Desde otro ángulo. Cuento

piedra de la iglesiaEsa mañana Leonardo deseaba estar solo a la orilla del mar. La noche reciente no había dormido, la discusión con Andrea había durado hasta el amanecer. Así que cuando llegó a casa la madrugada del domingo, en vez de acostarse a dormir, optó por entrar a la cocina por leche y pan. Tomó una toalla, dejó una nota para sus padres sobre la mesa, y salió en dirección a la playa. Las vacaciones terminaban ese fin de semana. La mayoría de sus amigos partirían esa misma noche camino a la universidad. En cambio Leonardo permanecería un par de semanas más, vagando por las playas, había salido mal en la Prueba de Aptitud.

Una vez en la playa, extendió sobre la arena gris su larga toalla azul,  y una vez tendido fue relajando sus músculos, cada una de sus vértebras, hasta quedar en forma plácida de espalda al sol. Cerró los ojos, y el cansancio acumulado durante el trasnoche, brotó como manantial atorado en sus entrañas. Pero se sintió cómodo allí, disfrutando de la brisa y del sol como una lagartija solitaria, de ese mar agitado y revuelto por la inquietud adolescente de las olas, como su propia inquietud, tal vez. Se sintió feliz a pesar de la mala onda de anoche. Feliz como solía sentirse a menudo a la orilla del mar, entregado a las suaves caricias de los rayos ultravioletas. Podía darse cuenta como poco a poco, en pequeñas ráfagas de deliciosa somnolencia, como leve brisa hipnotizadora, este comenzaba a inundarlo, a infiltrarse como una droga, al mismo tiempo que otra parte de sí mismo -aunque no sabía cuál- lo conducía hacia los oscuros laberintos de su mente, hacia esa gigantesca bóveda individual, como se le ocurría imaginarla de un tiempo a esta parte, semejante a un descuidado desván, donde suelen ir a parar los trastos inútiles de una casa.

Su evidente aversión a esa “cosa”, como solía llamarla ahora de manera despectiva, parecía cada vez mayor. Ese domingo,  tenía sobradas razones para concluir que en verdad era un estorbo para él, para dejar libre al Leonardo que era -y que lo sería de igual modo- aunque el mundo entero se viniera abajo. No podía explicarse de manera racional cómo Andrea, el colegio, sus amigos, la televisión misma, y tantas otras cosas, se habían introducido mejor que él mismo dentro de esa bóveda, y desde allí, desde su oscuro interior de lo que era suyo y nada más que suyo; a diario lo estaban obligando a pensar y a hacer, prefijando de manera increíble sus gustos y anhelos,  buscando, claro,  la forma de transformarlo en otro muchacho.

Ese verano llegaba a la conclusión que desde allí, desde el interior de esa bóveda, el mundo buscaba la forma de transformarlo en una especie de  androide, programado y programable, olvidándose de su derecho a  ver el mundo con sus propios ojos. Sin embargo, ahora por fin parecía tener claro que no podía dejar de ser Leonardo, aunque el mundo se lo pidiera a gritos.

Pasado el mediodía, no pudo continuar inmóvil, impertérrito ante la potencia agresiva y abrasadora del sol. Sus rayos se habían ido tornando paulatinamente en filudas agujas para clavar su piel, obligándolo cada vez con mayor frecuencia a girar poco a poco como pollo al palo.  Podía imaginar a ratos el chirrido de su piel expuesta a las brasas candentes del sol, deseando por unos instantes derretirse de una vez bajo sus rayos, hasta quedar reducido a una insignificante mancha de aceite sobre la rectangular superficie de la toalla azul. ¡Sería divertido! -pensó- Sería divertido derretirse como un helado en un día de calor. La somnolencia la sentía ahora hasta en las médulas de los huesos, y estar tirado allí, le pareció que había sido la mejor forma de recuperar las energías perdidas durante aquel inútil trasnoche. No tenía deseos de nada, ni siquiera de mover los pies, como solía hacerlo estando otras veces en esa misma posición. A ratos deseaba permanecer eternamente allí, tumbado como un simple animal más sobre la superficie del planeta; de ese planeta demasiado exigente con los humanos, y, sin embargo, vacío, sin respuestas, tan inconsistente y absurdo como su misma mente, siempre expuesta a múltiples y fastidiosas divagaciones, como la de un astrónomo del siglo XX, a menudo agotado de intentar ordenar en su cerebro, la inevitable infinitud del universo.

Leonardo no quería pensar, sin embargo ese verano había comprendido que no podía dejar de hacerlo, se trataba de algo inherente a su existencia misma. Podía entender ahora que para algunos hombres, pasaba por la mayor virtud, el mayor orgullo de la especie a través de los siglos. Pero para él, concluía ese domingo, pasaba por uno de los mayores peligros, la más endiablada forma de confundirse, de extraviarse en uno de esos siniestros laberintos mentales, con la única certeza de transformarse en muchacho triste y amargado, como tantos que andaban rodando inútilmente por el mundo, desperdiciando su juventud, gracias a sus estúpidos cerebros de computadoras ambulantes, de recipientes inservibles, repletos de conceptos suministrados por otros, pero carentes de los suyos propios,  demasiado ansiosos por los proyectos del mañana, pero nunca preocupados por el día de hoy. Como la misma Andrea y sus padres, y los suyos también, y el colegio, y el mundo entero, carajo.

En ese preciso momento pensó que era mejor  poseer una cabeza diminuta, donde sólo hubiese espacio para ocultar una mente pequeñita, como imaginó de pronto la de los niños, siempre y lúcida y abierta, sin demasiados recovecos y laberintos, donde cabía en un sólo bloque el mundo entero y nada se revolvía. Pensó entonces en eso, soñó entonces cambiando la suya por la de un niño, luego se vio a sí mismo sonriendo con ironía frente a un grupo de hombres que andaban con sus enormes cabezas pensantes dando increíbles tumbos por el mundo, criticándose con ferocidad unos a otros, olvidados de la estupidez de sí mismos.

Ese era su mayor miedo, ahora estaba por fin seguro que ese era su único miedo. Miedo a que a él le fuera a ocurrir algo parecido, como a su mismo padre, a quien a menudo había visto medir el ancho de las puertas antes de decidirse a pasar a través de ellas, con su enorme cabezota de sabelotodo, como un desafortunado payaso de cartónpiedra. Y mientras el sol comenzaba a derretirlo en redondas gotas de sudor, concluyó que era eso lo que tenía que hacer, conseguir una cabeza diminuta, ojalá como las de las aves, para que nadie pudiera meterse en ella aparte de él mismo, donde sólo hubiera espacio para Leonardo, porque era demasiado estúpido poseer un cerebro para dominio de otros, para ser manejado mejor que a un esclavo, desde su centro mismo, condenándolo a ser de por vida un autómata, inconsciente de sus propias virtudes, únicas e irrepetibles, inconsciente de su libertad, no… Leonardo no había nacido para eso, si hasta Andrea quería hacer su obra, instalada en palco en medio de su mente, intentando cambiarlo por otro, por un individuo distinto, preocupado de asuntos que no tenían por qué preocuparle a él también. No Andrea, dijiste, así no podemos continuar, y por eso habían terminado. Ella había quedado perfectamente feliz, bailando con Francisco, un tipo antítesis de Leonardo, de pelo engominado y futuro esplendoroso.

 Semi dormido todavía abrió los ojos, y, como una lánguida serpiente avivada por la música del flautista, se levantó, miró con avidez el mar, esa gigantesca fuente de agua fresca se le ofrecía a sólo unos metros para aplacar el calor. Un poco más y me achicharro, dijo. Tenía la piel teñida y lacada por el sol, gruesas gotas de sudor se desprendían de su cuerpo resbalando por las piernas hasta dar con la arena. Entonces, impulsado por el deseo ferviente de desprenderse de ese manto abrasador, corrió hacia el mar para lanzarse al agua. Al momento de sumergirse en las aguas heladas de Humbolt, su cuerpo chirrió como un trozo de metal al rojo al ser sumergido bajo las aguas.

Desde allá, desde el mar, flotando de espaldas ya relajado y fresco, miró la franja de playa, el hermoso balneario todavía repleto de veraneantes, saturado de bañistas pegados al litoral, y pudo ver con claridad sus enormes cabezas de hombres, sus inútiles cabezas de elefantes humanos, de dinosaurios prehistóricos, sus gigantescas cabezotas hinchadas como globos y le dio risa, mucha risa, un ataque de risa descubrir a esa humanidad -a la cual él no pertenecía- deshumanizada a causa de su inútil cabeza. Ahora estaba seguro, seguro que él, Leonardo, no necesitaba más cabeza que la de un águila, diminuta y filuda, donde sólo hubiese el espacio necesario para transportar una mente pequeñita.

Hacía vivas señas con las manos desde allá, desde el otro lado de la línea que divide la tierra para darle espacio al mar. Se reía a gritos Leonardo, estaba haciéndole increíbles payasadas a los bañistas, riéndose a carcajadas de los cabezademundo, de los cabezasupermercado, de los cabezabodega, estaba diciéndoles adiós porque el verano terminaba, y sabía que terminaba por fin bien, muy bien.De eso estaba por primera vez seguro, seguro que por fin emprendería el vuelo, incluso, desde esas mismas aguas oceánicas.

* * *

Miguel de Loyola  –  Constitución –  1980.

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