El secreto de sus ojos, cine.

El secreto de sus ojos del cineasta Juan José Campanella, tal vez sea la mejor película no sólo del cine argentino de los últimos tiempos, sino del mundo hispano hablante. Las razones son múltiples. En la composición, el cineasta desarrolla los pasos claves de la tragedia griega, hasta lograr la epifanía. Se trata de una obra cinematográfica donde ninguna escena pierde la tensión de trama artística, capaz de mantener atento al espectador hasta un final propicio para la anhelada catarsis. El magnífico final de la cinta, está enmarcado con esa misma sutileza que ha venido desarrollando en su decurso, donde lo no dicho, donde el silencio, dice a veces más que las palabras. El lenguaje gestual de los actores impresiona por lo convincente. Y el lenguaje oral impresiona también por el trasfondo cultural al cual remite. Hay aquí un acierto tras otro, y pone en evidencia el desarrollo cultural del pueblo argentino para conectar cada una de las claves y guiños a los que hace referencia. Técnicamente resulta perfecta. Sonido e imagen, luz y color son manejados con maestría. El uso continuo del primer plano, tal vez ayude a esa impresionante intimidad con el espectador que consigue minuto a minuto la cinta.

Pero avancemos un poco en el tejido temático, lo cual es sin duda lo mejor de la película. Si bien la trama se articula a partir de un argumento policial, tras la búsqueda del violador y asesino de una joven, el desarrollo de los acontecimientos, se alejará poco a poco de la película policial propiamente tal, toda vez que hechos y situaciones vividas por los personajes  adquieran el carácter de denuncia, social, judicial, política, sentimental, amorosa, transformándose poco a poco en una alegoría perfecta de la vida, capaz de transmitir no sólo dichas denuncias, sino también de indagar y develar sus causas más profundas. La falta de justicia, la falta de moralidad, la corrupción y la prevaricación al interior de los sistemas judiciales, la represión de los sentimientos amorosos por cuestiones de índole social, los eternos problemas políticos de Argentina, manifestados en un populismo peronista no exento de corrupción. Todo eso en contraposición con los valores permanentes, platónicos, claramente expuestos a través de la moral de los personajes, como el concepto de amistad y lealtad simbolizado en Sandoval y en el mismo Benjamín Espósito. El amor como sentimiento capaz de permanecer en el tiempo, de cruzar la juventud y sobrevivir todavía cualquier embate posible, como ocurre con el sentimiento que atraviesa el alma de los protagonistas. Esa búsqueda de la verdad para combatir la impunidad, reflejada en el ex policía y el esposo de la víctima. La cinta consigue proyectar así la realidad social completa no sólo de un país en particular, sino del mundo. Cumpliendo con aquella máxima que dice recrea  tu pueblo y serás universal. La universalidad de El secreto de sus ojos no puede ser más evidente. La prueba ahora resulta contundente, ha cruzado las fronteras en medio de un éxito rotundo.

Siguiendo con el manejo del artificio, hay también aquí un juego, una mezcla de géneros, una novela en la novela, o cine dentro del cine. El espectador está leyendo la novela escrita por Espósito, pero también está enfrentado al presente, a la relación del escritor con la jueza en tanto confidente de su novela recientemente escrita. La figura, el artificio, desde luego, no es ninguna novedad, suelen usarla a menudo cineastas y novelistas para dar mayor verosimilitud a su creación.  Lo interesante es cómo se resuelve el nudo que va generando, y aquí es tal vez donde se diferencia una gran película de otra de menor valor. Cuando el artista es capaz de transmitir a través del artificio todos esos valores ya destacados en la cinta. El arte es artificio, no olvidemos. Todo ha sido o deber ser debidamente pensado por el artista, la obra se define por el artista y el artista por la obra, al decir de Heidegger. Se trata de un objeto creado para causar un efecto. Y vaya si no causa efectos El secreto de sus ojos. La obra conmueve al espectador de principio a fin.

Sorprende la genialidad de los personajes, su manera de hablar y discurrir cada uno en su tipo, en su espacio, en su orden social y cultural. Desde luego, sorprende también el manejo de las distintas esferas sociales a través del perfil de los personajes. Como cada cual es capaz de mantenerse en su sitio, sin violentar las barreras que ponen en evidencia la cultura o incultura de los pueblos. Se nota aquí la clara influencia de la cultura inglesa en la sociedad argentina descrita, ya por ese humor fino, por la ironía implícita en todo acto comunicativo, como también por la distancia impuesta socialmente entre unos y otros, sin el resentimiento propio de la barbarie. Vemos las jerarquías existentes al interior del palacio de justicia, conviviendo en la armonía correspondiente a las sociedades sofisticadas, a las sociedades reguladas, al decir de Foucault. El tono irónico y sardónico de las denuncias, del sinnúmero de denuncias que a cada momento genera y emite, es un verdadero lujo en estos tiempos donde la chabacanería se ha apoderado de las artes, confundiendo al espectador, adormilándolo o atontándolo  con mediocridades de carácter masivo, donde abunda el sexismo y los garabatos sin sentido.

 

El secreto de sus ojos consigue capturar el interés de todo espectador, porque la cinta  resulta en todo momento convincente y verosímil. Dos características fundamentales del arte narrativo. Y a pesar de los estereotipos, o mejor dicho gracias a los estereotipos  claramente definidos, entrega una profunda visión del hombre actual y de las sociedades que construye, destacando la nobleza sin igual de algunos y la miseria de las almas ruines.

No puedo cerrar este comentario sin dedicar unas palabras a los actores. Sin duda, son ellos quienes también a través de una interpretación impecable, han hecho posible la transfiguración de los sueños del cineasta.

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