Tom Sharp, Wilt.

tom sharpeEl entramado  anecdótico de Wilt, parece tan bien hilvanado, que la novela resultaría muy bien como modelo para un taller de narrativa. Vemos como cada pieza calza la una con la otra, y de esta manera, la tensión, o la intriga, no se corta en ningún momento. Lo cual es una virtud que pocos novelistas consiguen exhibir en sus obras. En tal sentido, diría que es una pieza maestra. Recrea la anécdota durante las doscientas y tantas páginas sin que el lector pierda interés en ella. Al margen del problema de fondo que, como en toda novela, recorre bastante más kilómetros a la redonda que la anécdota, por jugosa que resulte.

           

Ahora bien, la profundidad psicológica del protagonista, que es en estricto rigor lo medular de la novela, es una puerta de entrada a la conciencia del hombre humanista por excelencia, inmerso y enfrentado al mundo cotidiano donde impera la lógica desquiciante del racionalismo. Wilt, representa a un fragmento de la sociedad que ha vivido -y seguirá viviendo ciertamente- marginado del mundo, dado que su lógica es distinta. Y si bien puede enfrentarse a ese mundo, como de hecho la hecho Wilt obteniendo en esta novela la victoria, sospechamos que en algún momento también será tragado por el mundo y su legajo de leyes instrumentales que conllevan al individuo a un estado permanente de ente, en el sentido de cumplir una función específica dentro de la rueda mundana, más que de un hombre compuesto de carne y espíritu, único e irrepetible, como se nos presenta Wilt en esta novela. Podemos intuir que con los años, nuestro héroe pasará a ser también un Morris, por ejemplo. Es decir, un ser inmerso en el sistema por la necesidad o como quiera llamarse al hecho de adaptarse al mundo y a sus leyes.

           

Wilt descompone la lógica de todos los seres que le salen al paso, partiendo por los más racionales por excelencia, como los policías, el mismo psiquiatra, la prensa, sus colegas del instituto que ya son parte del sistema,  aunque puede inferirse que alguna vez también fueron semejantes a él, digo los de su departamento, porque los profesores de otras cátedras queda claro que no. La lógica de Wilt desestabiliza el mundo de todos estos seres cosificados que -y eso es lo importante y trascendente para quienes nos sentimos identificados con el personaje- por derecho, son siempre los inteligentes, los que campean en la batalla de la vida cotidiana aunque sean, y de hecho en esta novela no sólo lo parecen sino que lo son efectivamente, unos redondos de remate. El matrimonio norteamericano tampoco, pese a su liberalismo que supuestamente los exime del rigor de la lógica racionalista, sale bien parado frente al saber de Wilt. Se demuestran a sí mismo tanto o más redondos aún al resto.

 

La pregunta ahora es qué pasa con Eva, con Eva Wilt. La novela no le da un tratamiento mayor que el una caricatura. Quizá sea ese un defecto importante, por cuanto conlleva a sospechar de cierta mirada peyorativa por parte del autor acerca de la mujer y todavía algo más que eso. Ningún personaje femenino en esta novela sirve realmente para algo. Aunque debe entenderse que sirven para realzar a la problemática del protagonista dentro del manejo de la trama misma. Sin ella, tal vez, resultaría difícil sostener al personaje principal. No obstante, me parece que, de acuerdo al sentido general de la novela, debió haber tenido alguna preponderancia, aunque sólo haya sido de orden erótico, por ejemplo. La indiferencia sexual de Wilt, induce a pensar en un ser misógeno, que reconozco como una cualidad moral negativa en el personaje, capaz de bastarse a sí mismo en el más amplio sentido de la palabra. Este hecho contribuye a que a ratos pierda verosimilitud la trama.  Todos los personajes son asexuados, salvo las mujeres, lo que resulta ciertamente dudoso.

 

Con todo, la novela es excelente y nos entrega una propuesta actual y permanente, que no dejará de estar presente en nuestro universo hasta que el hombre sea capaz de recobrar su verdadera identidad donde el racionalismo, no será precisamente el centro.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – año 2000

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