Pillip Roth, El animal moribundo,

Phillip Roth es un especialista en sexualidad. Freud estaría encantado de leer sus novelas. Es un tópico infaltable en sus obras, y en esta en particular, parece ser el centro  gravitacional.

En El animal moribundo, un profesor de 62 años se enamora de una joven de veinticuatro. Se vuelven amantes, como confiesa el profesor  haberlo sido también de un número impresionante de alumnas en el pasado. Pero de ésta joven se ha enamorado, asegura, al punto que luego de perderla, pasará los siguientes años sumido en la soledad y en una depresión producto de la separación, nos engaña el narrador, aunque después sepamos que se trata más bien de la consecuencia de su inminente vejez.

Consuelo, y vaya nombre que le ha puesto el irónico y mordaz narrador de Roth, es una joven norteamericana de ascendencia cubana. Estupenda, preciosa, sexualmente dotada como una afrodita moderna, según la descripción del profesor. Proviene de una antigua familia que, como muchas otras pertenecientes a la aristocracia cubana, tras la revolución de Castro, ha debido emigrar a los Estados Unidos, cargando esa respectiva nostalgia de los expatriados. Ha sido alumna de sus cursos, una alumna sobresaliente, y de la misma manera que dice haber enganchado a otras alumnas, termina emparejándose a ella, después de invitaciones al cine, al teatro, a su departamento de intelectual, además amante de la música clásica que también sabe ejecutar en el piano. Talento o habilidad que sirve  de gancho para hacer realidad sus sueños eróticos. Estamos, sin duda, frente a un Casanova de los tiempos modernos que seduce refinadamente a sus amantes antes de llevárselas a la cama.

Aquí, el narrador, como en otras novelas del mismo autor, no tiene escrúpulos para describir y detallar sus relaciones íntimas con la joven cubana. El narrador personaje despliega todas sus argucias para enfatizar sus goces y los goces propios de la relación carnal entre un hombre y una mujer, donde impera, desde luego,  el reino de los instintos, esa fuerza incontenible tan bien descrita y personificada por la mitología griega en Dionisos, el dios de la lujuria, el placer…

Tal vez no exista ningún otro autor actual mejor que Roth para describir el imperio de la lujuria, de la obscenidad, del morbo sexual, sin caer en la vulgaridad cercana a la pornografía en que caen otros autores fácilmente. Emprende la tarea dotado de la morosidad del filósofo para ir desbrozando el asunto, hasta introducirse en aquel espacio o dimensión de la mente humana donde lo supera todo el deseo, aquel instinto primitivo y motor de la vida. Pero no se detiene solamente ahí, desde allí surge su apuesta personal, su denuncia intelectual, Roth intenta además acotar el tema de la sexualidad desde la perspectiva de los cambios conductuales palpables en las nuevas generaciones, apuntando hacia la existencia de una indudable liberación, o hacia, efectivamente, hacia la liberación total de los instintos vivida por la mujer en los Estados Unidos a partir de los años sesenta a la fecha, incluidos, por cierto, también los del hombre, en tanto parte de la misma evolución. Desde la distancia en edad que lo separa de su joven amante, puede darse aquel lujo de teorizar al respecto, transformando su narración en un verdadero psicoanálisis del problema, acotando las diferencias entre las jóvenes de su época y las actuales, describiendo detalladamente los asuntos más íntimos y complejos. La referencia a los órganos sexuales no puede ser más directa y atrevida, acotándolos en sus formas y movimientos.

David Kepesh, el profesor, es divorciado y descree del matrimonio no sólo por la cuestión marital de la consabida monogamia impuesta por la religión y el Estado, sino también por sus múltiples maneras de atar las vidas humanas, las que van castrando, a su juicio, la personalidad de los individuos y ese derecho irrenunciable, para él, al placer. Le recomienda a su hijo Kenny el divorcio para solucionar sus problemas, pero éste, hombre de cuarenta y dos años,  se niega a dar ese paso aduciendo que con otra mujer, como la amante que ya tiene, será otra vez lo mismo.

La novela va así abordando las relaciones entre un hombre y una mujer, mostrando, por cierto, los reticulados más obscuros e íntimos de las cuestiones sexuales, las cuales endiosa este profesor hedonista y mordaz. Sin embargo, otros ángulos saltarán a la vista del lector tras el retorno inesperado de Consuelo a la vida del profesor. Y aunque la joven cubana regresa a contarle sus problemas, sólo a eso, le asegura, abre una puerta hacia una nueva dimensión de la realidad, aquella que corre oculta bajo la voluptuosidad y el deseo. Y aquí, la novela da un vuelco y recupera espesor temático, introduciendo aquel elemento sustancial en toda obra de ficción: lo inesperado. Lo inesperado también que está latente en la vida de los individuos a pesar de lo rutinaria que puede parecer en más de algún momento la existencia. Aquí, repentinamente, la narración nos remite a la vejez y a la muerte. Otros dos tópicos infaltables en la literatura de Philip Roth, y en realidad, de todos los autores, al decir de Jorge Luis Borges.  La muerte como el fin de todo, y de ahí, acaso, el deseo de David Kepesh de copular eternamente como una manera de combatir aquel fatídico final, ocultándolo invariablemente con la cultura del placer en que han devenido las nuevas generaciones de norteamericanos, en tantos seres que lo han conseguido todo, gracias el desarrollo económico alcanzado por los Estados Unidos, por el mundo capitalista en buenas cuentas, en contraste, por cierto,  con el socialismo impuesto como camisa de fuerza en otros lugares del mundo. Donde, a juicio del narrador, la felicidad no es más que un disfraz, como lo señala la escena de Tropicana con la que Fidel Castro muestra al mundo las celebraciones de Año Nuevo del esperado año 2000 en Cuba. Y esa es la arista política que toca también El animal moribundo, denunciando la realidad cubana a través de Consuelo Castillo. Pero, a su vez, dejando abierta la interrogante de cuál de los dos mundos puede ser mejor para vivir.

El juego magistral de contrastes establecido desde un comienzo entre una lozana  Consuelo y un hombre mayor, sirve de parapeto para cuestionar la lógica del sentido común, siempre presente en la conciencia, en tanto nos asegura aquel, que los más viejos deben enfermarse primero, morir primero que los jóvenes, naturalmente. Y aquí la narración da otra vuelta de tuerca que viene a justificar y a dar pleno sentido, o un sentido nuevo a la obra en tanto creación, literatura, arte. Philip Roth no deja cabos sueltos, no deja sus obras inconclusas, como proponen las estéticas posmodernas. Cierra el círculo hermenéutico de Heidegger: La obra se define por el artista y el artista por la obra.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Abril de 2011

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Un comentario en “Pillip Roth, El animal moribundo,

  1. lo original sería que el hombre mayor se enredara con una mujer de igual edad, quizá su opuesto total
    las mujeres maduras suelen ser realmente verdaderas comehombres y dejan marcando ocupado a jovencitos y maduritos jajaja
    hoy por hoy las mujeres maduras están lejos de ser lo que eran diez, quince años atrás, son independientes, activas , inquietas y super desprejuiciadas

    el argumento viejo-jovencita está trillado, sorry es una opinión al voleo

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