Gogol, Melville, Kafka y Saramago,

melvilleLa influencia y la imitación es una de las claves del arte de la literatura. Ya lo dijo Aristóteles en su poética, al advertir que el arte es una suerte de imitación. Por cierto, hay creadores más fecundos, en cuyas obras parecen inspirarse o descansar la creatividad de las nuevas generaciones. Tal parece el caso concreto de Nikolái Gogol, el genio de la literatura rusa del siglo XVIII, cuya línea satírica y mordaz influye la literatura y los autores más importantes de nuestros días, como ocurre con la narrativa de Saramago, en quien veo un claro y excepcional discípulo del ruso. Aunque, claro, después de pasar debidamente por la influencia también de Kafka y otros de la misma tendencia, naturalmente.

Recordemos que Franza Kafka fue un gran admirador de los rusos, y, posiblemente, o sin lugar a dudas, su autor favorito debió ser la aguzada pluma de Gogol. La correspondencia de las obras de Kafka con las del escritor ruso, no puede ser más evidente. Aunque todavía hay bastante más humor y mordacidad en Gogol, pero allí está el origen de la crítica despiadada a la burocracia creada por el poder zarista para controlar el Estado. Allí la mecánica y la raíz de la descomposición cerebral de las capas de poder que terminan por enloquecer a las sociedades.

Gogol se rie a mandíbula batiente en sus obras de cuanto funcionario público describe, partiendo por los desposeídos del poder, hasta llegar a la tribuna imperial de los poderosos. En Almas muertas da una clase magistral de cómo un funcionario puede engañarlos a todos, incluido el Estado, y pega una tremenda bofetada en la boca a los servidores públicos en su cuento magistral El capote.

Seguidamente, podemos detenernos un instante en Melville y su magistral cuento Bartleby, conocido como el escribiente. El cual viene a ser una copia renovada de El Capote de Gogol, con algunos otros condicionantes propios de su época, como el absurdo y el conocimiento más acabado de la psicología. No cabe dudas de que Melville tuvo conocimiento del escribiente de Gogol, y se enamoró de él al extremo de llegar a crear el suyo propio. Bartleby encarna el prototipo del escribiente de todos los tiempos, pero ya en un estado de enajenación total y absoluto abandono de sí mismo, perdido el interés y la inteligencia.

Kafka continúa la historia en  El proceso, El Castillo y en la mayoría de sus cuentos, toda vez que describe la estupidez autómata de los empleados públicos, todas vez que los enfrenta al absurdo de su existencia, toda vez que intenta detallar las carencias del sistema creado contrariamente para humanizar las sociedad, terminando las más de las veces en lo contrario. Kafka lleva la crítica hasta las últimas consecuencias, desarmando, descomponiendo el aparato Estatal en todas sus partes, desarticulando principalmente las piezas macabras del poder judicial, y penetrando en la oscuridad del individuo creado por el propio Estado para tales fines.

Podemos continuar con Saramago y su novela Todos los nombres, cuyo personaje principal también es un empleado público, en este caso un escribiente de la Conservaduría General de la Rpública. Un personaje a quien vemos sardónicamente retratado detrás de su oscura oficina, y en cuyo mismo lugar vive y cuida, pero obsesionado de pronto por un hecho puntual de la realidad, hallar a cierta persona existente en los archivos que diariamente revisa, a cierta mujer que casualmente descubre entre uno de sus tantos archivos.

La sagacidad de Saramago para dar vida al personaje e insuflarle toda esa carga que confiere la características de lo absurdo de su situación en el mundo, allí al interior de aquel infiernillo creado por el hombre, no tiene límites y desborda en ingenio e imaginación para presentar al lector una y mil variantes, lo mismo que los narradores anteriormente descritos.

En consecuencia, podemos revisar ciertas secuencias de creación que se repiten a través del tiempo. Comprobando una vez más lo que han dicho todo: todo ya ha sido escrito. Lo único posible es una recreación distinta sobre un mismo tema. Lo importante no es el qué, sino el cómo.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – 2006

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