Playa de los ahogados, cuento de Miguel de Loyola

Los buzos vienen rastreando las aguas desde hace una semana, buscando el cuerpo del joven desaparecido. Han repasado dos veces el costado norte de la playa sin hallar nada, ningún indicio importante. Los arrecifes no les permiten un rastreo más minucioso tal vez, cuesta acercarse a ellos, porque las olas del océano Pacífico golpean a cada minuto las rocas con furia y estruendo desmedido, implacables en su consuetudinario ir y venir hasta reventar contra las rocas su champañazo de espuma. El cuerpo del joven puede estar enredado entre las algas, entre las algas de los arrecifes, se oye decir a la gente.  Pero nadie se atreve acercarse hasta aquel sitio, esperando el milagro que libere al joven de las ataduras marinas.

Ayer se supo que anduvieron los padres en la lancha de la gobernación marítima. Son jóvenes y parece que el adolescente desaparecido es el mayor de dos hijos. Recorrieron la bahía de la playa minuciosamente durante la mañana. Los marinos explicaron a los padres de esa corriente submarina que cruza por aquel sector. Una corriente capaz de arrastrar objetos y cuerpos hasta alta mar de un solo impulso, como una turbina. Las olas devuelven después los cuerpos hasta la orilla, pero no siempre.  Algunos se los traga el mar, o se los comen las jaivas,  cuando el cuerpo lleva muchos días sumergido,  han dicho los propios pescadores del sector, quienes conocen mejor que nadie los misterios y secretos marítimos.

A pesar del letrero de peligro, la gente, y particularmente los jóvenes, insisten en bañarse en aquella playa denominada de los Ahogados por lugareños y veraneantes. No hay temporada de verano que no mueran dos o tres personas en aquel lugar fatídico. Es como si los bañistas fueran analfabetos, incapaces de leer los avisos y las calaveras dibujadas sobre las rocas. Tampoco ven las pequeñas grutas levantadas a las animitas de los muertos por sus parientes. Hacen caso omiso y se tiran al agua desafiando la muerte. Hay quienes sostienen que en ese sector las aguas están embrujadas, y quienes la tocan, no resisten el deseo de avanzar, de seguir avanzando mar adentro. Al principio, el nivel del agua no supera los tobillos. Gradualmente va subiendo, pero se puede internar una persona por cerca de los cien metros sin que el agua cubra el cuerpo completo.

Este año ya van tres ahogados, y estamos recién a comienzos de febrero. El municipio está desesperado por la cantidad de veraneantes. Cada año aumenta la masa de personas en el Quisco. La cercanía con la capital, y el acceso a vehículos propios, contribuye al desplazamiento en masa hacia la costa. Durante los fines de semanas la población flotante se multiplica dos o tres veces, y en la playa grande no va quedando espacio para extender toallas sobre la arena.

Ayer bajamos temprano a la playa, antes de las diez de la mañana estábamos tumbados bajo el sol. El helicóptero de rescate apareció a los pocos minutos. Lo encontraron, se oyó decir, lo encontraron enredado entre las algas de los arrecifes del costado sur, tal y como sospechaban los expertos. La gente comenzó a agolparse frente al lugar. La voz se corrió hasta los rincones más apartados del balneario, causando la expectación de un funeral importante. El equipo de rescate lanzó una balsa de plástico al mar, y los tipos bajaron por una cuerda desde el helicóptero. Avanzaron luego con la balsa hasta los arrecifes, manteniendo el punto de apoyo en la cuerda pendiente desde el helicóptero. El cielo estaba azul momentos antes, pero poco a poco comenzó a teñirse de gris, como si la situación provocara un repentino cambio de clima. Las nubes cubrieron el cielo, y la gente comenzó a sentir frío, como si el frío de la muerte se apoderara de la atmósfera. Dos buzos sujetándose de la cuerda del helicóptero consiguieron subir al cuerpo del joven en una camilla, la que luego fue levantada por la roldana lentamente hasta las entrañas metálicas de la nave. La gente miraba el espectáculo sumida en el más absoluto silencio. Después subieron los buzos como arañas por la cuerda colgante, y finalmente recogieron desde el cielo también la balsa de plástico y se fueron en dirección a San Antonio, probablemente al hospital, donde el servicio médico legal haría el peritaje o la certificación correspondiente.

El balneario quedó durante varios minutos paralizado y silencioso como una tumba, pero poco a poco comenzaría a recuperar su rutina de balneario veraniego. Los niños serían los primeros en quebrar el silencio con sus risas y gritos, y las bandadas de gaviotas también harían lo suyo cruzando el cielo en formación militar perfecta y dando sus característicos graznidos. Los vendedores de la playa vestidos en trajes blancos reanudaron sus paseos de punta a punta, y al cabo de una hora ya todo el mundo estaba otra vez bañándose como si nada hubiese pasado aquel día.

Los tres jóvenes habían llegado a la playa de madrugada, después de haber pasado parte de la noche bebiendo en una discoteca, como es costumbre ahora entre la juventud. Se tiraron al mar para despejarse, dijeron los dos sobrevivientes. Estuvieron largo rato de pie desafiando las olas en la orilla, pero cuando tomaron confianza, se pusieron a nadar, cruzando el rompe olas. Allí estuvimos largo rato nadando sin adentrarnos muchos metros mar adentro, pero de pronto nos agarró la corriente. Joel comenzó a pedir ayuda, y Claudio acudió en su ayuda. Consiguió devolverlo hacia la costa en una ola. Pero Claudio no pudo volver, tal vez agotado por el esfuerzo, quiso descansar unos minutos flotando a la deriva, confiado en su destreza de nadador, acostumbrado a ganar torneos en la piscina. Ese fue su error, la corriente lo agarró con toda su fuerza y lo lanzó más de cien metros mar adentro de un solo impulso. Fue un instante increíble, sobrenatural. Quisimos ir por él, pero las olas aumentaron su frecuencia reventando una tras otra con la furia más profunda. Nos dio miedo, comenzamos a gritar, a pedir ayuda, pero nadie se atrevía a internarse en el mar. Después, lo perdimos de vista. Creíamos verlo flotar a unos doscientos metros mar adentro, pero sólo era un espejismo, a Claudio se lo tragó el océano.

Ayer hemos visto otra vez a los padres del joven desaparecido allí en la playa de los Ahogados. Primero llegó la madre, preguntando por su hijo, por Claudio,  si lo habían visto, interrogó. Al rato después apareció el padre con un niño no mayor de cinco años montado a caballo sobre sus hombros.  El padre llevaba colgando del cuello unos anteojos larga vista. Lo encontraremos, no te preocupes, lo encontraremos, le dijo a la mujer, mientras ella enfilaba por la orilla de la playa con la vista perdida entre las olas y arrecifes. Pobrecita, comentó, ha perdido el juicio. En tanto el niño comenzaba a llorar desconsoladamente gritando hacia las olas el nombre de su hermano desaparecido, como si el mar pudiera oír sus gritos.

Miguel de Loyola – Febrero del 2010

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