¿Qué se espera de un presidente?

¿Qué se espera de un presidente? Por cierto,  lo primero, la solución de los problemas. No de los problemas personales, pero sí de los colectivos. En nuestro caso, para los santiaguinos, el gran problema ha sido el desempleo, la educación y la locomoción. Hay otros, sin duda, pero esos son los más urgentes, los imperdonables, los cuales, en definitiva, han conseguido sacar a la concertación del poder.

 

El problema del desempleo en los últimos años ha sido aterrador. Y no se explica cómo una coalición política de izquierda puede haber descuidado la sensibilidad sobre este asunto social. Se trata de un hecho real. No hay familia chilena que no haya vivido el drama de la cesantía durante los últimos años. Un drama que en muchos casos, ha terminado por destruir la familia. Sobre todo cuando la cesantía se prolonga por años, como ha sido el caso concreto de muchos trabajadores y profesionales, a quienes el sistema nunca les ha permitido volver a integrarse otra vez a su labor de manera normal. Esta falta permanente de empleo, ha sido una consecuencia de malas políticas de Estado. Toda vez que se ha favorecido a la macro empresa, ha sido en desmedro de la microempresa. La cual, paradojalmente, siempre aporta más puestos de trabajo que una empresa grande. 

 

Cabe preguntarse si esta falta de sensibilidad del oficialismo se deba a la distancia vivida durante veinte años con el mundo laboral real. Porque entorno a la cúpula del poder nunca hubo tal cesantía. Es decir, ningún conocido estuvo cesante, y si lo estuvo en algún momento, gracias a sus vinculaciones con el círculo de poder, le sobraron luego las ofertas de trabajo. Además, cabe recordar que dicho círculo ubicó y reubicó cuantas veces quiso a sus funcionarios, a vista y paciencia de los chilenos, y,  naturalmente, de los cesantes (quienes veían con estupor la facilidad para conseguir empleo de esos poderosos otros). Cuando los gobiernos no afinan el oído, cuando pierden la distancia con la realidad, ocurre la negación del problema. Como parece ser el caso. Es un gran peligro que las empresas del Estado tengan la capacidad de proveer empleo a un número ilimitado de amigos de las cúpulas  gobernantes, porque de esa manera se enajena también al gobierno de la realidad. Y el Estado se transforma en una empresa de y para los gobernantes y sus seguidores, y no para una nación, donde la diversidad es su característica fundamental.

 

 

Mucho se ha criticado durante estos últimos años el problema de la educación, pero nada se ha hecho por mejorarla. Y no por falta de recursos, el Estado chileno ha invertido a manos llenas, sino por falta de una estrategia clara al respecto, capaz de remover las bases anquilosadas que la sustentan, partiendo por sus funcionarios, los llamados tecnócratas de la educación, quienes desde oscuras oficinas planifican el destino de alumnos y profesores, si haber dado jamás una clase. Se critica la privatización de la educación, pero nadie se arriesga a crear leyes que al menos la fiscalicen debidamente, a sabiendas que ha sido el negocio redondo de los últimos tiempos en el país. Basta ver cómo florecen y se diseminan por el territorio nacional las universidades privadas. El sistema ha pecado de prevaricación. Poderosos funcionarios estatales asumen rectorías o cátedras millonarias en la educación privada, o forman parte de las sociedades comerciales que las administran, haciendo oídos sordos al problema. Al gran problema del hombre clase media que ansía educar a sus hijos, pero para ello se ve en la obligación moral de hipotecar su vida. Una carrera universitaria le cuesta a un padre la vida entera.

 

El llamado Transantiago le ha costado al país una fortuna incalculable, sin solucionar el problema para el que fue pensado: descongestionar la ciudad. Hoy, por el contrario, el mayor anhelo de los santiaguinos es disponer de locomoción propia para librarse de la ignominiosa condición a la que está condenado como peatón. Así, se ha llenado la ciudad de automóviles agresivos y peligrosos, provocando una congestión todavía peor a la existente antes del Transantiago. Basta observar los corrales a los que han sido condenados los usuarios del transporte colectivo para dar la voz de alarma. Basta con subirse al metro a las llamadas horas Peak para asfixiarse.

 

Y la delincuencia, por supuesto. La delincuencia está íntimamente relacionada con estos problemas. La cesantía, la mala educación y los atochamientos en el transporte colectivo, contribuyen a su diario fortalecimiento.     

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Diciembre, 2009

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Un comentario en “¿Qué se espera de un presidente?

  1. Es bueno saber que hay conciencia. O al menos que se está creando una, a ojos semi abiertos. Si a medio despertar de una multitud tiramos de presidente al señor Sebastián, no sería erróneo pensar que el desempleado (Y dicho sea de paso; desamparado) tuviera nuevas oportunidades para encontrar empleo. O quizás el trabajo siempre estuvo, sólo que a costa de “cuñas” dejando así de lado, al más experimentado para el cargo. Mención aparte es el caso de los nuevos contratos de la fundación El Teniente. Muchos contratistas vieron sus sueños convertidos en cicatrices cuando veían a los nuevos niños, relacionados directa, o indirectamente al nuevo gobierno, trabajando para Codelco.
    La gente no debería sorprenderse, ni yo me sorprendo, ni tampoco me molesta. Ni un nuevo gobierno, ni una concertación ambigua hubiesen cambiado el panorama. El problema no son ellos, somos nosotros que pecamos de ingenuidad.

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