La montaña, cuento de Miguel de Loyola

montaña2El viejo Recaredo estaba sentado en la sucia silla de mimbre, refrescándose bajo la grata sombra  proyectada por la cornisa del corredor. Tenía el sombrero de paja enterrado en la cabeza, y  de su rostro sólo podíamos ver su boca. Su caballo blanco de ojos zarcos, se hallaba amarrado a un poste en espera del jinete. El animal agitaba nervioso sus amplios lomos  toda vez que se levantaba la más leve brisa de aire fresco en medio de esa tarde de intenso calor. Detrás del viejo se alzaba la montaña. Un triángulo verde y difuso que nos mantenía sumidos en suspenso toda vez que volvíamos nuestras pupilas hacia allá.

                       

Esa tarde salimos después de almorzar para reunirnos con su hijo, quien nos llevaría por fin a conocerla. Mientras lo esperábamos, el viejo no cesaba de hablar y contarnos extraordinarias aventuras acerca de la montaña. Se trataba de un bosque milenario, decía, donde todavía se conserva intacta su vegetación. Y así como la flora se halla en un estado casi virginal, algo parecido ocurre con la fauna, por cuanto él mismo se había tapado allí con animales salvajes. Nosotros estábamos muy entusiasmados con la excursión, y si bien sus insinuaciones lograban inquietarnos, también aumentaban aún más nuestro deseo de internarnos en aquel monte de una vez. No hacía mucho que habíamos llegado de la ciudad a dejar a nuestra abuela a casa de su hermana, donde pasaría el verano, y de paso terminamos quedándonos unos días nosotros también.

       

Estábamos impresionados con el lugar, sobre todo con la paz y el silencio reinante en esos parajes, donde se podía percibir hasta el más mínimo murmullo del aire. Al contrario de la ciudad, no se oía un sólo ruido desagradable en mil metros a la redonda. Todo parecía dormido y distante, hundido en un tiempo remoto, y nosotros  no dejábamos de sentirnos algo anacrónicos, en medio de ese mundo diametralmente distinto a la ciudad. Las casas de barro, marcaban una clara nota de tiempos pasados con sus enormes techumbres de tejas de greda doradas por el sol. La indumentaria y las herramientas de los hombres recordaban mucho más la Edad Media que la modernidad. Azadones, picotas, hachas, suelas, horquillas, hechonas, constituían lo medular. El entorno resultaba más bien seco, escaso de agua, y acaso lo único verde parecía ser la figura piramidal dibujaba sólo a ratos con cierta nitidez al fondo del horizonte.

       

Cuando su hijo llegó, el viejo Recaredo sonrió socarronamente con un repliegue de las comisuras de sus labios. Luego, se acomodó en la silla para proseguir tranquilo su siesta bajo la grata sombra regalada por una esquina de la cornisa del corredor. Apenas nos alejamos unos pasos, el viejo volvió a levantar la cabeza para decirnos otra vez que tuviéramos cuidado. Pero apenas llegó Gilberto -un muchachón de unos quince o dieciséis años, algo sobrado de peso porque a menudo andaba con la frente empapada de sudor- nos olvidamos de él y nos dispusimos de inmediato a partir, sin poner demasiada atención a sus últimas observaciones. Por lo demás, por el tono, supusimos  serían más o menos las mismas razones dadas por nuestros padres al momento de pedirles autorización para hacer la excursión.

           

Gilberto salió adelante, y las huellas de sus enormes ojotas fueron quedando impresas como un timbre de goma sobre el polvo rojizo del camino. Daniel llevaba colgando de su cinturón una vieja cantimplora encontrada en un rincón de la casa, la llevaba cerca del fabuloso puñal con cacha de hueso que tomara prestado de su padre, y al rozar ésta con la gruesa empuñadura, producía un extraño  chac-chac en medio del silencio reinante. Por mi parte, también iba premunido de un puñal y una buena chupalla para proteger la cabeza más de las telarañas en el interior de la montaña que de los letales rayos ultravioletas del sol. Esa tarde antes de partir nos sentíamos verdaderos exploradores, e incluso nuestra forma de caminar  marcaba ya un ritmo semejante al de los pasos de esos hombres fuertes y seguros que a menudo se ven en las películas de acción.         

      

Gilberto se fue adelante silbando algo parecido a un corrido mexicano, y sólo en contadas ocasiones volvía la cabeza hacia nosotros, quienes lo seguíamos casi al trote unos cuantos pasos más atrás. Encajada en su cuello llevaba una honda que de vez en cuando sacaba para lanzarle pedradas a los pájaros, estirando con increíble plasticidad el elástico hacia atrás, para luego soltarlo con maestría y atinar certeramente en el blanco. El tipo tenía una puntería fabulosa, y nos llevaba todo el camino con la boca abierta. Nunca habíamos visto a alguien semejante, a excepción de los pistoleros en las películas de cow-boy, capaces de meterle un balazo en la cabeza a una mosca. Acaso fue esa impresionante puntería de Gilberto una de las razones que nos llevó a confiar en él como  guía para nuestra excursión. Era de suponer que si en un lugar así se contaba con un buen tirador, las probabilidades de defenderse y, naturalmente, de defendernos, sería la mejor. Por eso apenas insinuara la idea de llevarnos, nosotros llegamos a saltar de gusto con la proposición. Además se trataba de un tipo que de seguro conocía el lugar, y con quien difícilmente nos podríamos perder. Ese era en un comienzo quizá nuestro mayor temor, acaso porque nos advirtieron mucho en esa posibilidad.

       

Cruzamos primero varias alambradas de púas que dividían los distintos terrenos colindantes al caserío, sin dejar de asombrarnos de la facilidad con que se podía  invadir los terrenos ajenos pasando por entre los alambres, sin que  un alma viviente apareciera a reclamar. El silencio y la soledad que cubría vastas extensiones de tierra, se tornaba a ratos un tanto desolador, y los tres caminantes cruzando en ese momento el páramo, parecíamos seres extraviados en medio de una pasmante desolación.

 

Luego, bajamos una angosta quebrada para volver a subir nuevamente por otra punta, hasta llegar a una extensa explanada, donde Gilberto derribó con suma maestría una perdiz que su ojo de águila descubrió en medio de la hierba y casi a ras de piso, donde nuestros pupilas sólo habrían descubierto la hierba, pero jamás habrían podido distinguir en medio la diminuta cabeza de una perdiz. La recogió con esa aparente calma existente  en todos sus movimientos, y la echó dentro del morral que llevaba amarrado a la cintura. 

 

Así, continuamos en línea recta por aquella senda hasta a los pies de la montaña. Allí hicimos el primer descanso. Daniel bebió un cuarto del agua de la cantimplora. Yo bebí sólo dos o tres sorbos, con la misma ansia y cautela con que viera beber alguna vez en el cine a los hombres perdidos en un desierto. Después, se la pasé a Gilberto y éste la rechazó de plano. Al rato lo vimos trepar a la alta copa de un árbol, y luego bajar con un puñado de frutos desconocidos que nos invitó sonriente a probar. Tomé uno y me lo llevé a la boca con cierta desconfianza. A decir verdad, hacía rato  venía notando algo extraño en su persona, especialmente en su manera de mirar. Sus ojos, aunque serenos, nos miraban desde muy adentro, al mismo tiempo que el rictus de su boca dibujaba una vaga línea de ironía toda vez que preguntábamos por algo. Esperé a que comiera primero aquel dudoso fruto de color verde antes de masticarlo. Luego lo vi escupir las pepas, y Daniel y yo hicimos lo mismo. Tenía un sabor agridulce y un tanto pegajoso al paladar.

       

 – No es malo, comentó Daniel.

       

 – Es rico, sentenció Gilberto.                                    

 

Después salió otra vez andando adelante y nosotros al trote tras él. Así  comenzamos el ascenso a través de un escarpado y sombrío sendero, emboscado por las ramas frondosas y gigantescas de árboles milenarios. Cuando estuvimos unos cuantos pasos montaña adentro, entonces comprendimos que dejábamos en ese momento el mundo exterior para internarnos en un mundo desconocido. El sol apenas penetraba la espesura del bosque con sus haces luminosos, manteniéndolo en una penumbra inquietante, en tanto un vago rumor parecía surgir desde el corazón mismo del monte. Se trataba de la primera vez que nos hallábamos en un sitio semejante. Un ligero temblor me sacudió el pecho, y todos mis sentidos se pusieron en alerta roja.  Daniel se llevó  la mano al puñal como para asegurarse que lo llevaba pegado a su cinto, insinuando que podría desenfundarlo con rapidez frente a cualquier eventualidad  de ahí en adelante.

       

Varios segundos estuvimos detenidos y en suspenso en medio del estrecho callejón amurallado por el follaje, sin decidirnos del todo a seguir avanzando. Sin embargo, al ver a Gilberto con sus pasos calmados, pero enormes pasos de hombre de campo allá muy adelante de nosotros abriéndose paso en medio de la tupida vegetación, nos apresuramos a seguir tras él. El muchacho se desplazaba a través de los arbustos con una facilidad asombrosa, induciéndonos a imitarlo, pensando que nos resultaría igual de fácil, pero  era imposible. Daniel y yo tropezábamos con torpeza a menudo, y aunque  nos parábamos a cada rato con increíble dignidad, el espectáculo  debe haber sido de una carencia de plasticidad decepcionante. Antes de partir, estábamos muy seguros de nuestra capacidad de hombres de aventura, y nos creíamos verdaderos exploradores con esos bototos gruesos y de caña alta. Sin embargo, esos primeros pasos por la montaña dejaron en clara evidencia que el asunto no era cuestión de bototos, sino de experiencia. Gilberto con los pies metidos en  gastadas ojotas de goma de neumático, no tenía la mayor dificultad para caminar por entre las ramas, e incluso parecía sobrevolarlas con facilidad alucinante.

 

De un momento a otro se nos adelantó otro largo trecho, sin que pudiéramos darle alcance, apenas divisarle la espesa melena negra entre las ramas tupidas y verdes de los árboles. Fue por allí cuando nos sorprendió de pronto la musculatura impresionante del primer quillay, con sus brazos redondos y su cuerpo de titán arraigado firmemente a la tierra por un grueso nudo de raíces sobresalientes, pero que sin duda se hundían hacia las profundidades de la tierra madre. Imaginé entonces la estampa del poderoso Caupolicán parado sobre la cumbre imponente de aquel árbol, y al mirar hacia arriba buscándolo, me sorprendí descubriendo centenares de copihues rojos encaramados en lo más alto de las ramas, buscando ansiosos la luz del sol. Entonces me pareció que desde el momento que comenzáramos a subir el monte, habíamos entrado también al corazón oculto de nuestra patria. Un grupo de caciques se hallaba reunido un poco más allá, bajo los quillayes, entre ellos estaba el valeroso Lautaro, Colo Colo, Lincoyan, Michimalongo… más allá  apareció un grupo de mujeres labrando trabajosamente la tierra y entre ellas distinguí el rostro inconfundible de la altiva Fresia…

 

Seguimos adelante. Gilberto, el campesino de las grandes zancadas, no se detenía un solo instante, sus enormes pisadas nos llevaban nerviosos porque no había caso que pudiéramos darle alcance, pese a que íbamos la mayor parte del trayecto corriendo y saltando en medio de la espesura del bosque para no perderlo de vista. Más adelante reconocimos la estatura y corpulencia incomparable de un roble milenario. Junto a él otro y otro… finalmente no dimos cuenta que cruzábamos un sector donde sólo había robles y más robles, y que una infinidad de plantas trepadoras, iguales o parecidas a las lianas en las películas de Tarzán, subían y bajaban sus altas cumbres, y que uno podía colgarse de ellas y saltar de un lado a otro. Allí nos detuvimos un largo rato, y mientras jugábamos como monos suspendidos de las lianas, oímos un ronco rugido proveniente de algún rincón oculto de la montaña. Por unos segundos nos quedamos paralizados allí, y ese segundo nos sirvió para darnos cuenta del rumor sin igual existente al interior del bosque. Se trataba de algo que podría identificarse con la idea de silencio, digo sólo con la idea, porque sin duda había ruidos, pero ruidos que uno no podía identificar con nada en particular. Aunque sí imaginar, y mucho, esos ruidos podrían ser el eco de los habitantes desconocidos del bosque, los que alertados por un vigía podían estar observando cautelosamente nuestros movimientos.

A pesar de la incertidumbre, el ambiente entero producía una cierta sensación de paz, acaso esa misma sensación que se siente en el interior de un templo sagrado.  Entonces vi la figura imponente de don Pedro de Valdivia irrumpiendo esa paz interior del bosque, montado sobre su enorme y musculoso alazán.. El ruido de sus armas de acero y el de su armadura de bruñido metal al entrechocar con las ramas de los árboles, debió producir un alboroto descomunal al interior del bosque. Las pisadas de su corpulento caballo quebrando  ramas y hojas, las oí hasta último momento, quizá hasta cuando lo vi después caer desplomado por un mazazo de un temible araucano parapetado en medio de la espesura del bosque.

       

Gilberto que hasta hace poco rato se encontraba también jugando con nosotros colgado de las lianas, dándonos una verdadera lección de maestría, de pronto, desapareció. Primero pensamos que se habría alejado sólo unos metros como lo venía haciendo durante el trayecto, pero como no apareciera luego, comenzamos a inquietarnos. Daniel lo llamó a viva voz allí en medio del bosque, y su grito la repitió calcado el eco por allá al otro lado de la montaña, Gilbertooo! Gilbertooooo! Gilbertooooooooooooooooooooooo!…

      

 Luego vino un silencio sordo y sepulcral, y sólo muy al rato después nos pareció oír su voz por allá arriba, cerca de la cima, y nos dispusimos en seguida a ir tras él. El ascenso de ahí en adelante se nos hizo cada vez más difícil, puesto que la vegetación era cada vez más exuberante y el monte a cada paso más escarpado y escabroso. Sin embargo, preocupados como íbamos de darle alcance a nuestro guía, pasábamos ahora por ella sin prestarle demasiada atención. Seguíamos lo que nos parecía sería su silbido, pero la mayor parte del tiempo desconfiados que fuera efectivamente de él. El rostro de Daniel ya no era el mismo rostro del joven aventurero de un par de horas atrás, sino más bien el de un niño preocupado, como supongo sería el mío también.  No sé por qué motivo ninguno de los dos atinó a devolverse, y seguimos obstinadamente subiendo a tientas el escarpado peñón. Quizá entre otras cosas, nos movía el orgullo y el deseo de demostrar a Gilberto que podíamos distinguir su enigmático silbido entre los muchos otros emitidos por los pájaros.

       

Continuamos así avanzando,  pasando por alto los nuevos árboles que ahora, envueltos en el manto de la incertidumbre y el temor, surgían como verdaderos espectros a nuestro alrededor. Cuando alcanzamos por fin la cima, por unos largos minutos volvimos a recuperar el aliento. Supongo que la pureza primitiva del aire nos purificó con su suave brisa los pulmones y refrescó nuestro espíritu, porque los dos volvimos por un momento largo a sorprendernos frente a la naturaleza, a la amplia panorámica que podía contemplarse desde allí con sólo abrir los ojos. Desde arriba el mundo de abajo resultaba insignificante, una miniatura donde era difícil reconocer los detalles que configuraban el espacio artificial incrustado en el mundo por el hombre. Permanecimos pegados a una esquina del monte, colindante a la franja azul del cielo que se abría desde allí hacia lo alto como un abanico en una gama infinita de tonalidades. Desde allí gritamos, nos reímos, desnudamos nuestros cuerpos frente a la cara del sol que asomaba amarillo y resplandeciente por el otro costado mirándonos, contemplando nuestra sorpresa y alegría de hallarnos en aquel sitio singular del planeta. Daniel destapó la cantimplora como quien descorcha una botella de champaña para brindar, y bebimos el agua como si fuera un elixir creado por los dioses para agradar a sus criaturas amadas. Sentíamos como el aire puro masajeaba nuestros pechos victoriosos de haber alcanzado esa tarde la mayor altura.

      

 Pasada la primera euforia de sabernos en la cúspide, nos acordamos de nuestro guía y volvió poco a poco a nosotros el clima de incertidumbre. Nos miramos el uno al otro ahora en forma extrañada, sin saber  por donde comenzar la búsqueda. Luego, dimos unas vueltas en redondo buscándolo, pero  sólo descubrimos que allí en la cima entraban con mayor abundancia y facilidad los rayos del sol. La espesura era más rala y uno podía distinguir con cierta claridad las figuras hasta unos diez metros de distancia. También comprendimos con horror que al girar en redondo  habíamos perdido el rastro  por donde minutos antes ascendiéramos a la alta cumbre. Intentamos hallarla, pero sólo lográbamos extraviarnos aún más en la profundidad del bosque. Nuestros pasos crujían sobre ese suelo tamizado de hojas en perpetua transmutación a través de los siglos. Los hilos de luz caían por entre los árboles sobre nosotros a ratos como verdaderas agujas. Daniel volvía de vez en cuando a gritar -¡Gilbertoooo!-  más para apagar aquel rumor profundo del bosque, que con la esperanza de recibir una respuesta al llamado. Solo el eco de su voz aún más desesperada obteníamos como respuesta: ¡Guilbertoooooooooooooooo! Luego venía el silencio otra vez a posarse con sus alas sobre nosotros. Resultaba ya demasiado evidente su abandono, y si bien podíamos preguntarnos en ese momento por qué lo había hecho, con ello no resolvíamos nada. Entonces poco a poco comenzamos a vivir, acaso por primera vez, una verdadera psicosis. Daniel se acordó de la posibilidad inminente de toparnos con un puma, y esa idea nos dejó lívidos a los dos por largo rato. Su fabuloso puñal con cacha de hueso en su cinto, en ese momento parecía sólo un juguete frente a la posibilidad de toparnos con el rey del monte. Entonces comenzamos a correr, a correr desesperadamente sin dirección ninguna, sólo hacia donde el azar nos llevara… 

           

Así fue como llegamos a una pequeña cascada oculta entre los matorrales. Alrededor del chorro de agua limpia que caía sobre las piedras produciendo el ruido inconfundible de los arroyos, la vegetación se tornaba todavía más exuberante. Las hojas de los panguis parecían quitasoles gigantescos, los helechos abundaban y era asombrosamente múltiple la diversidad de sus hojas. Fue también por allí donde oímos claramente un rugido formidable, y hasta donde nuestra aventura puede ser racionalmente contable. De ahí en adelante todo sería un correr y correr hasta el desfallecimiento…

 

Recuerdo que Daniel y yo desenfundamos nuestros puñales, y luego corrimos con ellos empuñados en nuestras manos. Una gigantesca culebra se cruzó de improviso en medio del camino a mirarnos con sus ojos maliciosos, y un grito de horror revolvió y agitó la profunda senectud de la montaña y sus habitantes. Más allá la cola de un zorro se deslizó entre los matorrales. La luz del sol empezó a declinar a una velocidad impresionante. Un extraño calor inundó mi cuerpo, y luego vino un frío glaciar tras la repentina caída del sol. Más tarde un viento tibio silbó revolviendo todas las hojas de los árboles. Daniel seguía corriendo con la hoja de acero resplandeciendo en su mano como un niño loco, sin darme tiempo para atinar a nada concreto. Estaba asustado, tremendamente asustado. Lo obvio era bajar, pero no sabíamos por dónde hacerlo sin peligro de caernos o perdernos en esa inmensidad… En esos momentos, aturdidos por el miedo y el desconcierto, no atinábamos a otra cosa que a maldecir a Gilberto, a quien imaginábamos escondido en alguna parte riéndose maliciosamente de nosotros.

           

Comenzamos a bajar por un lugar que nos pareció el mismo por donde subiéramos momentos antes. Sin embargo, al cabo de poco andar, nos dimos cuenta que por allí no podríamos hacerlo, la montaña estaba cortada a pique, y mirar desde allí hacia abajo producía un vértigo alucinante. Por ese costado no existía mucha vegetación, sólo un roquerío raleado por manchones de musgo por donde calculamos imposible bajar sin matarnos. Volvimos entonces hacia la cumbre en busca de otra alternativa. Llegamos a un sitio donde había muchos árboles en el suelo, como si hubiesen sido derribados al unísono por una fuerza superior. Estábamos muy agotados, Daniel llevaba el rostro sudado y sucio, y supongo que el mío era una melcocha parecida a la suya. El sol ya no brillaba en el cielo, apenas quedaba una hebra de luz flotante sobre la cumbre del monte. La noche estaba pronta a caer con su telaraña fuliginosa sobre nosotros, y todavía no lográbamos atinar con un sendero adecuado para bajar. A ratos me parecía muy estúpido eso de no poder bajar por cualquier parte. Pero la cosa definitivamente era así. Estábamos presos en la cumbre de aquel monte, como escaladores que llegan a la cima y sin embargo no pueden gozar de su triunfo. Bajar constituía una nueva aventura, un nuevo esfuerzo frente al cual no estábamos preparados. El miedo se había apoderado de nosotros, privándonos de toda fantasía. Ya no oíamos los tambores, ni las trutrucas, ni lo cantos de los mapuches, ni el crujir de los sables españoles. El monte estaba petrificado. Sólo podíamos pensar en la manera de bajar, de salir de allí.

 

Sin embargo, después de dar una serie de vueltas infructuosas por los alrededores, logramos atinar con un estrecho pasadizo abierto entre los árboles, muy similar al sendero por donde comenzáramos nuestra ascensión, que nos condujo casi de golpe otra vez a los pies de la montaña. Bajamos no sin darnos, por cierto, unos cuantos porrazos cerro abajo. Una vez en los pies de la montaña,  dimos una larga vuelta en redondo hasta dar con el camino de retorno.

 

montaña2El viejo Recaredo todavía estaba en su silla cuando llegamos. Levantó levemente una esquina del sombrero cuando nos vio para espiarnos con el rabillo del ojo. La sombra que proyectaba la cornisa se había corrido apenas un poco y el sol le daba ahora sobre las piernas. Gilberto apareció por detrás de la casa. Apenas lo vimos quisimos saltar encima suyo para insultarlo. Sin embargo, nuestro desconcierto fue total cuando dijo tranquilamente si queríamos subir o no con él esa tarde a la montaña.

Carrizal de Putú – Miguel de Loyola – 1981

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2 comentarios en “La montaña, cuento de Miguel de Loyola

  1. Miguel de Loyola nos hace recorrer la montaña, pero salimos jadeantes de este paseo que, al final se transforma màs bien en una prueba de resistencia fisica y sobre todo psicologica. En el bosque viven auténticas fuerzas misteriosas y nos dejamos hechizar por la atmosfera màgica tejida por el escritor.

  2. La primera vez lo leí apresurada y ahora me percato de que no lo disfruté.
    Ahora me he colado entre las sombras del bosque y el sol salpicó mi piel, un alazán saltó sobre un tronco dormido. Me he dejado llevar por esa fantástica descripción a una montaña intemporal.

    Fantástico, en todos los sentidos.

    Un abrazo, Miguel.

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