En la playa, cuento de Miguel de Loyola

Mientras Estela toca la guitarra y los demás corean su canto, me voy acurrucando regalonamente en la arena, dejándome arrastrar poco a poco por sus afinados acordes, por el armonioso movimiento sobre las cuerdas de sus hermosas manos blancas. Su aterciopelada voz con facilidad puede conseguir emoción, y hasta una liguera lágrima de quienes la escuchamos. Su música junto al mar relaja, y si no fuera por el desabrido, por no decir grotesco vozarrón de Rodrigo –quien intercepta a ratos su melodía de reina-uno podría quedarse dormido. Dormido en un dulce sueño de suaves melodías y hermosas mujeres como esa muchacha. Anoche no dormí mucho, estuvimos como ahora, cantando hasta altas horas de la madrugada. La noche estaba helada y nuestra fogata era la única en el ancho perímetro de la playa. Hoy ocurre aquí algo parecido. Este verano nos hemos convertido en pájaros nocturnos. Las noches se nos hacen días, y los días, noches de pesados sueños trasnochados.

Ahora, mis pupilas buscan constantemente la mirada de Estela, colmada siempre de múltiples insinuaciones. Su silueta a ratos, desde aquí, al otro lado de la fogata, la veo rubia, cuando la llama resplandece tras una nueva carga de leña, iluminando su rostro de lleno, su larga cabellera, sus manos delicadamente torneadas. Luego, a medida que la llama se extingue, aparece morena, semi envuelta por la oscuridad del entorno. Es un juego de luces que entusiasma. Podrías susurrarle al oído mil palabras, todo ese nuevo vocabulario que he ido desarrollando este verano a patas sueltas en la playa, olvidado de la complejidad del cosmos, de lo terrible que me ha parecido siempre el mañana. Pero, como la mayoría de las mujeres interesantes del planeta, ya tiene compañero, un compadre dispuesto a cualquier cosa por ella, y con razón.

Hay días en que me gustaría vivir siempre junto al mar, recostado sobre la blanda alfombra de arena, tostando mi pellejo gracias al sol gratuito que se derrama día a día sobre nosotros, sobre nuestra gomosa piel de lagartijas, siempre ávida de calor. Durante la noche, augurando el porvenir entre canciones y hermosas muchachas. Así es rico vivir, relajado, sin urgencia de ningún tipo. Apoyo ambas manos con fuerza en la arena, con la intención de sentarme y luego, arrepentido, me vuelvo a desplomar hacia atrás, para estirar una vez más mi largo esqueleto sobre ella. Puedo, por un momento largo, soñar que estoy tendido en la cabecera del mundo y olvidar que soy un insignificante grano más entre los miles que constituyen la superficie habitable de la playa. Se me ocurre también pensar que en la otra cara del globo los chinos están durmiendo la mona,  y así nosotros somos los únicos habitantes que hacemos esta noche vigilia en el planeta. La noche está oscura, pero Estela es una presencia luminosa que destella como los astros en la oscuridad.

La verdad, no tengo el más mínimo deseo de regresar la próxima semana a Santiago. Aquí me siento bien; relajado como el primer hombre, expectante como el último habitante de la galaxia. Allá siempre le estoy temiendo a algo, especialmente al futuro. Mi viejo está cada día más jodido, me saca de la cama al despuntar el alba y debo partir arrastrando el sueño en una gigantesca bolsa hasta el colegio. Aunque este año ya no volveré al colegio, ni el próximo, ni nunca. Lo cual no deja de ser para mí un alivio, un gran alivio. Me tenía harto, sobre todo la maldita presión del último año. En todas partes urgiéndolo a uno a diario para que estudie y sólo estudie como una máquina, aunque finalmente no sirva de mucho; y el futuro –el maldito futuro- sólo dependa de la famosa e ilustre Prueba de Aptitud. A veces he pensado que el resultado es pura casualidad, pura suerte. Es harto triste vivir en un país estrecho, donde la única alternativa para conectarse con el porvenir y disfrutar de él, parece ser ese angosto conducto que da acceso a la universidad. Le tengo pánico. No sé si por una razón personal, o por la agobiante presión diaria de mi viejo.

Por eso acá estoy mucho mejor, un poco solo tal vez, pero es bueno estar solo de vez en cuando para ordenarse un poquito. A mamá no le preocupa demasiado lo que hago, tampoco tiene esa horrible costumbre de hacer preguntas como mi viejo. Don Preguntón por excelencia, abogado desde chiquitito, con una sentencia en la punta de la lengua para condenar cada acto, cada idea. El abuelo era igual en eso a mamá, rara vez le daba por preguntar cosas. El era quien contaba porque para eso había vivido larga vida y tenía historias para contar hasta la eternidad. A veces, sentado sobre sus rodillas cuando niño, solía pasar horas de horas oyéndolo hablar, evocando un recuerdo tras otro, sobre todo de esa serie de aventuras referidas a su viaje al norte en busca de fortuna. Mientras hablaba, acostumbraba a beber largos sorbos de agua. A mí eso me daba mucha sed. Luego, volvía otra vez a tomar el hilo del relato…

–          ¿Te quedan cigarrillos, Antonio?

–          Sí – contesto desde mi ultratumba. Le paso la cajetilla de Belmont a Rodrigo, quien ha emergido desde las sombras a buscarla.

A ratos, la fogata arde echando chispas. Andrés, nuestro fogonero, no se cansa de alimentar una y otra vez el fuego. Será mejor que me retire un  poco. Mis pies están casi al rojo. Estela ha dejado de cantar. La veo ahora caminar por la orilla del mar abrazada a Fernando. Por la orilla de esas olas desveladas al igual que nosotros, que no quieren o no pueden dormir y están ahí, infinitamente susurrando su canción nocturna. Sinfonía inconclusa que insinúa algo insondable.

La llama de nuestra fogata en el centro es roja, como el color que caracteriza a los enamorados. Después se torna un poco azul y luego su aspecto más visible es amarillo. Algo parecido ocurre conmigo, con mi personalidad. Siento a veces que también estoy al centro al rojo vivo. Sin embargo, mi llama exterior siempre es opaca, amarilla como nuestra fogata, solo un reflejo pálido de ese rojo intenso de donde nace. A veces mis amigos se extrañan porque no hablo mucho, porque no soy el tipo de persona con la talla o la palabra en la punta de la lengua como Rodrigo y el Negro, quienes cuando les da por hablar o hacer bromas terminan por contagiar a medio mundo. En cambio yo, siempre calladito, del tipo mosquita muerta, incapaz de mover los labios. A veces se me ocurre pensar que no sé hablar, que soy mudo, a que papá en la familia, como le oí decir más de alguna vez a mi vieja, se ha encargado siempre de hablar por nosotros, con esa tremenda verborrea que se gasta,  más larga que el recién terminado túnel Lo Prado.

Estela ha vuelto otra vez a sentarse frente a mí, al otro lado de la fogata. La guitarra la espera y nosotros también. Debe sospechar que me gusta, porque mis pupilas se pegan a ella como lapas. Sin embargo, no parece para nada molesta por ello; al contrario, a ratos hasta me sonríe. La conocimos recién este verano y de pura casualidad, y como Fernando tiene más cancha, aquel día se nos adelantó a todos los que esa noche en la discoteca la mirábamos con ojos interesados. Además, es bien sabido que en la playa mujeres y hombres andan siempre más o menos tras la misma cosa: amor, aventuras de amor, y el más patudo, como es típico, generalmente gana.

“Tienes que avivarte, Toño”, mi viejo anda siempre en esa onda conmigo, y ahora, en este caso, quizá por primera vez le encuentro razón. La discoteca estaba repleta ese día, era cosa de salir a invitarla a bailar, pero lo pensé demasiado. Fernando salió primero, y este es el resultado. Perfectamente podría estar en su lugar en este preciso momento. Pero nada, estoy acá, al otro lado de la fogata, mirándola quizá hasta con cara de idiota, cogiendo puñados de arena y luego colándolos entre mis dedos. Aislado, sin duda.

Otra de las maravillas de estar aquí, quizá la mejor de todas, es que mamá pasa el día jugando canasta con sus amigas, que son como un millón, y rara vez, a esa hora, está pendiente de mí. Aunque también hay noches que le baja la nostalgia y el amor por su hijo, me hace arrumacos como cuando niño y me pregunta cien veces al oído si la quiero o no. Mi viejo dice que yo soy un lunático igual a ella. Claro, al lado suyo cualquiera es lunático. Hasta el mismo Papa, creo yo. Su orden de hormiga escrupulosa es enfermante. Jamás lo he visto sin corbata, o buscando desorientado el cinturón. Todo tiene que estar en su sitio. Esa es la mentalidad de mi viejo. Los dos sufrían cuando estaban juntos y, quizá, ahora hasta me alegra que se hayan separado. Acá mamá se ve más joven, relajada, en cambio en Santiago mi viejo sigue gruñendo como un ogro. Nunca he escuchado un comentario filosófico de su parte. Nunca ha dicho qué es la vida, por ejemplo. Aunque sólo sea por decir algo. Sé bien que no hay ninguna respuesta demasiado satisfactoria al respecto. Pero por último, por huevear, como a menudo sabe hacerlo la mayoría de la gente. Para él todo debe estar en regla. Cuando mamá solía opinar algo, inmediatamente salía él detrás, con su libro de abogado en mano, con su grueso libro de resoluciones preestablecidas para dejar callada a mamá o a cualquiera que saliera en ese momento al paso. Nada grato, un espectáculo muy desagradable. Así que cuando pelearon esa última vez –ese día yo estaba durmiendo y me despertó de pronto el ruido, el intenso alboroto en la cocina, los platos que primero silbaban en el aire para caer luego al piso como bombas, explotando al momento del impacto- se dijeron de todo, todo lo que seguramente no se habían dicho durante los años que calladamente ambos se había estado soportando, que él era un huevón y medio, que ella también lo era, pero doble, que el matrimonio era mierda, que no tenía ningún  sentido vivir con un huevón histérico como él, que la maldita vida era una pura huevada, que se fuera a la cresta de una vez por toda si le daba la gana, un millón de estupideces que se dijeron esa noche que yo apenas casi las recuerdo, las mismas que tuve que repetirle al pelotudo del psicólogo donde se le ocurrió brillantemente a mi viejo llevarme, aconsejado por la orientadora del colegio. Y tuve que ir no más, porque cuando a mi viejo se le pone una idea en la cabeza, no hay caso, de paso podría haber ido a ver uno él también. Entonces el tipo con lentes desde el otro extremo del escritorio quería poco menos que le contara mi vida entera, como si eso sirviera de mucho para penetrar laberínticos recodos de la mente. Como yo no le contaba nada, el tipo comenzó a hacer preguntas como un loco, hasta que al fin pudo sacarme un montón de cosas que luego no sé qué hizo con ellas. Le conté de mi amor especial por la naturaleza, que de niño me gustaba mucho observar el movimientos de los insectos, especialmente el de las arañas cuando les daba por columpiarse en la elasticidad de sus propios hilos, subiendo y bajando una y otra vez desde una hoja de un árbol hasta agotarse. Le dije que papá quería que estudiara ingeniería o alguna carrera que diera mucha plata porque eso era lo más importante en esta vida, ganar kilos de plata. También le conté que mis viejos estaban separados y que mi vieja vivía en la playa y él en Santiago. También le dije que a menudo me lo llevaba pensando en mi abuelo y en las cosas que me había dicho, especialmente aquello de que el mundo era mío, si nos daba a nosotros los jóvenes las ganas de atraparlo para llevarlo por donde uno quisiera llevarlo. Le dije también que mi viejo no creía en Dios, y sin embargo me había puesto en un colegio católico donde yo no entendía ni papa. También creo que le conté de la existencia de este diario de vida donde acostumbraba a escribir ciertas cosas. Entonces me preguntó si se lo prestaba y por supuesto le dije no. Quizá sea esa la razón más importante por la que no quiero regresar a Santiago. Mi viejo va a seguir en la onda de mandarme al psicólogo, y a mí la idea me causa pavor. No tengo el menor interés en que un tipo me observe detrás de sus gafas como si yo estuviera loco, haciendo una serie de acotaciones racionales del tipo de la onda cuadrada de mi viejo. No, donde ese compadre no vuelvo nunca más. Lo único que yo tengo compadrito –eso estuve casi a punto de confesarle la última vez-, es pena, pena de que mis viejos se hayan separado. Eso es todo. Pero para ese mal no hay remedio, sólo el tiempo, dicen, puede curarlo. Y puede ser cierto, he visto cómo los hombres con los años van endureciendo el corazón, a veces por razones justificadas, otras sin motivo aparente, pero todos vamos camino a la piedra, al olvido definitivo, como ya también presiento ir de algún modo viajando este verano.

A ratos, el viento de la noche juega con el pelo de Estela, revolotea indeciso sobre su cabellera, ondeando sus hebras, dejándolas en cierto modo desordenadas, pero finalmente más atractiva aún. Imagino a ratos lo hermosa que debe encontrarse ella misma. Su belleza es una cuestión de irradiación, es algo así como un destello, algo que emana de su voz, de su forma singular de caminar, de sonreír, mirar. Si esta noche sigue mirándome como hasta ahora lo ha hecho, palabra que le voy a cerrar un ojo, cara de palo, aunque aquí quede la crema. Al fin y al cabo, el amor tiene que ser así, espontáneo, natural, para perdurar.

Cuento ganador del cuncurso literario La bicicleta, 1982.

Tomado del libro Bienvenido sea el día, Ediciones Mar del Plata, 1992.

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