Mempo Giardinelli, Luna caliente

En Luna caliente, Mempo Giardinelli enfrenta al lector a una pasión desenfrenada y sus inimaginables consecuencias. Estamos frente a un cultor del llamado género negro, donde la trama policial se mezcla con la crítica social, soterradamente, recreando aquí el complejo mundo del inconciente. Esos impulsos que la filosofía griega llamaba dionisiacos, cuando el hombre pierde la razón y se entrega al desenfrenado mundo de los instintos. Allí donde el deseo supera el mundo racional y el hombre se pierde en la oscuridad de un si mismo desconocido y confuso.

 

Verano. Noche de luna llena en el Chaco argentino. Temperatura alta, semi tropical por la humedad del ambiente. Un joven muchacho es invitado a cenar a la casa de un matrimonio amigo de su extinto padre. Allí Araceli, una niña apenas adolescente, preciosa en su incipiente madurez, despertará en Ramiro, el joven visitante, aquel deseo de posesión descontrolado del macho por la hembra, incurriendo en una violación que terminará luego en una desconcertante vuelta de tuerca.

 

Esta Luna caliente de Mempo Giardinelli trae a la memoria de este viejo lector una reflexión del escritor Sandor Marai en Confesiones de un burgués, referidas a su novela La hermana, donde también la pasión desenfrenada será causa y motivo de trágicas consecuencias. Márai cierra su libro de memorias con algo que bien podría ilustrar también el sentido de esta Luna caliente: “quien hoy escribe pretende dar testimonio de las cosas para la posteridad…Testimonio de que el siglo en que nacimos celebraba, en otros tiempos, la victoria de la razón. Yo quiero dar fe de ello mientras pueda, mientras me dejen escribir. Quiero dar fe de una época en la que vivía una generación que deseaba celebrar el triunfo de la razón por encima de los instintos y que creía en la fuerza y en la resistencia de la inteligencia y el espíritu, capaces de detener el avance de las hordas ansiosas de sangre y muerte.” Recordemos también la frase fatal impuesta por los movimientos hippies, como representativa de los mismos, y que para algunos trasnochados todavía tiene algún sentido: prohibido prohibir, la cual se le atribuye a Jim Morrison, vocalista del grupo The Doors. Idea sobre la cual José Saramago, el Nóbel de las letras portuguesas, dispara en una entrevista sus dardos más filudos, concluyendo en una reflexión llena de sentido: a dónde llegaría la historia de la humanidad si no existieran las prohibiciones para la salud de la convivencia.

 

Mempo Giardinelli, cacique de las Letras del Chaco argentino, gestor y difusor del acaso más impresionante trabajo en pro del libro y la lectura en su tierra y en Hispanoamérica, como nos parecen sus anuales Foros Internacionales por el Fomento del Libro y la Lectura en la ciudad de Resistencia, allí, en medio del mismo Chaco que sirve de escenario a su novela, y donde pone en manos del lector una historia que viene a cuestionar este nuevo imperio de los instintos impuesto por la cultura de los facilismos posmodernos, en su intento de apropiación del mundo, en busca del placer por el placer, y donde, en una lógica de prohibido prohibir, todo parece permitido al deseante, a fin de no frustrar la libertad de los individuos, sin prever si quiera sus nefastas consecuencias posibles, como ha ocurrido con una generación de jóvenes norteamericanos que lo han tenido todo después de superada la Segunda Guerra. Tópico que desarrolla de manera notable Philip Roth en La pastoral americana y otras de sus innumerables novelas. El relato de Giardinelli, pone aquí también en clara evidencia el peligroso mundo de los instintos, si éstos no son previamente controlados por una razón clarividente, capaz de dominar aquel mundo inconciente que destruye al hombre y las sociedades que construye, como ocurre finalmente en Luna caliente.

 

La novela, por cierto, atrapa al lector por el tono descarnado con que describe el deseo de Ramiro, y por el periplo policial que comienza a tomar relieve una vez consumados los hechos. La inesperada vuelta de tuerca del relato, le agrega todavía mayor estupor, y el lector llega a la última página acaso tan sorprendido como al principio. Sin embargo, sin embargo, después sobrevienen las preguntas frente a la historia, las cuales suelen ser en una obra narrativa, como en la filosofía, el mejor camino para la  reflexión en torno a los hechos: ¿Qué quiso decir el autor? ¿Cuál es el mensaje? El arte de la ficción dista en mucho de los llamados libros de autoayuda, aquí el lector está llamado a sacar sus propias conclusiones. Y hacia allá apunta el verdadero sentido de la literatura. Tenemos que hacer nosotros el esfuerzo, porque el de otro no nos sirve.

 

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Diciembre del 2010

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