Cuentos de Fútbol. Premio Hincha del año. Miguel de Loyola.

colo-coloLos comentaristas lo tenían claramente identificado. Y ese domingo, una vez terminado el partido y entregada la copa al equipo vencedor del torneo, le darían el premio “Hincha del año”, dotado de una suma importante de dinero en efectivo, además de algunas entradas para los partidos de la competencia siguiente. Sabían que el hincha en cuestión se ubicaba en la galería norte del estadio, justo tres gradas por encima del arco. Los de la galería lo llamaban “Cara de Citroneta” toda vez que se referían a él. Se trataba de un personaje entre los muchos que suelen rondar con frecuencia los estadios. Además, ahora sabían que su asistencia a los partidos de Colo Colo, y a las presentaciones de la Roja, constituía un record. En veinte años, el tipo no había fallado a ninguna fecha.

           

El hincha en cuestión usaba lentes, lentes tipo poto de botella. Signo evidente de una miopía extrema. Aunque algo exagerada por esos marcos de plástico color café. Anticuados, pasados de moda, y los que sin duda eran los mayores responsables del apodo. Algunos de los periodistas deportivos apostados en las casetas, entre bromas y risas, aseguraban que el Cara de Citroneta apenas podía ver con ellos las jugadas del arco que tenía en frente, y que el resto del partido le quedaba solo para la pura imaginación, alimentada por la correspondiente voz del relator desde la portátil que llevaba siempre encajada en el bolsillo de la chaqueta. Una radio anacrónica como los lentes, con un audífono blanco que acostumbraba a mantener soldado a su oreja izquierda durante los partidos, conformaba parte característica de su indumentaria de hincha deportivo.

           

-Es el primero en llegar y el último en retirarse del estadio-. Eso ahora estaba absolutamente comprobado, luego de estudiar sus movimientos con motivo del premio en cuestión en los diversos videos archivados por las cámaras que cubrían partido a partido la conducta de las barras. El Cara de Citroneta aparecía en todos los videos cuando la filmadora avanzaba por el sector más populoso de la galería, mostrando un rostro de iluminado, concentrado en el juego y en ningún caso en el movimiento de las cámaras.

           

Se sabía también que más de alguna vez al tipo lo habían asaltado allí mismo en las graderías una vez terminado el partido, arrebatándole la portátil, el reloj, la chaqueta, y el poco dinero que regularmente llevaba encima. En una oportunidad los antisociales lo despojaron hasta de los lentes. Pero no por eso se intimidaba y dejaba de estar presente en la siguiente jornada deportiva. Su fanatismo lo llevaba nuevamente a presentarse con las mismas esperanzas de ver ganar a su equipo. Eso lo sabían ahora los periodistas y algunos, sensibles hombres de la farándula deportiva, lo sabían hasta las mismas lágrimas. Se hallaban emocionados con su historia. Ya no les cabía duda que la mayor pasión de aquel hombre la constituía el fútbol, que vivía en función de él lo mismo que ellos. Con la diferencia que con esa pasión ellos se ganaban la vida, en cambio al Cara de Citroneta le costaba sus buenos pesos de sus menguados bolsillos de obrero metalúrgico.

           

Al principio, Clara, su mujer, cuando apenas llevaban algunos años de matrimonio, no soportaba esa afición de su marido, la odiaba como se odia a una rival, con celos, naturalmente. Sentía que le robaba tiempo para estar juntos. Después, con lo años, no hallaba la hora que llegara el fin de semana para que Rafael, Rafael Peralta, que así se llamaba el hincha en cuestión, se fuera de un vez por todas a su fútbol, liberándola de su compañía, la que con los años comenzaba a encontrar cada vez más aburrida. Las veces que Rafael se estaba en casa, no hacía otra cosa que andar pendiente de los partidos que pasaban por la televisión, o si no de los comentarios deportivos insertos en los noticieros. Asunto que a ella le molestaban bastante más que el hecho de saber que se hallaba en el estadio, pegado a su transistor, distante y ajeno, en definitiva.

           

Ese domingo, Rafael se encontraba en su puesto habitual en las graderías desde alrededor de las tres de la tarde. A pesar de la lluvia torrencial que se estaba derramando sobre la ciudad, no se había movido ni se movería por un momento de su sitio. Por la radio dudaban que el partido se jugara realmente debido a la intensidad inusitada de la lluvia. No obstante, Rafael permanecía inmutable bajo el aguacero como buen hijo del sur de Chile. Ese domingo se disputaba la final del torneo, se terminaba la temporada y quería ver a los muchachos por última vez antes que se fueran de vacaciones. Sabía que acostumbraban a despedirse de la hinchada toda vez que terminaba el torneo y con mayor razón aún cuando lo ganaban. Resultado que el Cara de Citroneta lo daba por sentado. Además, lo motivaba la posibilidad, según le habían prometido, de pasar al otro lado de la reja que separaba la cancha de las graderías para darle la mano sino a Chamaco, al mismo Caszely en persona, sus máximos ídolos deportivos del ámbito local. Las paredes de su pieza las tenía forradas con fotos de estos dos grandes jugadores. Nunca en toda su vida de espectador deportivo había visto a una dupla más perfecta. A Chamaco lo consideraba inigualable al momento de dar un pase, porque sabía hacerlo con maestría que denotaba clase, anticipo, visión de juego, ni corto ni pasado, sino proyectando desde ya la jugada siguiente. El chino Caszely, a su vez, a la hora de entrar al área chica con la pelota en los pies, tampoco fallaba nunca. Terminaba metiéndola al fondo de la red con la maestría inigualable de los verdaderos ases del fútbol.

           

A pesar de la lluvia, de las dudas esparcidas a través de las emisoras por los comentaristas que el partido posiblemente se suspendería, el estadio comenzó a llenarse pasadas las cinco de la tarde. La galería se colmó de pronto de asistentes. Y Rafael quedó en medio de un millar de personas, convertido otra vez en un hombre masa, tragado por la compacta multitud. Después, fueron llenándose las tribunas Andes y Pacífico, hasta que a las siete -hora en que estaba fijado el comienzo del encuentro- no cabía un alfiler en el estadio.

       

-¡Sesenta mil personas!, ¡sesenta mil personas en el Nacional! -vociferaban por las distintas emisoras los locutores a voz en cuello, en medio de avisos comerciales, bromas y comentarios varios. El corazón de Peralta comenzaba a levantar revoluciones hasta alcanzar  grados evidentes de taquicardia. La expectación reinante estaba conformando poco a poco un solo cuerpo en el estadio. Un cuerpo de gigante que se agitaba constantemente como un bandoneón. Los vítores de las barras se sucedían uno tras otro, con estruendos de bombos, trompetas, platillos, pitos y silbidos. Rafael rara vez se sumaba a los gritos de las barras, pero esta vez lo hizo, incluso se paró de su asiento, y como regularmente lo hacían otros, se subió también arriba del banco cuando finalmente salió Colo Colo de los camarines al trote, luciendo la inconfundible casaquilla con la insignia del gran cacique araucano estampada en el pecho. Los banderines flamearon al viento junto con el himno del club. Rafael volvió a sentir la presencia de sus antepasados en esos hombres que los representaban. Las trutrucas tronaron en la galería junto al tam tam intermitente de los tambores nativos invocando a  dioses ancestrales. 

           

El partido comenzó con el pitazo de rigor dado por el árbitro en el círculo central. A la media hora de juego, Colo Colo iba uno a cero arriba en la cuenta, con pase de Chamaco y gol de Caszely. Un clásico que se repetía en los encuentros. Las galerías rugían como leones embravecidos en medio de esa selva incendiada por miles de almas gritando.

           

Al minuto cuarenta y dos, vino el sorpresivo empate de Cobreloa, después de un confuso tiro libre que pasó colado por un espacio abierto dejado por la barrera. El estadio enmudeció por unos segundos tan largos como suele ser el del asombro mismo en su estado más puro y virginal. Después, volvió otra vez a rugir como el animal enjaulado en que se había convertido luego del empate, y lo seguiría siendo hasta la hora del descanso. Los equipos se fueron a los camarines empatados a uno.

           

En el descanso, Rafael tampoco se movió de su sitio. Rara vez lo hacía, la verdad. Las pocas veces que lo hiciera alguna vez para ir al baño, al regreso se había quedado siempre sin asiento. Esa era una de las pocas cosas que le desagradaban del estadio y acaso una de las razones también por las que deseaba a veces ser un hombre rico, para conseguir un puesto seguro bajo marquesina. No obstante, ese sueño lo veía tan imposible como arrancarle a la noche uno de sus diamantes más puros.

     

Después de la lluvia, que había cesado repentinamente sin que nadie le diera ninguna importancia al hecho. Comenzó a bajar el frío glaciar, que suele arrinconarse en los lomos de la  cordillera para dejarse caer como una bestia polar sobre la ciudad. Así que las ganas de orinar apenas las aguantaba esa tarde Rafael. Pero no estaba dispuesto a quedarse sin asiento para ver la segunda etapa. En ese caso, prefería orinarse allí mismo.

       

El pitazo del arbitro hizo volver la concentración de los espectadores hacia la cancha otra vez. Los equipos salieron dispuestos a la lucha por conseguir el dominio del balón blanco, y, a los diez minutos, un gol de Caszely desde la boca del arco puso al estadio frenético de felicidad. Rafael pegó un brinco en su sitio. Tronaron las trutrucas y los tambores araucanos. Después todo fue jolgorio, risas, cantos, aplausos, pitos y aullidos. Chamaco volvió a poner una pelota extraordinaria en los pies benditos del Chino, y  entró con ella hasta el fondo de la red, dejando al arquero tendido en el suelo como un toro, avergonzado y furibundo después de la última verónica letal. El estadio ardía en pequeñas llamitas que los espectadores fueron encendiendo a modo de antorchas. Era la noche de Chamaco y de Caszely otra vez. La gran despedida decían algunos, porque se rumoreaba que el eximio medio campista no volvería a jugar el próximo campeonato, salvo el partido de su despedida, y por lo tanto Caszely tampoco volvería a ser nunca más el mismo sin su compañía. Pero eran solo rumores. Rumores que no obstante causaban más de alguna aprehensión en el singular corazón de Peralta, que hacía rato por detrás de sus gafas de plástico había comenzado a desprender los goterones propios de la emoción de ver a sus ídolos en toda la magnitud de su potestad.

       

El partido culminó con las tres cuartas partes del estadio de pie, vitoreando al equipo vencedor. Rafael Peralta aprovechó el minuto justo antes del final, tal y como le había pedido expresamente el periodista, para bajar entre la multitud hasta la reja, a costa de codazos y empujones que le propinaron y propinó a su vez a diestra y siniestra. No obstante, cuando sonó el pitazo final, y los fuegos artificiales reventaron la paz del cielo con sus múltiples luces de colores anunciando el final glorioso, casi ya había conseguido alcanzar la reja. Al otro lado pudo ver al periodista que le había prometido hacerlo pasar al interior del campo esa noche, con el fin de que abrazara a sus ídolos. No obstante, Peralta ignoraba todavía que además le darían un premio.  

           

La vuelta olímpica del equipo vencedor se impuso esa tarde de todas maneras. Y en el momento final en que Colo Colo saludaba a la hinchada de la galería a pecho descubierto, Peralta, embargado por la emoción, tal vez tuvo el vago presentimiento de lo que sería morir de felicidad. El grueso de la muchedumbre se había agolpado frente a la reja gritando y empujando en forma frenética. Querían también saludar a sus ídolos, abrazarlos, besarlos, rendirles el viejo culto del hombre a sus dioses. ¿Cuántas veces no lo había soñado él también? La cámara de televisión que buscaba al ganador del Premio Hincha del año lo encontró por un momento en medio de esa multitud con el rostro risueño, a pesar de la evidente incomodidad en que se hallaba, apretujado entre la masa enfebrecida. No obstante, todavía conservaba los lentes y el audífono. Luego, el video proyecta el desplome repentino y brutal de la reja, con el gentío cayendo como una cascada de cuerpos unos sobre otros.

       

Quince muertos, treinta y dos heridos graves, cuarenta y cinco lesionados leves, etc… Entre los muertos, Rafael Peralta, escogido por los periodistas deportivos para darle esa noche el premio Hincha del Año.

 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile.                                            

    

 

* Cuento publicado en Revista Proa N° 72, año 2008.

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