J.M. Coetzee, Infancia

“Lo han dejado sólo con todos los pensamientos. ¿Cómo los guardará todos en su cabeza, todos los libros, toda la gente, todas las historias? Y si él no los recuerda, ¿Quién lo hará?”  

Las preguntas las formula el protagonista hacia el final del libro, cuando se sabe a las puertas de la pubertad, cuando comienza a descubrir su ser existencial, cuando a través de la muerte y sepultación de la tía Annie, deja de ser un niño y la angustia del hombre lo lleva a preguntar sobre aquello que no hay respuestas concretas, seguras, definitivas como las había hasta hace poco en la infancia bajo el amparo de la madre.  La figura de la madre se exalta en este libro como en pocos: “su madre es como una roca, como una columna de piedra.” La expresión metafórica es también de John, alter ego del propio Coetzee, y donde se focaliza la voz narrativa.

El relato de Coetzee acota la infancia con una morosidad tal que permite la descripción de  sus procesos más íntimos, desde la ternura implícita en las primeras apreciaciones del mundo circundante, hasta los sentimientos de aversión y resentimiento propio del adolescente. John es testigo del fracaso de su padre y de la fuerza de la madre para salir adelante. Además permite al lector conocer parte importante de la realidad Sudafricana, país indudablemente enigmático para quienes vivimos al otro extremo del mundo, y apenas sabemos nada de su colonialismo y de las múltiples razas que confluyen y conviven en un mismo espacio.

¿Debería guardar en secreto su adhesión a Inglaterra? se pregunta John a propósito de su propia situación en medio de la sociedad sudafricana, donde la discriminación y segregación existente comienza a resultarle demasiado evidente, y de la cuál también es parte, debido a su algo dudosa ascendencia y pertenencia a la estructura social sudafricana. Las preguntas del protagonista son tal vez propias de la cultura inglesa, basada en una estructura de castas,  pero agravada su percepción por el roce con culturas diferentes. Allí conviven zulúes, khoisan, blancos, hindúes, malayos y negros. Siendo éstos últimos los más discriminados.

El gran problema del colonialismo inglés  está latente en este libro testimonio, si asumimos que se trata de las memorias del propio Coetzee, pero dada la perspectiva del narrador, la obra trasciende el plano y se proyecta más bien como obra de creación. Un colonialismo que no acepta la mezcla de razas y practica de ese modo la xenofobia, donde hay colegios para los ingleses y para los afrikáner, para los católicos, judíos, protestantes. John está en la media, no es ni lo uno ni lo otro, pero percibe claramente la situación, y por eso la denuncia soto voces. Habla inglés, es el primero de la clase, pero ni siquiera esto le basta para ser parte del círculo de los elegidos. En su regreso a Ciudad del Cabo,  no hay colegios para los de su clase. Todo está debidamente normado, como ocurre en la sociedad inglesa desde tiempos inmemoriales. Sociedades disciplinarias, llama Foucault a las sociedades del 1º mundo, en este caso incrustadas en civilizaciones más atrasadas.

No obstante el problema racial, Infancia es una novela de introspección, una novela que discurre acerca de la evolución de un niño observador, testigo, escritor, en definitiva, como lo será Coetzee. Este niño vive en Worcester, entre las vías del ferrocarril y la carretera nacional. En Poplar Avenue concretamente, muy cerca de Ciudad del Cabo, de donde ha venido su familia a trabajar, después de perder su padre el trabajo y a donde volverán más adelante, luego de abrir su padre un bufete de abogado y llenarse de deudas.  El fracaso del padre contrasta con el espíritu emprendedor de la madre, pero también el niño comprende que detrás del hombre fracasado está el ex soldado, sobreviviente de la Segunda Guerra “Desde el día en que su padre regresó de la guerra han luchado, en una segunda guerra en la que su padre no ha tenido  oportunidad de ganar porque nunca podría haber previsto lo despiadado, lo tenaz que iba a ser su enemigo (…)  Pero al mismo tiempo desearía no estar aquí, convertido en testigo de la vergüenza. ¡Injusto!, quiere gritar: ¡Solo soy un niño!”  Es decir, toma conciencia de las dificultades de la vida pero se resiste a ellas, como lo hace un adolescente.

Para terminar, veamos otra profunda reflexión referida a la figura de la madre, propia del adolescente, donde se trasluce su tremenda capacidad de raciocinio emergente, junto a la inseguridad que caracteriza el período: “Esta mujer no fue traída al mundo con el único propósito de amarlo y protegerlo y atender sus necesidades. Por el contrario, ella tenía una vida una vida antes de que él existiera, una vida en la que no tenía ninguna obligación de concederle el menor pensamiento. En un momento determinado de su vida ella lo dio a luz y decidió amarlo antes de que naciera; sin embargo decidió amarlo, y por lo tanto también podría decidir dejar de amarlo.”

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Diciembre de 2009

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Un comentario en “J.M. Coetzee, Infancia

  1. La première chose que l’on peut dire, c’est que l’image de la mère est acceptée comme ambiguë. A la fois l’abri, l’intimité d’un refuge d’amour que chante Victor Hugo (O l’amour d’une mère, amour que nul n’oublie !). Et à la fois le roc, « como una roca, como una columna de piedra », ce qui la laisse apparaître dressée en majesté, mais qui obture la précieuse part de féminité que toute mère cultive en elle. Est-ce à dire que la mère, en le mettant au monde, a oublié de le mettre au monde des autres ? Ou bien est-ce à dire que tout enfant, « cuando se sabe a las puertas de la pubertad », hésite à grandir pour demeurer encore un peu dans cet endroit qui s’appelle le neutre (en latin, ne uter, ni l’un ni l’autre) ? Sans doute un peu des deux. A moins que John, « testigo del fracaso de su padre y de la fuerza de la madre », ne parte vers la vie avec une alternative castratrice. Ou bien il gardera pour modèle son père dont il a vu l’échec, ou bien il se nourrira du modèle maternel que l’on pourrait qualifier de columnaire.
    La belle analyse que fait Miguel de Loyola fait parfaitement comprendre la difficulté universelle de devenir adulte. Mais elle souligne surtout comment la matrice d’un pays raciste et uniquement fondé sur la coupure, augmente encore la peur de choisir puisque choisir, c’est couper et c’est perdre, au risque de mourir. Comme s’il avait arrêté le temps, John est un survivant à l’état de chrysalide.
    Dans cette nouvelle de Coetzee, la punition du père de John, son échec, a sans doute été de contester cette loi ordinaire, mais cela prouve qu’il avait conscience de sa dignité d’homme. Au contraire, et comme dans beaucoup d’autres pays, il est probable que la mère a été capable de faire rempart de son corps pour sauver la maison. Quant à leur enfant, on ne s’étonne pas d’apprendre que « John está en la media, no es ni lo uno ni lo otro ». Car pour lui, choisir signifierait tuer symboliquement l’un ou l’autre de ses parents. Et pourtant, Miguel de Loyola insiste encore lorsque, dans les dernières lignes de son commentaire, il cite longuement Coetzee qui rend hommage à sa mère. Elle a été une vraie mère, parce qu’elle l’a désiré et rêvé avant de le concevoir puis de le mettre au monde. Mais il laisse Coetzee écrire: « por lo tanto también podría decidir dejar de amarlo ». Croyez-vous qu’elle pourrait? Je suis sûr du contraire parce que c’est elle qui soutient l’édifice familial. Si elle cessait de le perfuser de son amour, elle couperait son cordon ombilical et il perdrait l’ombre de sa colonne. John serait condamné à sortir de sa neutralité et il prendrait la route de l’échec.
    Miguel de Loyola insiste à bon droit sur la réalité sud-africaine, avec sa dichotomie noir-blanc si difficile à dépasser. Nous ne savons pas si John est noir, ou métis, mais nous ne devons pas nous étonner s’il choisit le support intime et flamboyant que représente l’Angleterre. L’Angleterre est symbolisée par sa majesté la reine. La reine-mère est la puissance tutélaire, la colonne absolue, elle est la reine de toutes les ruches et de toutes les fourmilières, dans lesquelles il faut accepter le colonialisme pour avoir le droit de travailler et de survivre jusqu’à ce que mort s’en suive. Cette comparaison n’a rien d’irrespectueux, puisque les Grecs avaient déjà inventé le métèque (méta oikos = à côté du foyer), celui qui faisait tous les travaux de la cité, mais qui ne pouvait pas voter car il était considéré comme un sous-homme.

    Jean-Claude Colombel

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