Raymond Chandler, El largo adiós.

En El largo adiós, Raymond Chandler pone al lector frente a un caso policial bastante más complejo al común denominador que anima la trama del llamado género negro. Un amigo (Terry Lebnoz) del detective privado Philip Marlowe, es supuestamente asesinado en venganza por asesinar a su mujer. Seguidamente, habrá un nuevo asesinato. Se trata del afamado escritor de best seller apellidado Wade, cuya muerte se le atribuye al propio Marlowe, después de haberle servido de guardián a pedido de la esposa del afamado escritor.

 

Mientras Philip Marlowe discurre en torno al acertijo, la novela avanza proyectando el clima social donde se mueven los personajes. Alta sociedad, gente adinerada, estamos en el ambiente de Hollywood, en la cúspide, donde el dinero puede comprarlo todo, hasta el silencio de los jueces, parece decirnos en sordina el narrador. Pero no ocurre, gracias al espíritu idealista que alienta al protagonista: Philip Marlowe,  clásico guardián de la justicia de la narrativa norteamericana de todos los tiempos. Dispuesto a sacrificar su vida y su libertad para descubrir al asesino y llegar a establecer la verdad. “La otra voz me decía vete de aquí y no vuelvas más, pero jamás le hacía caso. Porque entonces me hubiera quedado en el pueblo donde nací y todavía trabajaría en la ferretería” Estas palabras de Marlowe explican su vocación, en términos de aquel llamado ontológico al cual nadie se puede negar, si no quiere perderse a sí mismo.  

 

Sin duda, el género negro norteamericano tiene profundas raíces puritanas, la moralidad de sus héroes guarda relación con los códigos idealistas de aquel grupo de hombres que huyen de Inglaterra, para fundar un nuevo Estado en los Estados Unidos, y cuyas influencias culturales se advierten en el idealismo extremo de estos personajes. Marlowe conseguirá desanudar el nudo, desmadejar los complejos móviles de ambos crímenes, y dejará al descubierto la inoperancia de los sistemas judiciales, a pesar de la eficacia de la policía y de leyes que rigen la sociedad.  “La Ley existe, sí. Estamos hundidos hasta el cuello en la ley. Pero sólo sirve para dar de comer a los abogados.” La crítica al sistema judicial no puede ser más extrema y devastadora.

 

Se trata de la clásica denuncia que corre de manera explícita a través de algunas novelas policiales que trascienden el plano racional de la anécdota, y se hunden en un juicio más profundo. No es la policía la inepta, ni la falta de ley, parecen señalar estos autores, sino la burocracia judicial la que arruina el esclarecimiento de la verdad y el don de prodigar justicia. Hacia allá están lanzadas las mayores críticas del género, y particularmente de autores norteamericanos de excelencia como Chandler, dando a entender que los sistemas judiciales son más veniales que la propia policía, sobre todo cuando se enfrenta a la clase dominante, dueña –supuestamente- del poder.

 

La verdad es una imposición del poder, sostiene Foucault, el filósofo que viene a cuestionar el problema del poder como ningún otro, pero la denuncia inicial proviene de Nietzsche, su maestro, cuando plantea aquella frase que hace trastabillar a la diosa razón “No hay hechos, hay interpretaciones.”, y prenuncia, en consecuencia, que la verdad es una conquista del poder. Sin embargo,  Raymond Chandler desarma en esta novela terminantes afirmaciones, mediante la honestidad y el idealismo extremo de su detective, y también de otros policías, como el propio Olhs, quien es capaz de emitir juicios y denuncias sorprendentes, que denotan una moralidad indiscutible: “Detesto a los jugadores –dijo con voz áspera- Los detesto tanto como a los traficantes de drogas. Transmiten una enfermedad que corrompe a la gente, igual que la droga. ¿Crees que esos palacios de Reno y Las Vegas son centros de diversión inocente? No, son para el tipo modesto, para el idiota que cree que va hacerse rico con  plata dulce, el muchacho que entra con la quincena en el bolsillo y pierde la plata del alquiler. El jugador rico pierde cuarenta mil y se ríe y va a buscar más plata al Banco. Pero el jugador rico no es el que sostiene el negocio. La plata grande es la suma de las monedas de diez y veinticinco y cincuenta y de vez en cuando un billete de un dólar o hasta de cinco. La plata grande es como el agua que sale del grifo del baño, un chorro fino que no para nunca. Si me entero de que alguien va a liquidar a un jugador profesional, le digo adelante, muy bien. Cuando un gobierno acepta plata de los jugadores y dice que son impuestos, ese gobierno ayuda a los gángsters. El peluquero la empleadita del salón de belleza, ponen dos dólares sobre la mesa. Esa plata es para la mafia, de ahí salen las ganancias. Así que el pueblo quiere policías honestos ¿Para que? ¿Para proteger a los oligarcas? En este estado los hipódromos son legales y funcionan todo el año. El estado saca su tarjeta y por cada dólar que se apuesta en el hipódromo, se apuestan cincuenta en los garitos. Hay ocho y nueve carreras por reunión y cuatro cinco de ellas están arregladas. El jockey conoce una sola manera de ganar la carrera, pero veinte maneras distintas de perderla; hay un funcionario cada cien metros, controlando la carrera, pero no puede hacer nada si el jockey es un poco vivo. Es juego legal, viejo, un negocio limpio, honesto, aprobado por el estado. ¿Te parece bien?”

 

Tampoco culpa a los ricos de los problemas sociales y económicos, como suelen hacerlo gratuitamente otros autores, cargándoselo a quienes detentan el poder económico o político. Es capaz de hallarlo de la misma manera en ambos extremos, al punto de poner en boca del millonario Potter, padre de Sylvia -la primera mujer asesinada- juicios que nadie espera oír de un magnate desprestigiado por la voz-rencor-envidia del mundo:  “El dinero tiene una característica propia –prosiguió- cuando se lo acumula, adquiere una vida propia, incluso una conciencia propia. El poder del dinero es muy difícil de controlar. El hombre ha sido siempre un animal venal. El aumento de la población, el costo colosal de las guerras, la presión implacable de los impuestos confiscatorios, son todos factores que aumentan su venalidad. El hombre de la calle está cansado y asustado, y un hombre cansado y asustado no puede darse el lujo de tener ideales. Tiene que alimentar a su familia. En nuestra época hemos visto una escandalosa degeneración de moral pública y privada. No puede pedírsele calidad moral a un pueblo cuya calidad de vida se deteriora. La calidad es incompatible con la producción masiva. El artículo de calidad es indeseable, porque es duradero. En su lugar se instituye la moda, que es una estafa comercial, es producir un desuso artificial. La producción comercial no podría vender sus productos el año que viene si los de este año no quedaran fuera de moda. Los norteamericanos tenemos las cocinas y los baños más deslumbrantes del mundo. Pero en esa cocina el ama de casa es incapaz de cocinar un plato digno de ser comido, y nuestros hermosos baños son receptáculos de desodorantes, laxantes, barbitúricos y esa colosal estafa llamada industria de cosméticos. Fabricamos los paquetes más hermosos del mundo, señor Marlowe. Por lo general, sólo contienen basura.”

 

Raymond Chandler es un crítico social ácido, incisivo, tal vez uno de los más incisivos en lo concerniente al sistema económico y social de los Estados Unidos de su época, capaz de desnudar críticamente los grandes problemas que afectan a la sociedad en que vive. Pero se trata de un crítico, por decirlo de algún modo, bastante pluralista, sin el sesgo de sus imitadores existentes también en otras latitudes del orbe, para quienes el mal siempre está en una sola parte, en la derecha o en la izquierda, ignorando o negando siempre el campo antagonista, donde el bien y el mal igualmente existe. La democracia norteamericana puede darse estos lujos. Una sociedad abierta permite la existencia de esta clase de librepensadores, porque no están sujetas las libertades que atan el pensamiento de los individuos. Además pueden vivir  de su trabajo, gracias a las oportunidades prodigadas por un sistema de canales múltiples. Sin duda, Philip Marlowe encarna el prototipo ideal del hombre honesto, dispuesto a descubrir la verdad y a enrostrar al asesino, y además, reúne todas las características del héroe literario, capaz de pervivir en el imaginario del lector después de haber terminado la lectura.

 

 

 

 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Octubre de 2005

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