Mes de la patria. Media luna, cuento de Miguel de Loyola

Durante días previos al rodeo, la dupla Fernández se deja ver más a menudo por la calle principal. Luciendo sus flamantes trajes, pasan a media mañana por San Clemente y se detienen un rato a conversar frente a la iglesia con quienes interceptan su paseo. A veces lucen casaquilla blanca, otras la llevan negra. Sombrero oscuro o bien color tabaco, depende un poco del tiempo y de la vestimenta. Sobre el hombro derecho luce cuidadosamente doblada la manta de puro hilo de seda, y en una de sus manos destaca la fusta de cuero. Las botas son siempre negras y las espuelas, cuando las llevan puestas, tienen una enorme rodaja de plata. La gente los mira, los saluda, ellos hacen una venia girando apenas un tercio la cabeza con un leve tintinear de espuelas. Se trata de la collera más famosa de la zona, y aquel año la competencia promete. Viene una collera de Rancagua a disputarles la cabecera.

Así llega por fin la fiesta del rodeo y se apagan las nostalgias acumuladas durante el frío invierno. Los preparativos continúan con la evidente llegada de más harina a San Clemente proveniente de los viejos molinos de Talca, untando de blanco la vereda al momento de la descarga.  El olor a pan caliente y fresco de la panadería Domínguez, lo esparce suavemente el viento hacia las casas colindantes. También se estacionan más a menudo los camiones cargados con jabas de bebidas embotelladas frente a la distribuidora de los Franz, y ese monótono rozar de botellas vivas en sus jaulas mantiene siempre sonoro aquel costado de la cuadra. Las dos carnicerías existentes ya están abarrotadas de carne resumando sangre por los espaldares, y las apetitosas longanizas de cerdo se amontonan como culebras largas en estado de reposo sobre la zaranda. El ambiente huele a fiesta de la mañana a la tarde, y la gente comienza a circular más a menudo por Alejandro Cruz, buscando toparse con los Fernández en alguna parte.

En el emporio de los Navas se habla mucho ese año de las nuevas colleras, y del valor millonario de aperos y caballos. Pero el pueblo mantiene siempre su confianza puesta en los Fernández, los jinetes más hábiles producidos en estas tierras de la remolacha, del azúcar en buenas cuentas. Los Fernández son un fenómeno en la zona y representan el ideal masculino de la comarca completa, de mar a cordillera. Saben poner el freno, dar la correspondiente espoleada, apretar los ijares de sus bestias en el momento justo para la atajada. Adosan sus cuerpos a la montura como si fueran parte del mismo animal, y el sombrero apenas se ladea en su cabeza en medio del galope cruzado y a toda rienda. Son dos tipos gallardos, de estatura y  complexión recia, visten siempre de huaso y llevan a veces hasta polainas puestas. Aunque sus ropas de paño legítimo, y la aureola de sus perfumes genuinos, imponen la correspondiente distancia. La casaquilla blanca a la cintura, las espuelas tintineado con su ruedecilla de plata, los pantalones a rayas hasta el tacón firme de las botas negras relucientes, y sus rostros donde  descansa la placidez probable de sus existencias.

Son primos, dicen, no hermanos, aunque hay quienes sostienen que son hijos del mismo padre, cuya semilla, claro, el viejo semental Fernández supo poner en dos vientres, como sucede usualmente con algunos hombres importantes. Aquí en el pueblo hay otro quien tiene sus dos mujeres a vista y paciencia de la gente. Las casas de ambas están cerca de la plaza, casi una enfrente de la otra, y hasta es posible verlo salir por la noche de una, donde se presume ha tomado su cena,  para entrar luego en la vecina por el postre. Aunque los domingos el tipo grande y siempre vestido con los atuendos propios del huaso, con el sombrero y casaquilla a la cintura, se deja ver en la iglesia rezando durante la misa con cara de santo, sentado junto a sus hijos y legítima esposa, entregando una  suculenta suma al monaguillo a la hora de las ofrendas.

El pequeño mercado mantiene abierto sus puestos. Y los puesteros revuelven los productos hasta lo impensable para cazar a los paseantes durante los días del rodeo, desde atuendos huasos hasta cajas de té Supremo se puede hallar en un mismo canasto. Cortaplumas, por supuesto, estas son infaltables, no hay quien no lleve alguna enfundada en una pequeña cartuchera pegada al cinto. Hay de distintos tamaños, por cierto, formas y calidades, algunas hojas son de acero legitimo, suizo, dicen, y otras sencillamente de lata oxidable al primer contacto con la humedad. Cinturones, chocolates  y caramelos Calaf, galletas sueltas y envasadas, las infaltables sustancias de colores llamativos, amarillas, rosadas, celestes, engullidas por los niños con artificiosa solemnidad. Ramos de  copihues naturales y artificiales. La muchedumbre avanza hipnotizada por los estrechos pasillos las más de las veces sin comprar nada, dando un paseo de reconocimiento, preparando el deseo, la codicia infaltable por adquirir algo en concreto, algo que proporcione la suficiente felicidad de poseerlo, de retenerlo para sí y para siempre como recuerdo de la fiesta. Hay relojes fabulosos, hay bombillas para el mate, hay calabazas también, por supuesto, tampoco esas faltan, hay pequeños yugos, sombreritos en miniatura, los grandes son realmente para el pueblo inalcanzables, lo mismo que los cinturones blancos de cuero curtido. Hay espuelas de plata, sí, claro, hay espuelas de hierro corriente también, pero no le gustan a nadie. La gente pasa, circula lentamente, es un ir y venir con similar codicia en la mirada, simulada como  la de  los vendedores tras esos bigotitos bien recortados, donde se acomoda la indiferencia teatral, o la sonrisita inocente.

El día de la inauguración la Media Luna está preparada, han barrido y rastrillado la tierra, desgranando sus terrones más densos, revisado las graderías,  instalado el escenario para las cantoras. Ya se oyen guitarreos, y ensayos previos, el palmoteo de  una pandereta, taconazos dados sobre las duras tablas de eucaliptos por algunos huasos engrifados como gallos picados antes de comenzar la pelea. Se oye el diáfano punteo del arpa, sus claras notas musicales se clavan en el alma de los niños mientras juegan en la soledad de sus patios esperando la apertura del espectáculo. Nos vamos al rodeo se oye decir por todas partes. El pueblo comienza a quedar desierto, vacía las calles y sus casas.  La gente desfila hacia las afueras hipnotizada por el acontecimiento.

En la Media Luna se amontonan para ver el inicio del rodeo, hasta los perros circulan  por entre las patas de las graderías contagiados con la misma ansiedad y expectación de sus amos instalados más arriba. Nadie quiere perderse la presentación de las colleras, y por supuesto la primera tanda y el zapateo de la cueca. Ver por fin en el ruedo los caballos pura sangre, de pelaje sedoso, musculatura y movimientos perfectos, es como ver el cuerpo de los dioses clásicos en la tierra. Sus cascos negros azabache, sus colas  vibrantes, sus pechos fornidos y enhiestos de gladiadores, sus ijares y ancas esculpidas con manos maestras.  Y el movimiento elegante, y las pisadas de animal inteligente, y el trote y la carrera en el momento justo para frenar el arranque desaforado del novillo sin ninguna conciencia de su situación en el ruedo.

Allá van los Fernández en la primera atajada, espoleando y soltando rienda, dejando arrancar al novillo para frenar en un punto exacto su carrera de animal de poca inteligencia. Allí se invierten los valores del circo romano, ahora son los nobles los protagonistas, quienes con sofisticados aperos y caballos de la más rancia procedencia están dando clases de valentía y destreza. Se mueven con elegancia, lucen las mantas bordadas de seda, los sombreros de paño de oveja, pero a la hora del remate son bravos guerreros y arrancan los aplausos y vítores rabiosos del rodeo.  Otra escapada, el galope corto y premeditado del caballo que entiende a las claras lo que está haciendo con la bestia, y viene la atajada justo en el blanco perfecto. Rechinan los sonidos de las espuelas, el ruido de los tacos de suela, la gente se mueve en las graderías y los postes de las gradas tiemblan. Ya vendrán las cantoras  y las cuecas durante el intermedio, y el zapateo incansable de la concurrencia.

Corre el vino por las graderías, el borgoña y la mistela saltan de los canastos como aves sueltas. La gente baila a diestra y siniestra, mientras en el escenario una pareja de bailarines expertos aviva la cueca. El huaso se encrespa como un gallo en el gallinero cuando comienzan, la mujer se le arranca apenas la suelta, y él la persigue con un cepillado de botas y tintineo de espuelas, buscando condescendencia. Una vuelta y saltan chispas del metal noble de las espuelas, mientras intenta acorralarla ahora al centro de la pista. Agita el pañuelo como un lazo buscando atraparla y no deja de mirarla a los  ojos como animal hambriento que de un  zarpazo puede comerse la presa entera. Las palmas del público inyectan la euforia de la pareja, allá va otra vez el huaso cepillando detrás de ella, ahora de punta y taco zapatea hasta remecer la estructura más granítica del planeta. Vibra el acero de los músculos de las piernas, restañan los latigazos del pañuelo como relámpagos en medio de la tormenta eléctrica, hasta el remezón final en que la bailarina es la reina, y el huaso arrodillado le hace la última reverencia.

El día final del rodeo los Fernández estaban arriba de la tabla ya por varios puntos sobre la collera rancagüina, y todo el mundo en las tribunas celebraba la victoria con gritos y arengas. Pero en la última corrida, preparada más que nada para el floreo de la collera,  porque como se ha dicho ya tenían bien ganada la competencia,  tuvo lugar el accidente. José Miguel Fernández cayó de la montura de manera imprevista mientras acorralaba a galope cruzado a una bestia del criadero Santa Clara. Se fue, como se dice, literalmente de cabeza a tierra, expulsado de la montura por alguna fuerza siniestra, por un designio del infierno. Su propio caballo no alcanzó a frenar y le pisó las costillas y el cráneo con sus cascos herrados de puro acero.

Cuando lo vieron caer al suelo, todo el mundo en las graderías se puso de pie dando gritos de histeria. Salieron varios hombres a caballo para proteger el cuerpo de Fernández de las patas del novillo que quedó dando vueltas suelto por el ruedo, y la sirena de la ambulancia comenzó a oírse a lo lejos hasta que entró al centro de la Media Luna como un viejo animal aullando su tristeza. Nadie se movió de su sitio mientras recogieron el cuerpo pisoteado de José Miguel Fernández.  Después se suspendió la fiesta de clausura prevista, la gente se dispersó y finalmente se retiró a su casa envuelta por el silencio funerario que invadió la atmósfera del pueblo.  La calle Huamachuco parecía un desierto a las cinco de la tarde, no ladraban ya ni los perros.

Los pisotones, o el mismo golpe seco a tierra provocaron un TEC  cerrado que dejaría postrado en silla de ruedas a Fernández. Y aquel hombre gallardo de figura y talante, admirado como un pequeño dios montado sobre su alazán, pasaría a causar el más profundo sentimiento de piedad al interior del  pueblo.  Su hermano José Manuel, retomaría con los años el rodeo, pero sin lograr una collera semejante.

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