Terremoto en Chile, febrero del 2010

El sábado 27 de febrero será una fecha imborrable para los chilenos. Gran parte del territorio nacional fue devastado por un violento terremoto, grado 8.8 en la escala de Richter. Seguidamente, algunas regiones costeras fueron arrasadas por un maremoto, cuando muchos se encontraban todavía veraneando en esas localidades aledañas al paradojal océano Pacífico. La situación se tornó dantesca en ciudades y pueblos por donde pasó esta ola de destrucción y muerte. Paralelamente, cayeron las redes de comunicación, la electricidad, el suministro de agua potable, los servicios de emergencias. El país quedó incomunicado, se derrumbaron puentes, se cortaron carreteras. La modernidad se vino abajo, mostrando sus grandes debilidades, como sus instalaciones de cartón piedra, muchas levantadas sobre la base del compadrazgo con la autoridad y esa ansia de enriquecimiento que todo lo pervierte.

El caos físico, originó posteriormente un caos social impensable, de graves consecuencias para la convivencia, dejando al descubierto las grietas en materia de derechos y obligaciones de los ciudadanos. Hordas de antisociales salieron a las calles a terminar de arrasar las ciudades devastadas, amparados tal vez por la falta del principio de autoridad existente en el país. Un contrasentido, por cierto, que enluta doblemente a la nación. Habrá que luchar y trabajar mucho para reponer las pérdidas materiales de la catástrofe, pero más trabajo costará todavía reponer los principios básicos de disciplina y moral al interior de nuestra sociedad.  

¿Es posible que en medio del caos surjan grupos vandálicos indolentes al dolor y desamparo de sus semejantes? ¿Es posible que en medio de la destrucción aparezca la rata humana con intenciones de sacar provecho para sí? Es posible, en cualquier sociedad es perfectamente posible. Esto que ha ocurrido en Chile, sucede en cualquier parte del mundo cuando no existe seguridad social, principio del orden y respeto a nuestros semejantes. La rata humana libre hace su obra en medio de la destrucción, cuando nadie puede interponerse en su camino para detener su avance, como fue el caso de Concepción, Talca, Constitución. Una vergüenza para un pueblo que suele vanagloriarse de su Estado de Derecho. La barbarie ha triunfado en las calles en los momentos más dolorosos, causando un dolor moral de profundas consecuencias. Pero también ha ocurrido otras veces en medio del desastre, bastaría leer las crónicas de Joaquín Edwards Bello referidas al terremoto de 1906 para tomar conocimiento de estas fuerzas irracionales que surgen en medio de las tinieblas.

Qué hacer ahora, es la pregunta que debe cruzar las mentes de los gobernantes. Cómo enfrentar este grave problema social. Cómo imponer el orden en un país sin que se hable de represión, sin que se acuse a quienes gobiernan de reprimir a las masas mediante el uso de la fuerza pública. El concepto está muy manoseado, por cierto. Se ha abusado de él durante  décadas, y ya no resiste un día más. Confunde los principios, dejando estos vacíos de autoridad con las consecuencias que hemos visto. Alguien tendrá que ponerle el cascabel al gato. Y esa será otra larga travesía por el escarpado sendero de los acuerdos ideológicos.

Chile necesita levantarse, volver a ponerse de pie, como tantas veces lo ha hecho a lo largo de su historia. Afortunadamente, para ese proyecto, para eso sueño, todos los chilenos estamos dispuestos.

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Un comentario en “Terremoto en Chile, febrero del 2010

  1. Esta horrorosa catástrofe puede ocurrir en cualquier sitio de nuetra tierra. Y no hay ningún estado en el mundo que pueda aspirar a estar al abrigo de este seísmo revelador de la naturaleza humana.
    Pero todos sabemos que en los peores momentos se lavanta las buenas voluntades, y a pesar de que algunos sólo sepan mostrar su parte de sombra, habrá otros que se echarán en las reconstrucciones, tanto materiales como morales, como para desafiar la adversidad y mostrar que el hombre sabe sacar partido de lo mejor que lleva en él.
    Sinceramente comparto sus dolores.

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