Milán Kundera, El telón.

kundera_1981_w El telón de Milán Kundera, condensa una serie importante de tesis relacionadas con el arte de la novela, escritas con la genialidad de la brevedad.  Una brevedad sintética  que  habría que destacar por virtuosa en medio de la palabrería interminable de cierto tipo de estudiosos del mundo actual, y cuyos textos críticos suelen acotar tanto menos  con tantísimas palabras ininteligibles. La prosa sencilla y penetrante de estos ensayos debiera ser ejemplar para aquellos académicos que a la hora de explicar, terminan  confundiendo  a los estudiantes.

 

Se  trata de un libro de ensayos dividido en siete partes que van cercando la esencia del género novelesco desde la perspectiva del creador y del lector. Su lectura puede resultar esencial y apasionante para los interesados en la escritura. Pero difícil para aquellos lectores carentes de un mínimo de competencia literaria, dada la diversidad de obras aludidas por Kundera para ilustrar sus hipótesis. Los ensayos consiguen una intertextualidad asombrosa y denotan la agudeza lectora del escritor checoslovaco.  

 

Una de las hipótesis interesantes planteadas por Kundera en este libro, dice relación con el cambio sufrido por  el género novelesco a partir de Flaubert, quien terminó con la escenificación dramática del género y pasó a una escritura más narrativa, tras evitar los excesivos diálogos y la búsqueda de los escenarios respectivos para desarrollarlos tras la búsqueda de verosimilitud.  Este nuevo estilo impulsado por la narrativa de Flaubert contrastante al de Balzac  y  al de los rusos de su época, como bien podemos comprobarlo. En la literatura actual, sigue avanzando al extremo de prescindir la novela  de escenas dramáticas propiamente tales, limitándose o expandiéndose hacia el diálogo interior de la conciencia.

 

Respecto a la eterna discusiónentre realidad y ficción, Kundera comenta que fue el propio Marcel Proust quien impuso los deslindes entre ambos territorios, cuando escribió En busca del tiempo perdido. Señalando además que: “todo lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumente óptico que ofrece al lector para permitirle discernir aquello que, sin ese libro, él no podría ver de sí mismo. El hecho de que el lector reconozca en sí mismo lo que dice el libro es prueba de la verdad de éste …”

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Derechos reservados.

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