se vive en ese momento en Europa. La novela plantea la lucha eterna del hombre entre la razón y la pasión que lo desborda, entre intelecto y sentimiento, buscando averiguar cómo maneja la sociedad con sus leyes esta fuerza sobrenatural que mueve al hombre sobre la tierra, que lo lleva al amor y también a la guerra. Recordemos las reflexiones del narrador:  “más allá de las noticias de sucesos, las novelas, las obras de teatro y las películas, ¿qué sabemos sobre la verdadera naturaleza de esa fuerza?…El sabio afirma que el amor es una de las manifestaciones de la locura, un ataque de nervios agudo que se supera con el tiempo, la literatura de cada época da un sentido distinto a esa pasión, la ennoblece, la califica como la manifestación emocional más sublime o la más depravada del ser humano. Pero ¿cuál es la realidad?”

 

Ahora no sólo se trata del problema de la pasión, ha surgido otra pregunta hacia el interior de la novela para ser lanzada al lector. El problema de eso llamado “realidad” donde es posible vivenciar la llamada pasión. Dejemos esta vez a la novela hablar: “¿La realidad? (…) Era banal y asombrosa, al mismo tiempo un folletín, una crónica policial y el giro de un relato, como cuando a la reina le sale barba o la bota da un paso de siete leguas. Escritor, a ver si aprendes a ser humilde, profundamente humilde, me dije. No sabes nada sobre los hombres, y tampoco sobre las fuerzas que los mueven a vivir o morir. No sabes nada sobre el amor; en tu trabajo manejas simples ideas preconcebidas. La realidad es mucho más sorprendente, la fuerza de su imaginación es mucho más rica y mágica que cualquier situación humana que el hombre pueda concebir dentro de los límites de su propia imaginación.”

 

Es posible que Márai nos esté diciendo aquello de:  la realidad supera siempre a la ficción, sobre todo cuando se pretende abordar la psicología de las personas, suponiendo esto o aquello, pero sin certezas de ninguna especie, salvo esos esquemas estereotipados que son los que permiten al escritor recrear (novelar) al hombre frente al hombre (lector), gracias a convenciones literarias previamente establecidas, como ocurre con el género novelesco.

 

El logrado esbozo de las divagaciones del músico en medio de su enfermedad, llevan al lector a meterse en el reticulado de la conciencia de éste, participando del desarrollo de sus ideas, tal y como suele ocurrir en la realidad con la propia conciencia, avanzando punto por punto a una explicación que no llega mediante el método analítico propio de la razón, sino a través de un desborde casi siempre sorpresivo de la intuición. Así entramos al mundo interior de Z, haciéndonos cómplices de sus ideas y de su enfermedad, preguntándonos al igual que él ¿dónde está el camino, qué debo hacer, cómo se resuelve este problema?

 

La escenificación de pequeños detalles dan cuerpo visible a esta larga y profunda penetración psicológica del personaje. Detalles tales como esas llamadas telefónicas a medianoche del músico a E, llamadas de larga distancia en medio del problema de comunicaciones que vive Europa en ese momento en plena guerra. Llamadas telefónicas de cuyo contenido amoroso todo el hospital está enterado, y es posible imaginar el estupor de la telefonista que escucha la conversación y adhiere a esto o a lo otro dicho por Z o por E.

 

Lo mismo ocurre con las visitas del profesor al enfermo, marcadas con ese halo de misterio que solo la pluma de un artista de su categoría puede esbozar, y donde poco a poco vamos viendo como estas conversaciones sostenidas con el Profesor y también con el médico del hospital de Florencia adquieren el valor terapéutico del psicoanálisis para ir liberando los conflictos que afectan ese inconciente del músico, y cuyo “daño” sería la causa de la extraña enfermedad que lo mantiene recluido allí. Hoy podríamos hablar tal vez con mayor propiedad de la depresión de Z.

 

 

Después de leer El último encuentro, uno ya no debiera sorprenderse del espesor psicológico, filosófico y moral que alcanza  la narrativa de Sándor Márai. Sin embargo, dada la magistral sutileza de su pluma, toda vez que uno lee una de sus obras, resulta inevitable hacerlo. En La hermana, el problema de la pasión versus razón, a través del relato de la vida íntima de un afamado músico, queda claramente esbozado como uno de los grandes binomios que constituyen la personalidad del hombre civilizado. Y el cual, por cierto, cada uno está llamado a resolver en la intimidad de su conciencia. 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Derechos reservados.

 

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