Enrique Vila-Matas, Dublinesca.

Riba, protagonista de Dublinesca, divaga durante extensas trescientas páginas, acerca de su situación existencial como editor retirado, mientras conecta, intertextualmente, su vida particular y a los autores editados por su editorial, con el Ulises de James Joyce.  Esa obra monumental del escritor de origen irlandés, la cual abre puertas hacia la posmodernidad. Por momentos, la narración se vuelve algo farragosa, y se agradecería un menor volumen de páginas, dado que muchas revuelven la misma idea dilatando de manera innecesaria el final. Sin embargo, a pesar de reiteradas repeticiones, el interés por el destino nihilista del personaje, conducirá al lector hasta la última página. Aún sospechando de antemano la llegada al borde del precipicio.

Estamos aquí frente a una sinfonía premonitoria del fin de la existencia, un réquiem del final apocalíptico de nuestro paso por el mundo, cuando se ha perdido toda esperanza en el hombre, y en los sistemas idealistas del pensamiento que lo asistieron durante siglos, simbolizado en la novela en la figura del escritor, en tanto genio capaz de recrear literariamente la vida, y al cual Riba, en sus treinta años como editor, jamás pudo encontrar al autor ideal para editar. Sin embargo, a pesar del desaliento fatídico que asiste al personaje, Riba es capaz de recordar en medio de sus estados de mayor desaliento, una frase dicha por su  abuelo Jacobo. Este recuerdo  revierte por momentos su decepción. Nada importante se ha hecho sin entusiasmo. La frase bien puede traducirse como un aforismo representativo de una época de mayores esperanzas en el hombre, y confiere al relato el carácter de una denuncia y hasta de rebelión contra aquel nihilismo despiadado que viene derrotando a los héroes de nuestro tiempo, y al mismo Riba, por supuesto, quien ha abandonado su profesión, cansado de buscar imposibles.

Riba, quien se siente cuestionado por su ancianos padres por causa de su evidente ociosidad después de dejar su trabajo, para salir de aquel sentimiento de culpa, del tedio y so pretexto de darle un sentido a sus días, proyecta un viaje a Irlanda a fin de celebrar allí, en Dublín, escenario de la  novela de Joyce, el funeral de lo que denomina la era Gutemberg. Es decir, el fin de la imprenta, el fin del libro, en otras palabras. Para hacer ese viaje, busca la compañía de viejos conocidos, la mayoría escritores editados por su editorial. Porque amigos no tiene en su actual situación de jubilado, o no existen, intenta dar a entender, y lo corroboran sus acompañantes con una frase lapidaria, colmada con el veneno letal del nihilismo. “El propio Javier suele decir que no hay amigos, sino momentos de amistad.”

Dublinesca está plagada de citas muy bien escogidas de la literatura universal. De Proust, por ejemplo, para graficar el manejo psicológico y paradigmático de la ilusión, toma esta: “…lo mismo que esas personas que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada, imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado.” Del poeta Gil de Biedma, de quien Riba ha sido amigo, recuerda otro comentario rotundo, sacado probablemente, y aquí estoy especulando pero con conocimiento de causa, de la ingeniería de Freud. “Una relación íntima entre dos personas es un instrumento de tortura entre ellas, ya sean de distinto sexo o del mismo. Todo ser humano lleva dentro de sí cierta cantidad de odio hacia sí mismo, y ese odio, es no poder aguantarse a sí mismo, es algo que tiene que ser transferido a otra persona, y a quien puedes transferirlo mejor es a la persona que amas.” De Flaubert, quejándose también del momento histórico que le toca vivir, cita una frase tomada por el eximio escritor francés de San Policarpo, obispo de Esmirna: “¡Dios mío! ¡En qué siglo me has hecho nacer!” La exclamación recuerda a este lector otra, dicha por un personaje de Rulfo en un cuento inolvidable, Luvina, cuyo significado apunta hacia la misma reflexión en torno a su situación desconcertante en medio del mundo: ¿en qué país estamos Agripina?  Hacia el final de la novela, cuando Riba vuelve a recaer en la bebida en medio de la niebla y de la lluvia que cae incesante sobre Dublín, su mujer, Celia, quien se ha convertido al budismo hace poco, para remover su conciencia, lo espeta con estas palabras : “-vives sin un dios y te falta el sentido. Te has convertido en un pobre hombre – le dijo a modo de sentencia final.”

La nostalgia, la tristeza, pero sobre todo la decepción avanza como una enfermedad en el discurrir del personaje, sin resignarse a su destino. Y la acusa reflexivamente: “-qué pena- dijo- que nos muramos y que nos hagamos viejos y que las cosas buenas se vayan alejando de nosotros tan de prisa.”

La novela no hace más que confirmar el nihilismo prenunciado por Nietzsche hace más de un siglo. Un nihilismo terrorífico, desolador, en el cual se hunde poco a poco el personaje.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Agosto de 2010

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