Daniel Defoe. Robinson Crusoe

        Defoe_D    Robinson Crusoe es una novela de aventura por excelencia, el periplo que recorre el protagonista junto al sin número de peripecias por las que tiene que pasar antes de su retorno a Inglaterra, constituyen las características propias del género con ese rótulo. Como sabemos, Robinson Crusoe, el protagonista narrador, movido por su espíritu aventurero -rasgo inherente a la juventud de todos los tiempos-, sale a los dieciocho años de su casa en York, para regresar treinta años más tarde, después de haber sobrevivido en una isla deshabitada durante veintiocho años, cuando sus padres ya han muerto y nadie puede reconocer su identidad.

            Este esquema de salida-viaje-retorno, que se repite en el género de aventuras desde los cuentos de Las mil y una noche, y, posiblemente aún de mucho más atrás en la línea del tiempo, Leonardo Defoe lo maneja magistralmente en su novela, creando la expectación suficiente para que lectores jóvenes y adultos alcancen la última página movidos por intriga de saber que pasará al final con el personaje (héroe), que ha cautivado su imaginación.

            Interesante resulta preguntarse que ha cambiado, o si ha cambiado en algo este esquema en la novela de aventura actual. Desde luego, hoy no se habla del género en los términos que se clasificaba ayer. Alguna escuela teórica (la estructuralista puede ser) sentenció que no existe la novela de aventura, ni la romántica, ni la fantástica, etc. Sino la novela en general. Aunque para el caso del lector, que es lo que realmente importa para mí aclarar, las diferencias, o los tipos de novelas, no pueden ser más evidentes. No es lo mismo una novela de aventuras que una romántica. El lector capta las diferencias, si ponemos por caso La dama de las camelias versus Robinson Crusoe, queda bastante clara. La una pone el énfasis, el interés en las relaciones amorosas, y la otra en la aventura propiamente tal. No obstante, ambas pertenecen al género novelesco. Lo que es obvio. Aunque los teóricos se devanen los sesos antes de llegar a esa conclusión.

            Juzgar, poner en la balanza cuál de estas categorías pesa más, quizá sea la cuestión principal para los teóricos. Asunto que al lector le importa poco, o quizá nada. El lector, los pocos que van quedando, quieren leer algo hasta el final. Y la novela de aventuras se presta fabulosamente para ello. El mismo Quijote es una novela de aventuras, al menos fue concebida por Cervantes de esa manera. Todo los demás apellidos y adjetivos se los ha otorgado las ciencias de la literatura. Pero en principio, y mirada dentro del esquema expuesto, presenta características semejantes. Un hombre que sale, recorre un largo periplo y regresa. En La Odisea, con Ulises, el protagonista, sucede otro tanto.

            Hoy día, en la novela actual, muchos autores están usando el mismo esquema. Paul Austern en El palacio de la luna, por poner un ejemplo, el personaje cuenta sus aventuras, por sobre sus conflictos de personalidad. Asuntos que cautivaron a la novela de décadas pasadas. El cubano Pedro Juan Gutierrez, en el llamado hiperrealismo sucio, hace otro tanto con sus personajes. El inglés, Hanif Kureishi, el francés Houellebecq, el español Javier Marías, en su novela, Isabel Allende no hace otra cosa que repetir la fórmula. Las novelas policiales, llamadas también trihller, manejan el esquema.

            Pero volvamos a Robinson Crusoe, asunto por el cual parte esta discusión. Las peripecias del personaje, van más allá de la cuestión anecdótica propia de la aventura, cuando el autor consigue traspasar el umbral de la ficción otorgando a su relato, lo que Henry James denomina muy bien, “impresión de vida”, de historia, de realidad, a fin de cuentas. Es ahí cuando la novela de aventuras, cobra una dimensión que la llevará a sobrevivir en el tiempo. Robinson Crusoe, sabemos fue escrita en el 1700, El Quijote en el 1600, La Odisea varios siglos antes de Cristo, Las Mil y una noche, otros tantos antes, etc. Lo que significa que, lo que comenzó como una aventura, terminó transformándose a la postre en una novela de mayor espesor que cualquier otra que lo hizo con una intención “intelectual” mayor. El caso de Los miserables, de Víctor Hugo, también es una novela eminentemente de aventuras, cuyo personaje principal recorre un periplo semejante perseguido por el implacable policía. La Montaña Mágica, de Thomas Mann. Personajes que salen y retornan renovados. Confiriéndole así a la vida esa dimensión trascendente que  genera el imaginario de cualquier lector, en el sentido de ser ésta una búsqueda y una constante superación.

            En suma, quiero llegar con en este ensayo a una tesis en defensa de la novela de aventuras, género que los teóricos, esos teóricos de lenguaje apenas inteligible, descalifican y rotulas como menor, desconcertando con ello al lector, al ubicar la novela de aventuras en una sitial inferior dentro de las categorías que ellos manejan. Aunque habría que precisar cuáles. Clasificación que al menos yo, no estoy en competencia literaria para hacer. La novela de aventuras, en los términos expuestos, sigue siendo una expresión del lenguaje y de la imaginación tan válida como otras. 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile –

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5 comentarios en “Daniel Defoe. Robinson Crusoe

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