El malestar de la cultura, cuento de Miguel de Loyola

hombre-lobo-Roberto Baldevenito evitaba el tren subterráneo. Prefería las calles, la luz natural, los autos, los tacos, incluso. Desde que funcionaba en la ciudad, lo había usado en contadas ocasiones y muy a disgusto. Lo suyo era una especie de fobia a los lugares cerrados. Bajar por la escalerilla hacia el interior del túnel le causaba desasosiego. En consecuencia, prefería evitarlo. Sin embargo, ese viernes tenía los minutos contados para llegar al centro, y sabía perfectamente que si tomaba un bus o, incluso, si tomaba un taxi no llegaría a tiempo a la cita de negocios.

Bajó cautamente las gradas de las escaleras. Una vez abajo, en el andén, comenzó a pasearse intranquilo de un extremo a otro, mirando receloso hacia ambas bocas del túnel por donde debía aparecer el tren. No obstante éste no tardó mucho en asomar. Se detuvo algo brusco, abrió con estruendo sus puertas automáticas, salió un batallón de gente del interior de los carros, y luego volvió a subir una masa de gente parecida a la anterior. Roberto subió también, luego de estrellar su anguloso tórax con más de algún pasajero. Una vez en el interior del vagón procuró quedarse quieto, muy cerca de la puerta, a modo de precaución frente a cualquier eventualidad.

Baldevenito llevaba puestos lentes de sol porque minutos antes, en la calle, el sol amarillo se demarraba sobre la ciudad irritando dolorosamente sus pupilas, y cuando en algún momento se los sacó en virtud de que allí le pareció bastante absurdo llevarlos todavía puestos, al poco rato volvió a ponérselos otra vez. No le gustó para nada ese jueguito de los pasajeros del tren subterráneo. Ese de mirarse repetidamente y en forma estúpida unos a otros durante el trayecto de estación en estación. Aunque con anteojos oscuros como los suyos, resultaba bastante más difícil para los demás pasajeros adivinar donde depositaba la mirada, y también servían como escudo para evitarlas.

El tren subterráneo no tardó más de quince minutos en llegar a la estación de destino, lugar donde Baldebenito se bajó satisfecho de sí mismo después de pasar esa prueba sin demasiada dificultad. Sin embargo, al encaminarse por los pasillos en busca de las escalerillas de acceso a la salida, comenzó a vivir una situación extraña. Se sacó otra vez los espejuelos para comprobar si éstos estaban afectando su visión, pero volvió a ver animales en tropel avanzando por detrás y por delante suyo. La visión fue patética, y Baldevenito se detuvo a un costado del pasillo para dejar pasar a esa manada de bestias avanzando decididamente hacia la salida, amenazando con arrollarlo si no se mantenía quieto en algún sitio. Entonces desde allí, aferrado al pasador de mano de la escalerilla, escrutó otra vez a los animales pasando indiferentes a su lado, certificando con claridad que sus ojos, orejas, narices y cabelleras correspondían efectivamente a animales de las más diversas especies. Unos poseían orejas increíblemente grandes y ahuecadas, en tanto otros pequeñas y cerradas. La nariz de algunos semejaba a la de los perros, en tanto la de otros correspondía a un cerdo. Algunos llevaban ojos de búho, en cambio otros de conejo, otros de sapos, serpientes, avestruces, tigres, caballos. Tratando de huir de esa visión surrealista intentó observarse a sí mismo, para al cabo quedar horrorizado al descubrirse también semejante a esos especimenes pasando indiferentes, sin detenerse a mirarlo por bicho raro en medio de aquel tropel.

Todo podía ser producto del excesivo calor y de la evidente escasez de aire fresco existente en el interior de esos túneles subterráneos, y por tanto lo urgente consistía en salir de una vez por todas de allí, pensó . Sin embargo, al intentar escapar hacia la luz, cuando subía a grandes zancadas volvió a quedar paralizado y perplejo a mitad de la escalera. Esta vez no sólo vio al animal oculto en él, sino también al hombre sofocándolo con su camisa de fuerza. Se dio cuenta del injerto que era el hombre, vio su cáscara, su postiza condición sobrepuesta a la esencia natural del animal y tuvo miedo de sí mismo, un terror helado recorrió la estructura blanquecina de sus huesos.

Baldevenito tuvo que sentarse acoquinado a un costado de la escalinata. Se sentía pronto a desfallecer. Le parecía que el mundo iba a estallar de un momento a otro en su cráneo, del mismo modo como revientan las bombas. Entre otras cosas ocultas, sintió también atrapadas en el interior de sus manos las garras del animal. Luego lo sintió vivo en el pecho, en el latido ahora furibundo y violento del corazón. Presintió al animal a punto de escapar de esa prisión en la cual la cultura lo habían encerrado durante siglos. Intentó entonces hablar para pedir auxilio, pero sólo un rugido feroz emitió su boca. Quiso pensar en forma racional para volver a poner el mundo en orden, pero su mente también había sido sobrepasada por la indiferencia del animal. Por la boca volvió a rugir como una fiera indomable, en tanto sus pupilas brillaron con ferocidad. Luego se adelantó cuatro pasos por la escalerilla hacia arriba y luego los bajo apoyándose ahora también en las manos y los pies, cual animal de cuatro patas. Así corrió hasta una punta del andén huyendo despavorido de quienes pasaban por su lado.

La bestia permaneció arrinconada largo rato debajo de los asientos existentes a un costado del andén. Pero repentinamente, como saliendo de cierto estado apacible en que por un momento había caído, se levantó de un salto cuando vio asomar el tren en la boca del túnel, con la clara intención de arrojarse bajo sus ruedas. Sin embargo, un guardia de azul lo sujetó con fuerza del cuello, tirándolo hacia atrás.

Al cabo de un rato, Baldevenito volvió a recuperar la racionalidad y doblegó a la bestia, obligándola a guardar la cola, el aguzado hocico, sus largas orejas, esas garras afiladas, las pezuñas de las patas… Comenzó a pedir disculpas y a darle infinitas gracias al guardia de azul que todavía lo mantenía tomado de un brazo. Sin embargo, el guardia no lo soltó y lo condujo a una salita existente a un costado del anden, donde lo hizo sentarse mientras esperaban la inminente llegada de la policía. La cual no tardó mucho rato en llegar. Se trataba de dos rondines frecuentes de la estación que prevenían asaltos y robos a los usuarios del tren. Cuando estuvieron frente a él, comenzaron un largo interrogatorio tendiente a constatar si Baldevenito encontraba en sus cabales.

– ¿Cómo dice llamarse?

– Roberto, Roberto Baldevenito. Pero esta pregunta tonta me la ha hecho usted ya tres veces seguida mi cabo.

– Oiga, entienda, lo suyo fue intento de suicidio y eso es grave ¿acaso no lo sabe usted que es… ingeniero, dijo ?

– Si, ingeniero, ingeniero civil, y me encuentro perfectamente bien y ahora déjeme ir de una vez.

Mientras Baldevenito esperaba en la salita que lo dejaran largarse, no podía dejar de pensar en lo ocurrido. Aunque ahora tenía bien clara una cosa, había descubierto al animal dentro del hombre, algo que, después de todo, no parecía demasiado extraño. La vieja historia del hombre lobo planteaba una hipótesis semejante. Una ficción, claro, pero una ficción para nada lejana de la realidad. Detrás del hombre habitaba un animal, de eso no podía haber dudas, un animal domesticado por los siglos. Darwin, sin ir más lejos, había descubierto y en alguna medida demostrado esa evolución. Sin embargo -y aquí fue donde Baldevenito volvió a quedar perplejo-, al preguntarse quién había descubierto al hombre y luego al animal dentro de sí, quedó sorprendido al constatar una posible triple dimensión del ser. Le parecía demasiado evidente que al animal lo viera el hombre, pero al hombre… ¿quién podía descubrirlo en su interior para dar cuenta efectiva y concreta de él?

1994

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2 comentarios en “El malestar de la cultura, cuento de Miguel de Loyola

  1. Roberto no queria bajar a tomar el tren subterràneo. Es todo un simbolo: bajar a lo màs profundo del alma humana y dejar revelarse lo que escondemos con el mayor esmero: nuestra parte de sombra, nuestra animalidad, que los codigos de la sociedad, nuestros codigos, nos obligan a disimular, a ahogar, a hundir en el subterràneo de la civilizacion.
    Para Roberto, darse cuenta que él también es una bestia es un momento tan agudo de dualidad que termina por no soportalo y piensa en arrojarse bajo un tren.
    Esopo, fabulista griego del siglo siete antes de Cristo, Jean de La Fontaine, fabulista francés del siglo diecisiete, decian que se servian de los bichos para instruir a los hombres.
    Miguel de Loyola nos indica otro camino para mostrarnos que el animal està “vivo en el pecho” humano.
    Basta con rascar un poco el caparazon…

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