Cruzar la frontera, crónica de Miguel de Loyola

Todavía imaginaba la frontera como una línea marcada sobre la superficie de la tierra separando dos territorios. Una línea clara, indeleble, de color blanco como los rayados de un campo deportivo. Pero no hay tal, supe ese mediodía cuando cruzamos en un taxi de Arica hacia Tacna, de Chile al Perú. Sólo se podía ver  la bastedad del desierto, los arenales infinitos  como océanos dormidos color plomizo y ceniciento. Pero líneas claramente marcadas no había en ninguna parte, solo en mi imaginación, sólo en la imaginación de las personas y en los mapas existen tales cosas, pensé esa tarde, mientras el vehículo destartalado por los continuos viajes, subía con sus cuatro pasajeros por las colinas de la meseta desértica en dirección a Tacna.

El paisaje tampoco cambiaba en lo absoluto después de cruzar aquella línea imaginaria, interpuesta por los gobiernos de los países respectivos, el cielo seguía siendo el mismo cielo ariqueño, azul y límpido, despojado de nubes y abierto hacia la inmensidad de la bóveda celeste. ¿Dividirá el hombre alguna vez también los cielos? Me pregunté con la vista perdida en lontananza, dejándome arrastrar lentamente por la pereza propia del viajante, entregado a la pericia del chófer del automóvil, hábil conocedor del camino, de sus giros, puentes y baches. Después caí en la cuenta que las rutas aéreas las habían dividido desde el comienzo de la aviación. Se me vinieron a la mente las imágenes de los supersónicos, aquella antigua serial televisiva donde la ciudad flotaba en el espacio y habían demarcaciones para desplazarse tan exactas como a ras de piso. La razón instrumental termina por delimitarlo todo, incluidos los espacios siderales, concluía mientras el vehículo se acercaba al valle del Caplina. La Inquisición también le puso límites a las almas, pensé después, cuando el taxi ya entraba en la ciudad.   

La temperatura subió algunos grados cuando llegamos al corazón de la ciudad peruana. Podía notarse en la piel ennegrecida de sus habitantes el azote implacable de los rayos solares durante el día. Los edificios de la ciudad presentaban el aspecto de seres inmovilizados por el fuego amarillo del sol, y estaban allí inmutables alineados a lo largo de  típicas calles cuadradas, semejantes a las de cualquier pueblo americano trazado por los españoles durante la conquista y  la colonia. La clásica catedral en medio de la plaza, con su alto campanario encaramado hacia el cielo, resaltaba como el más importante.

La necesidad del  cambio de moneda, de pesos chilenos por soles peruanos,  comenzaba a ser el primer obstáculo, la primera barrera, la primera línea fronteriza visible y palpable entre ambos países. Pero tal vez la única real, concluía mientras permanecía absorto mirando el espectáculo ofrecido por las cambistas del terminal. Una línea de mujeres arropadas como en pleno invierno sureño, de edad avanzada, al menos en apariencia, se hallaban sentadas detrás de unas mesas cuadradas, rústicas y muy bajitas, donde los viajeros –si lo necesitaban- debían presentarse para cambiar su dinero por billetes peruanos. Su aspecto y la situación misma, contrastaba con la idea de cualquier casa de cambio existente en otro lugar del mundo. Parecían extraídas desde lo más profundo del imperio incaico para explicar ante los ojos del turista con su apariencia y trabajo, el significado de la palabra anacronía. Allí sí había una clara línea divisoria, pero entre una cultura y otra, la natural versus la artificial. Sólo imaginar qué podía pasar por sus mentes mientras recibían dinero extranjero y calculaban el cambio, podría dar tema para una novela, pensé sin dejar de mirarlas. Su habilidad para los números parecía asombrosa, no necesitaban calculadoras ni computadores para desarrollar el negocio del cambio de divisas.

Con un puñado de billetes peruanos en el bolsillo recorrí el centro de la ciudad, todavía buscando las líneas imaginarias que nos separaban desde tiempos inmemoriales. Las tiendas ofrecían los mismos productos que las tiendas existentes en Arica o en cualquier ciudad chilena. Las conversaciones con las vendedoras y vendedores tampoco marcaban esa línea separatista. Hablábamos la misma lengua, y resultaba muy fácil entenderse con cualquier persona. Compré un par de prendas de vestir, nada más por la curiosidad de comprar algo en Tacna, porque las prendas eran completamente iguales a las nuestras. Al momento de comer comprendí que por allí había un atisbo del verdadero deslinde existente entre ambos países. Los platos parecían más sofisticados, condimentados de una manera muy distinta a la nuestra, y las combinaciones de productos resultaban realmente sorprendentes. Aunque escarbando en el contenido de los platos, hallaba las mismas materias primas que en los nuestros, sólo que combinados de manera distinta.

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3 comentarios en “Cruzar la frontera, crónica de Miguel de Loyola

  1. En las escuelas y liceos durante los cursos de geografía, se aprende a trazar una raya bien visible entre los diferentes estados y a escribir sus nombres en cada territorio.
    Cuando era pequeña, esta raya me daba miedo. Imaginaba que bajo la mina de mi lápiz iba espachurrando cantidad de árboles, casas, animales y a aplastar a muchos hombres, como un dedo gigante en países liliputienses.
    Pero algunos quieren borrar estas “líneas claras, indelebles”. Sólo hay que ver los grupos que se levantan : Médicos sin fronteras, Bomberos sin fronteras, Mujeres sin fronteras, Veterinarios sin fronteras, Reporteros sin fronteras y tantos otros…es decir : Humanidad sin fronteras, hecha con “las mismas materias primas” que todos los seres humanos.
    Sin embargo en demasiados países las fronteras son como largos agujeros indignos surcando la carne de seres vivos. Todos recordamos este horror que fue el muro de Berlín. Familias separadas, personas con amor partido, tantos sufrimientos…
    Muchos hombres quieren dirigir el mundo, someter la naturaleza, hasta dividir el cielo como lo escribe Miguel de Loyola, para que los aviones se crucen sin problemas.
    Conozco una frontera particular entre España y Francia. Es una calle bordeada de tiendas y supermercados. Cuando uno se va calle abajo, el lado izquierdo es español. Basta con cruzar la calle -son unos cinco metros de anchura- para llegar a Francia. Pasar de una acera a otra es cambiar de país sin pasaporte, y cambiar de lengua.
    Claro, una diferencia de lengua es una especie de frontera. Pero qué grato es poder comunicar con otras personas, intercambiar “los platos” y ver hasta qué punto vamos todos “combinados de manera distinta” pero iguales y con el mismo corazón.
    Simone

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