Facundo, el tigre de los llanos.

Al leer el Facundo(1845) de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888),  se me vienen a la memoria las guerras interminables relatadas en el antiguo testamento, cuando los primeros pueblos bíblicos buscaban asentarse en algún lugar, y llegaban otros más bárbaros arrasándolos, destruyendo sus ejércitos y cabecillas, sucediéndose así la historia de la estructuración civil por siglos y siglos de sangre y muerte hasta la configuración del primer Estado. No hay dudas, por donde ha pasado el hombre, ha dejado muerte y destrucción, y entre los escombros, los maravillosos vestigios del intento sempiterno de civilización y dominio. Aunque, entendiendo por ésta, al decir de Hegel en su clásica dialéctica del amo y el esclavo, como la imposición del más fuerte sobre los más débiles. 

Domingo Faustino Sarmiento cuenta en este libro memorable, escrito durante su más larga estadía en Chile, y publicado en fascículos en el diario El Mercurio, una historia

–parcial- por supuesto, de su país, como toda historia, cargada de subjetividad. Cabe preguntarse si se puede hablar de objetividad a la hora de contar la historia del hombre sobre la tierra. No hay hechos: hay interpretaciones, es una de las frases más potentes  y desconcertantes planteadas por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, conocido también como el loco de Turín, porque en esa ciudad se desató finalmente la locura que lo mantuvo postrado durante diez años hasta su muerte, acaecida en 1900. Esta frase de Nietzsche, patentiza la ambigüedad oculta de la realidad, y cobra pleno sentido frente a los hechos relatados por Domingo Faustino Sarmiento, donde se aprecia también la clara intención de poner a otros de sus enemigos, el caudillo, y, posteriormente, dictador Juan Manuel Rosas, a la altura del suelo. La obra, por momentos, acusa las características de libelo acusatorio. No obstante, es un documento como pocos existentes en América. Da cuenta de los orígenes y cimientos de las ideas, y de las luchas implacables por esclarecerlas. Cabe preguntarse cuánto hemos avanzado durante estos dos siglos de independencia que hoy se cumplen,  si hay progreso, o seguimos viviendo en medio de la barbarie.    

En Facundo, el narrador-historiador  nos entrega el perfil pormenorizado de uno de los más grandes caudillos argentinos, hombres claves en la estructuración definitiva de  la República Argentina como Estado libre y soberano. Facundo Quiroga,  gaucho por excelencia, peleador, vengativo, asesino, ambicioso, avaro, dotado de una fuerza descomunal para imponerse y mantenerse vivo en medio de la barbarie existente al interior de la extensa pampa argentina. Perfilando los pasos y conquistas de Quiroga en la provincia, llamado también poéticamente como el tigre de los llanos por sus admiradores, Sarmiento va generando un contrapunto para cargar de manera implacable contra la figura de su enemigo político, el estanciero y caudillo de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel Rosas (Juan Manuel Ortiz de Rosas).

Tras el discurrir de Sarmiento por la vida de Facundo, el lector asiste a innumerables batallas, fusilamientos, degollamientos, carnicerías propias del mundo de la barbarie vividas al interior de las provincias, percibiendo así el espíritu y talante de estos guerreros invencibles de la pampa. Las enormes distancias existentes entre las distintas ciudades diseminadas en los territorios del río de la Plata, convertían esos espacios en tierras de nadie, donde sólo los gauchos baqueanos podían orientarse y dominarlas con el látigo y el cuchillo.

Facundo Quiroga, héroe del libro, oriundo de la Rioja, hijo de padre estanciero al igual que Juan Manuel Rosas, prefiere la libertad de la pampa para hacer sus correrías de joven rebelde y revolucionario, indomable como bestia salvaje. Aunque también lo veremos, cual hijo pródigo, regresar de vez en cuando a su casa materna a implorar el perdón del padre, después de haber dilapidado gran parte de su fortuna, para luego huir de nuevo a la inmensidad de la pampa, como un forajido cuya alma se la lleva el diablo. Esta rebeldía natural del joven Quiroga, será la materia prima del caudillo en que se convertirá más tarde, sumada a las circunstancias, al proceso histórico que vive su país y América y a su breve paso por el ejército. Por momentos, Sarmiento toma la debida distancia para recrear al caudillo, luego sobrevienen sus juicios lapidarios en contra de quien, entre otras cosas, ha sido la causa de su destierro a Chile después de la derrota de Chocón (1829). 

Domingo Faustino Sarmiento, a partir de los primeros capítulos plantea una tesis muy interesante respecto a la falta de necesidad de un Estado por parte de los estancieros argentinos, en tanto cuando la estancia puede bastarse a sí misma, al gozar de autonomía suficiente para negarse a la necesidad de crear la anhelada República. También arremete su crítica contra la potestad de Buenos Aires en desmedro de las provincias, y contra la ceguera del poder portuario.

El lector asociará al estanciero y su estancia con el señor feudal y su feudo. Esta situación producto de un problema territorial, pondrá las primeras trabas para la creación de un Estado soberano como agente regulador. De allí se puede entender mejor el federalismo existente en la República Argentina. El poder de los estancieros dice mucha relación al respecto. Y el surgimiento del caudillismo tiene su cuna también en esta misma causa. El caudillo termina convirtiéndose en el agente unificador en medio del aislamiento de los estancieros. Aunque claro, después de dominar por la fuerza las provincias, mediante la cultura clásica del terror, instaurada, a juicio de Sarmiento, por la Inquisición española en el medioevo, como recurso eficaz para el dominio y gobierno de la sociedad civil.

Llama mucho la atención las relaciones que hace Sarmiento con otras culturas, denotan el compendio de sus lecturas y una capacidad asombrosa de comparación. Ojalá en nuestros días hubiera intelectuales con un genio y un talento parecido al suyo. Hernán Millas, en su libro Una loca historia de Chile, cuenta que Víctor Domingo Silva contaba que a Pedro Aguirre Cerda lo obsesionaron en su infancia los relatos acerca del extraño morador de una vivienda existente frente a su casa en Pocuro, un pueblo enclavado en  las faldas de la cordillera de Los Andes. Se trataba nada menos que del argentino Domingo Faustino Sarmiento, “quien no vivía de la misericordia ni del favor ajeno, sino que compartía sus actividades entre un modesto almacén y clases particulares que daba en la trastienda, porque él era profesor, en primer término, y después sería presidente de la República.” Es decir, no perdía ocasión para la lectura y el saber.

El escritor Manuel Rojas cuenta que Sarmiento habría sido motivado por Manuel Montt a escribir el Facundo, a modo de responder a los insultos de sus enemigos. “Las ideas, señor, no tienen patria.”, lo alienta Montt a propósito de sus ideas políticas. En este mismo libro, Los costumbristas chilenos, el citado Manuel Rojas destaca la pluma de Sarmiento como una de las principales que dieron pie a esta corriente literaria propiamente americana conocida como costumbrista, y cuyos origen inicial habría sido la crónica. Y afirma: “Sarmiento no es lo que puede llamarse un artista de las letras: le faltó tiempo para ello, y, más que nada, le faltó el deseo de serlo. Su pasión son las ideas: el gobierno de los pueblos, el país, el suyo y el de Chile.”

La prueba de esta afirmación está en Facundo, donde indudablemente imperan las ideas por sobre la búsqueda poética, el intento de abordar una época y concretamente la personalidad del tigre de los llanos, en quien ve Sarmiento encarnadas las características de la barbarie.

Refiriéndose al gobierno de Rosas, Sarmiento apunta:

“En la República argentina no es un Consejo el que se ha apoderado así de la autoridad suprema: es un hombre, y un hombre bien indigno. Encargado temporalmente de las Relaciones Exteriores, depone, fusila, asesina a los gobernadores de las provincias que le hicieron el encargo. Revestido de la Suma del Poder Público en 1835 por sólo cinco años, en 1845 está revestido aún de aquel poder. 

En cuanto a la necesidad del estado, afirma:

“ La procreación espontánea forma y acrece indefinidamente la fortuna: la mano del hombre está por demás; su trabajo,  su inteligencia, su tiempo, no son necesarios para la conservación y aumento de los medios de vivir. Pero si nada de esto necesita para lo material de la vida, las fuerzas que economiza no puede emplearlas como el romano; fáltale la ciudad, el municipio, la asociación íntima, y, por tanto, fáltale la base de todo desarrollo social; no estando reunidos los estancieros, no tienen necesidades públicas que satisfacer; en una palabra no hay res pública.”

Es indudable que Sarmiento no es un historiador al estilo de Heródoto que viene a contarnos hechos, sino que se trata de un pensador que viene a interpretarlos, y a ser parte de ellos. La mejor prueba está en que finalmente llega a la presidencia de la República Argentina en 1868, haciendo los mayores esfuerzos en la instrucción pública, y la distensión entre las provincias.

 Miguel de Loyola – Santiago de Chile – dicembre de 2009

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