Alberto Moravia, El hombre que mira

En El hombre que mira (1988), el famoso novelista de origen italiano Alberto Moravia, se interna en un tema psicológico bastante complejo, precipitándose hacia el interior de aquellos mundos no simbolizados, como llamó Lacan al misterio del inconsciente. Un profesor de literatura, narrador y protagonista de la historia, mediocre en su profesión, como se autodefine a sí mismo, vive junto a su esposa a expensas de su padre viudo y todavía exitoso profesor de ciencias. Tras un accidente que mantendrá al padre postrado en cama por varios meses, Dodo, el hijo, cae en hondas reflexiones en torno a su sexualidad, manifestando un voyerismo latente, aumentado por la sospecha de una presunta relación incestuosa entre su mujer y su padre.

 

La experiencia y pericia de Moravia como novelista de un número sorprendente de novelas que marcaron época en los años 60, ( La campesina, El tedio, Agostino, La Romana, La mascarada, por nombrar algunas) le permite casi treinta años más tarde, acercarse al retrato de las relaciones íntimas de los amantes,  sin caer en la clásica vulgaridad en que redunda  la novela actual  cuando se refiere a estos temas. Sin embargo,  en esta novela queda en evidencia que resulta una problemática demasiado compleja para novelarla, aún para un novelista experimentado como Moravia, quien de seguro se propone manejar la perspectiva del psicoanálisis para sondear tales misterios.

 

Por cierto, El hombre que mira, no es la mejor novela de Moravia, y se advierte cierta paranoia por vincular el mito griego clásico, a la situación concreta vivida por este hijo extraño, en quien no se advierte la ira ni los celos naturales de un hombre corriente frente a una situación semejante, y encarna más bien al sujeto anodino y exangüe que campea en la novela actual, por esa falta de ímpetu o deseos. La distancia impuesta por el dominio de la razón frente al acto creador, por el intento de abordar la anécdota desde un punto de vista puramente racional, convierte al personaje en ese ser anodino, y a ratos poco creíble, lo mismo que a los otros, someramente dibujados por el novelista, sin la intención de atrapar sus espíritus, como ocurre en sus anteriores creaciones.

 

No obstante, la novela consigue conectar al lector con la complejidad del mundo descrito, abriendo la suficiente inquietud frente a los hechos para alcanzar la última página.

Miguel de Loyola – Constitución – 1999

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