El encanto de Buenos Aires

La capital de Argentina atrapa al turista con la imponencia de su arquitectura decimonónica. Grandes edificios construidos en épocas de gloria y bonanza económica, la asemejan a las más grandes capitales europeas, otorgándole un estilo señorial que deslumbra a primera vista al visitante. Amplias avenidas, trazadas con ojo futurista, cruzan y recorren los diferentes barrios existentes, dejando espacios de intimidad en medio de la gran urbe, gracias a una red de callejuelas más estrechas que de manera inteligente se va tejiendo entre las grandes avenidas, conformando una estructura vial todavía expedita, pese a la invasión de automóviles que asola a las grandes ciudades del mundo.

Veredas anchas permiten un fácil desplazamiento a quienes gustan recorrer a pie algunos tramos de las avenidas, observando la magnificencia de los edificios erigidos a fines del XIX y principios del XX, cuando Argentina ostentaba el título de granero de Europa y podía darse el lujo de traer del Viejo Mundo a sus más afamados arquitectos para construir sus palacios públicos y privados. Una grandeza que aún pervive en el ambiente, gracias a un espíritu conservador que no permite incrustar a diestra y siniestra las nuevas estructuras de la modernidad echando abajo lo existente, como ocurre en otras capitales de América, donde se construye sobre la base de la destrucción, sin dejar vestigios del pasado, como si el pasado fuera un pecado mortal de la memoria, y no la mayor fortaleza del hombre en su paso por el mundo. Destaca el barrio de La Recoleta por sus palacios y monumentos, punto ayer neurálgico de la aristocracia Argentina.

Impresiona también el número de cafés y librerías existentes. Impresionan porque dan cuenta de la importancia de la vida social en Buenos Aires, y del tiempo que todavía disponen sus habitantes para hacer un alto durante el día para conversar, sin aquel estrés propio de las urbes asoladas por lo urgente, sin aquel terror de la prisa por el supuesto tiempo perdido tras una charla de café, sin la necesidad, tal vez, de cumplir horarios estrictos, gracias a la indudable bonanza de los países ricos, donde una masa de personas se mueve libre de las presiones económicas del diario vivir. Destaca, por cierto, por su estilo afrancesado y por sus ciento cincuenta años de existencia, el Café Tortoni, ubicado en la avenida de Mayo a pasos de la 9 de Julio. Y también el Richmond en el paseo peatonal de Florida.

Recorrer la avenida Corrientes hacia Pueyrredón, es un paseo imperdible para los amantes de los libros, de los nuevos y de los viejos, porque en las librerías de Buenos Aires tanto los nuevos como los antiguos no pierden todavía su valor comercial y su interés cultural. Se conservan en las estanterías como valiosos trofeos, y se pueden ojear sin temor a la exigencia mercantil de comprarlo. Una charla con el vendedor de la tienda es siempre apasionante. Y al lector que quiera pasarse de listo, le resultará muy difícil pillar al vendedor con algún título. Son expertos en autores, materias y títulos, y están capacitados para recomendar, según el gusto e interés del visitante, el mejor libro.

La gastronomía es otro foco de interés que atrae como imán al hierro. Los restaurantes abundan en las calles céntricas, y también en los barrios más apartados del centro cívico. Locales grandes, bien equipados, atestados de público, pero siempre abiertos a recibir al público más exigente. Las alternativas para comer en un buen lugar parecen infinitas. Y las variedades de la carta impresionan por el número de exquisiteces posibles de degustar hasta en los lugares aparentemente más chicos. Destaca, por cierto, la carne a la parrilla, el clásico asado argentino, las pastas italianas y las siempre apetitosas pizzas a la piedra con queso roquefort.

Buenos Aires  es una ciudad abierta al mundo, capaz de contener un número ilimitado de turistas, gracias a una red hotelera inigualable, para todos los gustos y bolsillos. Pero lo más impresionante, quizá sea su aire límpido, libre de smog, gracias al viento que con frecuencia sopla desde Puerto Madero, y desde la Costanera, ventilando las calles,  y purificando el pulmón de los individuos, haciendo gala y gloria al nombre que 1541 le diera un visionario Pedro Mendoza.

Miguel de Loyola – Buenos Aires – Agosto de 2010

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2 comentarios en “El encanto de Buenos Aires

  1. Miguel, ¡qué entrada tan impresionante! Visitamos a Buenos Aires mi esposa y yo en el marzo de 2010 y nos encantó de todo. El inglés es mi lengua materna así que en estos momentos no me puedo expresar muy bien. Sigo estudiando español con un profesor de Buenos Aires. Espero que algún día yo pueda escribir tan bien como vos. Pero la verdad es que lo más llamativo de tus comentarios es la manera perfecta en la que refleja nuestras experiencias. Gracias por tu bonita escritura que me hace recordar aquella ciudad más hermosa del mundo.

  2. Hola Miguel…fíjate que no conozco Buenos Aires. En realidad, sólo he llegado hasta Mendoza dentro del país vecino, pero hay toda una expectación en el imaginario colectivo acerca de esa ciudad. Por ello leí atentamente tu comentario y se hace grato…dan ganas de pasear por los lugares que mencionas y, a la vez, ir anotando en bitácora propia las sensaciones que tú describes para compartirlas acá, una vez de vuelta en nuestro amado y muchas veces bizarro Chile.

    Te dejo mi impresión junto a un saludo sincero y…nos estamos viendo!, creo……………………………

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