Ernesto Livacic. Fue mi tutor, fue mi maestro.

Tuve la fortuna de tener a Ernesto Livacic como tutor de la carrera. Por ese entonces, año 1977, los alumnos de Pedagogía en Castellano de la Pontificia Universidad Católica de Chile, teníamos el privilegio de contar con la asesoría personalizada de un profesor  preocupado de nuestros avances y retrocesos en los estudios, y también guía en los asuntos personales, de acuerdo al grado de empatía alcanzada, luego de las entrevistas respectivas.  Ignoro si hoy día las universidades entregan esta asistencia a sus alumnos fuera de las horas de clases, como ocurría en esa época. Situación que al principio, debo confesar, dada la rebeldía natural de la juventud, y el momento histórico que vivíamos, nos incomodaba, nos extrañaba sobremanera a quienes proveníamos del liceo público que alguien se preocupara de nuestros asuntos.  Sin embargo, luego de una primera entrevista, comenzábamos a ver, y andando el tiempo, a reconocer la importancia de esa ayuda y orientación brindada por un profesor de la más vasta trayectoria, como era el caso de Ernesto Livacic Gazzano, y de la mayoría de los profesores del Instituto de Letras que brindaban a los estudiantes la misma asesoría. Por cierto, a Ernesto Livacic, lo  conocía de nombre, por sus textos de estudio para la Enseñanza Media. Por eso mi sorpresa no pudo ser mayor al saber que sería mi tutor, y que tendría  la posibilidad de establecer relaciones personales desde el comienzo de los estudios de Pedagogía.

Ernesto Livacic tenía la impronta del hombre erudito, del profesor, del Maestro.  De trato afable y reflexivo, siempre dispuesto primero a escuchar antes de entregar su opinión. Un verdadero amigo de sus alumnos, pero que sabe guardar las distancias correspondientes, muy convencido de su quehacer, y empeñado en abrir esa cerradura mental característica de los estudiantes de todos los tiempos; quienes,  habiendo leído apenas unos cuantos libros, se sienten muy tempranamente dueños de la verdad y con ella pretenden cambiar el mundo. Fue él quien me dijo, para mi asombro y total estupor, en una de las tantas entrevistas que  tuvimos a lo largo de la carrera, y a propósito de mis lecturas, que un hombre culto no leía menos de cien páginas diarias. Él, por cierto, las leía, y cuando me tocó el honor de ser su ayudante en el curso de Novela Contemporánea, curso que dictaba  semestre por medio como ramo Optativo, saliendo así de sus clásicos cursos de Literatura Medieval, muchos quedaríamos asombrados de la actualidad de sus lecturas.

Ernesto Livacic era un lector extremadamente acucioso, uno lo relacionaba de inmediato con los Clásicos españoles, con los grandes estudiosos de la lengua castellana, como Menéndez Pidal, Azorín, Ramiro de Maeztu, Unamuno… Un profesor convencido de la importancia y necesidad de la lectura acabada de los textos, y, atención, siempre se las ingeniaba para que sus alumnos leyeran los libros completos, fueran éstos de cien o quinientas páginas. Para conseguirlo, en las pruebas y exámenes algunas de sus preguntas apuntaban a detalles mínimos, que sólo podían contestar aquellos estudiantes que verdaderamente habían leído el libro. Es decir, le importaba más evaluar y medir el nivel concreto de lectura, que hacer preguntas donde la subjetividad y la palabrería permite a muchos obtener buenas notas, aunque jamás hayan terminado un libro. Cabe preguntarse qué pasaría hoy día con aquellos alumnos que extraen de internet resúmenes y jamás se entregan a la lectura de un libro completo, si estudiaran o estudian Pedagogía.

Recuerdo a Ernesto Livacic siempre pulcramente vestido, de terno, corbata, y camisa blanca, a veces conversando en el patio central del Campus Oriente con algún colega o bien con sus alumnos, a veces fumando cigarrillos mediante una de esas boquillas que por un tiempo se usaron para evitar la nicotina. Aunque siempre de aspecto circunspecto, de modales refinados, lacónico y asertivo en el lenguaje, pero abierto al diálogo, capaz de comunicar lo esencial y de abrir caminos para lograr la ansiada comunicación.  Sostuvimos durante esos años largas conversaciones relativas a la carrera, pero la gran mayoría referidas a mis inquietudes literarias, y siempre obtuve de su parte el mejor consejo, y la seguridad más absoluta de que en verdad se daba el trabajo de leer mis textos, por buenos o malos que le parecieran. La prueba más contundente estaba no sólo en que no dejaba  pasar ni una sola falta de ortografía, sino en el comentario más acabado referido al contenido de los mismos. Fue a él a quien enseñé mis primeros proyectos literarios en la universidad, motivado por aquel nivel de confianza e intimidad mutua que supo dar desde un comienzo a la relación profesor- alumno. Tomaba muy en serio tales lecturas, y parecía entusiasmado frente algunos de mis escritos.

En una oportunidad, cuando el afamado escritor José Donoso, por aquel entonces recientemente reinstalado en Chile, visitó nuestra universidad invitado por el Centro de Alumnos del Instituto de Letras, en un momento de la conversación sostenida en el pasillo entre el profesor Livacic y el escritor José Donoso luego de finalizada la conferencia, recuerdo ahora que en un instante inesperado, y en medio del tumulto de estudiantes en torno a José Donoso, don Ernesto tuvo la gentileza de presentarme ante el afamado escritor chileno auto exiliado en el extranjero por más de una década, nada menos que en calidad de joven promesa de las letras chilenas. Desde luego, estrechar la mano de un escritor admirado y tantas veces estudiado en esas aulas, incluso en aquel curso de  Novela Contemporánea dictado por el propio profesor Livacic. y donde recientemente habíamos leído su controvertida novela  El Obsceno pájaro de la noche, me dejaría varios segundos completamente mudo y perplejo, sin hallar qué decir frente a un escritor que para los estudiantes de literatura de aquellos años constituía un mito. Años más tarde, ya egresado y recibido como Profesor de Estado mención en Castellano, que así rezaba el título, tendría el privilegio de ingresar al Taller Literario de José Donoso en calidad de alumno, luego de una postulación a través del por entonces Instituto de Humanismo Cristiano. Es posible que sin esa intervención de don Ernesto Livacic, allí en el pasillo del segundo piso del Campus Oriente, jamás  hubiese cruzado por mi mente la idea de postular a un Taller Literario añorado por la mayoría de los noveles escritores de aquel lejano entonces.

Muchos años después de haber egresado, volvería a visitar a Don Ernesto Livacic en su oficina en el Campus Oriente, motivado por la idea de cursar el Magister en Letras que había comenzado a impartir la Pontificia Universidad Católica de Chile. Necesitaba dos cartas de recomendación como requisito básico para la postulación, y, por supuesto, en quien primero pensé fue en él. Me acogió esa mañana con la misma cordialidad de aquellos años juveniles, como si el reloj del tiempo no hubiese corrido un segundo. Don Ernesto estaba tal cual la última entrevista, sonriente y saludable. Los diez años transcurridos a la fecha habían pasado sin dejar indicios. No puso ninguna objeción a mi solicitud, por el contrario, se alegró con la noticia y me instó a cursar los cursos, y a retomar la carrera. La otra carta me la prodigó José Donoso, a quien también acudí a pedírsela, muchos años después de haber abandonado su Taller.

El regreso al campus Oriente –diez años después- a estudiar el Magister en Letras con mención en Literatura, proporcionó el tiempo y el espacio suficiente para el reencuentro con don Ernesto, a quien volvería a visitar otra vez en reiteradas ocasiones en su oficina, y aunque no volví a tenerlo de profesor en ninguno de los  cursos del Magister, retomamos la amistad y la conversación. Fue él quien  primero quiso saber por el destino que habían tomado  mis escritos, y se interesó generosamente por  leerlos. Por entonces, no me hubiese atrevido a solicitarle aquel trabajo extremo de tener que leer los escritos de otro, pero él volvería a hacerlo con la misma generosidad y rigor de aquellos años en que fuera mi tutor de carrera. Le agradecí mucho esa generosidad, y la agradezco todavía, cuando los individualismos apenas nos permiten o nos dan tiempo para pensar en el otro. Tras la publicación en el año 1999 de mi la novela Despedida de Soltero, a Don Ernesto Livacic fue a quien primero se la llevé, y a los pocos días me contestó formalmente, por correo, una carta donde exponía su opinión al respecto. Dicha carta la conservo todavía como un tesoro, y podría servir de  testimonio de la formalidad de su persona. Esa formalidad y compromiso se ha perdido hoy en Chile, y muy pocos, o ninguno, se siente comprometido a devolver una opinión cuando un escritor le entrega su libro.

Sin duda, Ernesto Lívacic era un hombre de su tiempo, abrazaba compromisos e ideales que la modernidad poco a poco ha ido desintegrando,  dejando un enorme vacío de valores y principios. Mi alegría no pudo ser mayor cuando el Estado de Chile le otorgó el Premio Nacional de Educación, porque ese era su ser esencial, recuerdo haberle enviado un telegrama expresándole dicha alegría. Don Ernesto Livacic Gazzano fue siempre un educador, un hombre cuya máxima preocupación estaba puesta en educar, y a esa empresa magnífica y muy pocas veces comprendida, dedicó su vida. Veía en la educación el único camino o  posibilidad de salvar al hombre de la ignorancia y de la ignominia. Y cuánta razón tenía, y tiene todavía.

 * En Homenaje a Ernesto Livacic Gazzano, de la Academia Chilena de la Lengua y la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Miguel de Loyola  – Santiago de Chile – agosto de 2011

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2 comentarios en “Ernesto Livacic. Fue mi tutor, fue mi maestro.

  1. Miguel, me he paseado por tus letras con entusiasmo y admiración, siempre he admirado tu capacidad de lectura, cómo engulles los libros, tantas palabras deambulando por tus venas, me pregunto si no se atorarán en las venas… Gracias por permitirnos un espacio como este. Un saludo de una compañera en el camino de las letras.

  2. Emociona esta carta que parece dirigida a la red, pero que habla desde el espacio tan íntimo de una sola habitación; la de las relaciones de reciprocidad, la generosidad con la que nos prodigan a veces los demás y “nos obligan” con su comportamiento a corresponder de una u otra manera con el joven inexperto que llamará a nuestra puerta.

    Un saludo desde los mares de Extremadura.

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