Tirando manteca al techo, Roberto Alifano.

La novela Tirando manteca al techo de Roberto Alifano, discurre acerca de amores y correrías de un renombrado play boy  conocido como Macoco. Personaje perteneciente a la aristocracia argentina, hijo de uno de los estancieros más ricos del país durante los años de mayor bonanza económica de la República Argentina, cuando a juicio del narrador, el país gozaba todavía con el título de granero de Europa, capaz de proveer de carne y granos la pobreza y decadencia de los países en guerra. Gracias a la fortuna heredada y amasada por sus padres (don Félix Gabino de Álzaga Piñeyro y doña Ángela Unzué de Álzaga Gutiérrez Capdevila), Macoco dedica la mayor parte de su vida a vagar por Europa y los Estados Unidos conquistando mujeres famosas, o bien haciéndolas famosas gracias a su influencias sociales y al poderoso caballero don dinero que asiste cada uno de sus pasos y correrías. La historia está contada en segunda persona singular,  por un supuesto narrador amigo del protagonista, quien evocará la vida regalada de Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, alabando cada una de sus hazañas y conquistas a través de un diálogo directo con el personaje.

La lista interminable de amantes de Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, entre ellas las más grandes actrices del cine norteamericano de los años 30, tales como Ginger Rogers, Murray, Swanson, Greta Garbo, Rita Haywoorth, Claudette Colbert,  la mexicana Del Río etc., por momentos tal vez resulta inverosímil, no por causa del número excesivo de mujeres preciosas que el afamado Macoco es capaz de conquistar y poseer en su calidad de Don Juan millonario y generoso, sino por la falta de morosidad por parte del narrador para detenerse en algún pasaje concreto y preciso, perfilando lo que Flaubert llamaba la importancia de la escena. La velocidad narrativa del relato, por momentos semejante a la crónica periodística, lo hace pasar por alto momentos en que el lector necesita mayor precisión para darle suficiente credibilidad a la historia, a los hechos contados. Como sí ocurre, por ejemplo, al comienzo, cuando describe la entrevista y la invitación a cenar a su palacio del por entonces presidente de Argentina Juan Domingo Perón. Allí el narrador detiene la mirada y sabe poner muy bien a los personajes en un escenario concreto, imponiendo las clásicas coordenadas tiempos y espacio, lugar y circunstancia del formalismo kantiano, al punto que todo resulta completamente convincente para el lector, sea, o haya sido la situación, real o imaginaria. Otro momento logrado en la novela, precisamente por las mismas razones expuestas, ocurre cuando Macoco  invita al narrador a  conocer la casa de su hermano Felicito, quien, dicho sea de paso,  es uno de los personajes que ha venido generando mayores expectativas en el lector, acaso por constituirse en la antítesis del propio Macoco. Félix Saturnino Pedro José de Álzaga Unzué, Felicito o Peruco, interesa, interesa su vida y la novela pierde al no explotar esa veta. Una veta muy rica para establecer el contrapunto con el disperso protagonista, quien terminará dilapidando su fortuna en los más grandes escenarios sociales de Europa y los Estados Unidos.

Con todo, Tirando manteca al techo, es un relato de mucha entretención, y puede leerse de corrido movido por el interés que concita la vida de este controvertido Macoco, quien aparte del gusto por las mujeres, lo tiene también por el cine y los autos. Dos asuntos bien desarrollados en el relato, y que en términos generales dan cuenta de su historia y desarrollo. El paseo por las célebres amantes de Macoco, contribuye a entregar un perfil de la historia del cine norteamericano más exitoso. Los encuentros con Gardel, Borges, Adolfo Bioy Casares (primo de Macoco), Saint-Exupéry, Scott Fitzgerald, etc., dan también un toque de contingencia histórica a la vida de este niño bien, como nomina la sociedad argentina a sus aristócratas.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – enero del 2010

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