Jean Paul Sartre: La náusea

En La náusea, Jean Paul Sartre expone, brillantemente, algunas de sus ideas filosóficas. Haciendo uso del arte de la novela, el filósofo francés se da maña para perfilar a través de una historia concreta, parte medular de su pensamiento. Lujo, por cierto, que pocos filósofos se pueden dar. No en vano Jean Paul Sartre fue galardonado con el Premio Nóbel de Literatura (1964), y aunque lo rechazó –y acaso sea el único escritor capaz de darse un gusto semejante- para demostrar la consecuencia de  sus principios, la sola nominación al premio advierte la calidad literaria de sus escritos. Estamos frente a un escritor que tiene bastante más que una historia que contar, frente al filósofo que revolucionó el pensamiento francés y del mundo entero, por allá, en la década del 50.

Su obra La nausea es considerada una novela. Una novela que bien podríamos catalogar  hoy de posmoderna, por cuanto, en términos generales, no hay trama, no hay ese desarrollo que caracteriza a la novela convencional, antes de la configuración de las estéticas posmodernas. Sólo en ese sentido podemos imaginar la revolución causada por esta obra en la época de su publicación. La náusea obedece a una estética posmoderna, donde no hay desarrollo, clima ni desenlace. La cual, por cierto, será muy posterior a la época en que fue escrita y publicada la obra de Sartre (1938).

La novela plantea el descubrimiento de la nada y de la llamada angustia existencial producto de aquel encuentro. Dos cuestiones fundamentales de la filosofía sartreana. Todo esto envuelto en el ropaje universal de la literatura, mediante la recreación literaria de la vida del personaje principal,  Antoine Roquentin, un historiador de 30 años edad, quien ha viajado por el mundo entero en calidad de tal. Es él, quien, esta vez radicado en la ciudad de Bouville,  comienza a vivir la experiencia de la nada, mientras pasa sus días abocado al estudio de la vida de un marqués ruso del siglo XVIII, un tal M de Robellón.

“Eché una mirada ansiosa a mi alrededor: presente, nada más que presente. Muebles ligeros y sólidos, incrustados en su presente, una mesa, una cama, un ropero con espejo y yo mismo, se revelaba la verdadera naturaleza del presente: era todo lo que existe, y todo lo que no fuese presente no existe. El pasado no existía en lo absoluto. Ni en las cosas ni siquiera en mi pensamiento. Por supuesto, sabía desde mucho tiempo atrás que lo mío se me había escapado. Pero hasta entonces creí que se había apartado simplemente fuera de mi alcance… tanto cuesta imaginar la nada. Ahora sabía: las cosas son en su totalidad lo que parecen, y detrás de ellas…no hay nada”. Después de reflexiones como estas, el personaje comienza a perder interés en sus asuntos. Ha vivido en carne propia la desazón existencial del existente.

Antoine Roquentin, como dijimos, es un historiador abocado al estudio de personajes históricos. Es un hombre solitario que alquila una habitación en el hotel Printania del puerto de Bouville. En sus horas de ocio, lee algunos párrafos de Eugenie Grandet, de Balzac, pero sin hallar mayor interés en la trama. Poco a poco sus reflexiones lo van ensimismando al punto de abandonar sus lecturas por encontrar absurda su existencia. Quien soy, qué hago  aquí, parecen ser las preguntas soterradas, y la respuesta es la náusea, el descubrimiento de la inutilidad de la existencia. Ve la rutina de los otros como una carga insoportable y absurda. En la biblioteca está pendiente de los pasos de un asiduo personaje en la sala de lectura, a quien denomina Autodidacta, por cuanto sabe que el tipo se ha propuesto la utopía de leer todos los libros existentes en la biblioteca, a fin de apropiarse de los conocimientos. Antoine Roquentin verá lo inútil de su tarea, como también la suya propia, y termina abandonando el estudio, dispuesto a regresar a París, a pesar o a propósito de conclusiones como estas: “M. de Robellón era mi socio: él me necesitaba para ser, y yo lo necesitaba para no sentir mi ser. Yo proporcionaba la materia bruta, esa materia bruta que tenía para la reventa, con la cual no sabía qué hacer: la existencia, mi existencia. Su parte era representar. Permanecía frente a mí y se había apoderado de mi vida para representarme la suya. Yo ya no me daba cuenta de que existía, ya no existía en mí, sino en él; por él comía, por él respiraba, cada uno de mis movimientos tenía sentido afuera, allí, justo frente a mí, en él; ya no veía mi mano trazando letras en el papel, veía al marqués que había reclamado este gesto, cuya existencia consolidaba este gesto. Yo era un medio de hacerlo vivir, él era mi razón de ser, me había librado de mí. ¿Qué haré ahora?”

El breve encuentro con Anny, viejo amor de juventud, será la gota que rebalse el vaso en la vida de Antoine Roquentin. Ella lo ha citado a París a fin de volver a verlo, poco antes de su decisión de abandonar su trabajo en Bouville. Antoine acude a la cita ilusionado, pensando en una posible reconciliación, en un reencuentro que podría rehacer su vida. Sin embargo, ya ha vivido la experiencia de la nada, y mirándola a ella, observando sus movimientos y sus palabras, concluye en la imposibilidad de retomar esa vieja relación. Tampoco Anny ayuda mucho, solo ha querido volver a verlo por última vez, le indica sin más explicaciones antes de verlo partir.

Desde luego, la narración apunta hacia otros tópicos de la filosofía sartreana. El descubrimiento de la nada, trae consigo el de la libertad. Y ese descubrimiento también contribuye a la angustia existencial. El hombre está solo en su decisión. No hay un bien ni un mal absoluto. No hay un Dios, por cierto para el existencialismo sartreano. No hay nada que lo guíe o le indique lo que hay que hacer. Ël se pone las reglas morales que hay que cumplir, y las que siempre podrá cambiar, como advertimos en la narración. El hombre, Antoine Roquentín está solo, solo consigo mismo. “Creo que soy yo quien ha cambiado; es la solución más simple. También la más desagradable. Pero debo reconocer que estoy sujeto a estas súbitas transformaciones. Lo que pasa es que rara vez pienso; entonces si darme cuenta, se acumula en mí una multitud de pequeñas metamorfosis, y un buen día se produce una verdadera revolución”.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Marzo 1998

Anuncios

2 comentarios en “Jean Paul Sartre: La náusea

  1. me parece excelente espero que tenga mas explicaciones de ésta obra o del ser y la nada ya que estoy interesado en la filosofía de sartre felicidades al autor de la reseña y a la distancia un agradecimiento intenso y un cálido abrazo desde culiacán sinaloa mexico

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s