Estado de catástrofe.

Las consecuencias psicológicas del cataclismo vivido en Chile la madrugada del 27 de febrero comienzan a manifestarse. Mal genio, sueños rotos, desvelos, ataques de pánico, miedo, depresión, son algunas de los síntomas más inmediatos en la salud mental de la población. No es para menos. La situación es equivalente a un bombardeo despiadado de fuerzas enemigas, racionalmente preparadas para destruir y demoler al enemigo. Muertos, cientos de casas en el suelo, edificios despedazados, escombros en calles y carreteras, puentes cortados, problemas de comunicación, falta de suministros, agua, gas, electricidad.

El impacto del te-rre-mo-to todavía remece las conciencias con esos ocho coma ocho grados de violencia registrados en la escala de Ritcher. Sin añadir las réplicas incesantes de los días posteriores, las cuales mantienen en constante estado de alerta a los habitantes de las zonas más afectadas. La gente, sin poder descansar, sin poder salir del problema, resiste todavía los embates del desastre. Y esas aguas del océano Pacífico violentadas por el maremoto ahogan todavía los pensamientos más animosos de los sobrevivientes. ¿Cómo recuperar la confianza, cómo volver a la normalidad?

Para quienes han vivido la destrucción total o parcial de sus viviendas, la recuperación material tardará meses en llegar, y para quienes han sufrido la pérdida de un ser querido, el consuelo puede tardar la vida entera. Son los efectos de un desastre impredecible, artero, satánico se habría dicho en la Edad Media. Pero estamos en pleno siglo XXI, todavía un paso más delante de la modernidad, y las consecuencias del cataclismo no tienen explicación, y tampoco remedio. Estamos igual que en esa época de oscurantismo total, cuando el hombre lo esperaba y lo explicaba todo con argumentos del más allá. Porque hasta los más sofisticados sistemas de comunicación creados por la modernidad, fracasaron completamente la noche del 27 de febrero en Chile, dejando a la población afectada bajo la más completa incomunicación, sobreviviendo en medio del horror, en medio de la incertidumbre, en medio del caos y del pánico colectivo provocado por la irrupción sorpresiva de fuerzas inexplicables. Las consecuencias podrían haber sido todavía peores, apuntan los optimistas. Esos 8.8° podrían haber destruido mucho más. Una ciudad completa, pero Chile se mantuvo en pie, heroico como siempre frente a todas las batallas. El movimiento telúrico tuvo que ceder frente al coraje de un pueblo que sale a los campos de Marte dispuesto a entregar la vida a cambio de su dignidad. Nuestra bandera se mantuvo en alto, pero en el futuro habrá que tomar medidas preventivas, alguien tiene que permanecer vigilante para dar la voz de alarma, como esos antiguos faros ubicados al borde de los acantilados para preveer los naufragios de las grandes naves, y en cuyo interior velaba un guardia capaz de mantener la luz encendida del fanal.

¿Qué hacer? ¿Por donde comenzar? ¿Cómo defendernos de los llamados fenómenos naturales que remecen nuestros territorios con fuerzas descomunales, y, posteriormente, para colmo, asolan nuestras costas? Los especialistas exponen y explican la posición de las placas en el globo terráqueo, calculan hasta la fuerza de liberación de energía, las probabilidades a futuro y etcétera, etcétera. Pero, ¿qué debe hacer el hombre común y corriente en concreto para salvaguardar su casa y su familia, o bien, cómo se las arregla para seguir viviendo cuando la casa se derrumba?

Recorrer la costa del Maule produce un escalofrío que hiela el alma. Nada habría podido impedir el desastre. La fuerza de la naturaleza termina siendo superior a la del hombre. Primero el terremoto, y luego las aguas del océano Pacífico darían el tiro de gracia a tantos hogares. Tal vez sea el coraje humano el culpable. Tal vez sea la necesidad del hombre de levantar una casa allí donde no corresponde hacerlo. Tal vez el mar sea un traidor imperdonable.

Chile necesita un plan de emergencia claro y definitivo para enfrentar esta clase de cataclismos. No es el primero, ni será el último. Vivimos expuestos a los movimientos inesperados de la tierra, vivimos con las puertas abiertas al océano Pacífico. Baste recordar terremotos anteriores para corroborar que los daños siguen siendo más o menos los mismos.

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