La expectación ante la llegada de los cadáveres de los bomberos arrollados por un camión en la carretera entre Talca y San Clemente. Miguel de Loyola

La noticia del accidente enluta al pueblo desde muy tempranas horas de la mañana. Cuatro bomberos del cuartel de San Clemente han muerto en un violento choque en la carretera Longitudinal, dice la noticia repetida varias veces por la voz trémula del locutor radial. Torres, Valdivia, Zambrano y Pavéz, puntualiza, sin entregar los nombres completos de los desafortunados. De los cuatro ocupantes del automóvil marca Fiat, modelo 600 en que regresaban esa madrugada al pueblo, no se salvó ninguno.

El enorme camión con acoplado les pasó por arriba, comentan en la calle algunos, muy seguros de lo que dicen, aunque sin haber sido testigos oculares del accidente.  Son cerca de las nueve y todavía no pueden sacar los cuerpos de los ocupantes, aplastados entre hierros y latas, como quedaron después del violento impacto, señala otro boletín de la misma emisora radial de Talca, transmitido minutos más tarde.

Hay conmoción general en la calle principal. La gente está asustada tras la noticia. Cruzo hacia el frontis de  la iglesia donde el párroco se encuentra reunido junto a un  grupo de personas, mientras pasan al trote por Alejandro Cruz dos perros con sus orejas levantadas, advirtiendo la rareza inusual del ambiente a esa hora de la mañana. Las nubes plomizas permanecen quietas en el cielo, estacionadas esperando algún agujero por donde derramar sobre la planicie de los campos y tejados esos litros de agua cumulada en sus vientres. Me quedo oyendo a pocos metros la conversación del sacerdote, los aspavientos teatrales de doña Rosita son siempre impresionantes, y los comentarios de la señorita Herminia, dependienta de la farmacia, producen mucha gracia cualquiera sean las circunstancias. Se espera la llegada de los cuerpos, aseguran después ambas al unísono, se espera la inminente llegada de los cuerpos de un momento a otro, padre.

Un accidente horrible ha ocurrido en la carretera entre Talca y San clemente, un camión del fundo El olivar pasó por encima del fiat 600 conducido por unos bomberos cuando viajaban esta madrugada de regreso a la localidad de San Clemente, repite un locutor de alguna emisora talquina y cuya voz arranca el viento hacia la calle por donde transito en silencio, recordando los rostros vivos de quienes ahora dicen están muertos. Torres, Valdivia, Zambrano, Pavéz, a quienes los visualizo claramente, para nadie aquí pasaban desapercibidos. Torres, el peluquero, Valdivia el hijo mayor del carnicero, Zambrano el domador de caballos…

El camión iba hasta el tope de remolacha rumbo a Santiago, desparramando incluso algunos tubérculos por el camino cuando enfrentaba las curvas más cerradas. El chofer del camión terminó ileso, aunque preso a estas horas en la Tenencia de Talca, nadie ha podido confirmar si se trata de Morales, Rodríguez o Acevedo. Los tres choferes de don Raimundo, aunque también se habla de un chofer  recién llegado, afuerino, proveniente de la capital, y quien no estaba todavía acostumbrado a los peligros del camino, a esas curvas sin peralte, como las dejaron cuando pavimentaron los municipaes.  Pero debe ser Rodríguez, remata la señorita Herminia finalmente, porque la tarde anterior lo vieron en Talca rondando la 10 Oriente, por la calle de  las Sotas, agrega esbozando una sonrisita cáustica. Andaba recién pagado, y con el veneno joven de la carne metido en la sangre vieja, padre.

Las mujeres del pueblo comienzan a preparar la inminente llegada de los bomberos cortando flores de sus jardines.  Otros giran en torno al perímetro rectangular de la plaza haciendo rememoranzas de los siniestrados, destacando la gentileza del peluquero, la fortaleza física del hijo del carnicero para descargar el camión de la carne, la  maestría de Zambrano para domar animales, la calidad humana del profesor Pavéz…

Los cuerpos vienen en camino, los trae el carro bomba, anuncian. De la funeraria de los Rojas han visto salir las urnas vacías hasta el mismo lugar del accidente. No hay nada que hacer, no tiene sentido llevarlos a la morgue, los cuerpos están despedazados, destrozados tras la violencia del impacto. Es lo que sostienen y se discute también durante la mañana. Nadie podrá volver a ver sus rostros, aseguran a cada instante.

Las horas corren lentamente, transcurre el mediodía y nada. No llega el carro cargando los cuerpos. La gente se impacienta en la plaza después de las dos de la tarde, se levanta un murmullo de voces semejante al correr de aguas sobre un lecho de piedras. Los caballos de quienes han llegado al pueblo a noticiarse desde las afueras, apenas aguantan la montura en sus lomos a esa hora de la tarde. Azotan el viento con sus colas electrizadas, agitan sus cabezas en señal de protesta, se mueven de sus puestos reculando las patas de manera alternada. Alguien hace restañar de vez en cuando una fusta y las bestias pegan el correspondiente resoplido por sus narices enguantadas, aquietando sus nerviosos movimientos por un rato.

Son las cinco. Las cinco de la tarde. Ahora ya es seguro que vienen en camino. Alguien lo confirma a viva voz. Alguien ha visto la caravana después de ir a su encuentro en bicicleta.  Vienen, aseguran, y yo bajo del corredor a la calle dando un salto, y luego me encamino tímidamente otra vez hacia la plaza, de donde acababa de regresar  momentos antes. Mamá continúa rezando en la iglesia junto a otras mujeres de su misma edad. Oigo el murmullo y las piadosas letanías cuando me asomo a un costado de la sacristía para asegurarme que se encuentra bien.  El olor a incienso y a flores encerradas me azota otra vez las narices como una bofetada, a penas puedo soportarlo, todavía me recuerda el último velatorio en casa, tras la muerte de mi anciano padre. Las flores recocidas en los floreros de vidrios, las flores exudando sus excremencias durante el transcurso interminable de la noche, y aquel calor nauseabundo de ambiente remojado por la nostalgia.

Repentinamente se oye a lo lejos el triste ulular del carrobomba, repentinamente el cielo comienza a resquebrajarse por causa de la música funeraria, del lastimoso gemir de la sirena. Caen los primeros goterones, gruesos, abundantes, cuajados de nostalgia, ensopando las calles y los techos. Luego se oye el repique suave de la lluvia blanda sobre los tejados de barro, bruñidos por la humedad constante del invierno. Se oyen gemidos dolientes en medio del quejido de la sirena. El carro bomba enfrenta ahora repentinamente la calle Alejandro Cruz en dirección hacia la plaza. Va a dar la vuelta, dicen, va dando la vuelta muy lentamente frente al campanario de la iglesia, antes de llevar los cuerpos al cuartel de la compañía donde serán velados. Siguiendo aquel clásico protocolo bomberil, los cuerpos tendrán su guardia de honor hasta el momento mismo del entierro.

La gente se amontona a un costado de la plaza y observa el paso lánguido del carro bomba, el color rojo refulgente de sus latas se atenúa luctuosamente en medio del gris que ha terminado por teñir la tarde. Las campanas de la iglesia repican afiebradas cuando los cuerpos pasan frente a la torre del campanario, una paloma bate alas en medio del silencio que se instala bruscamente, entre el gemir de la gente y la sirena. Nadie puede ver las urnas desde la acera, pero los muertos van allí custodiados por algunos bomberos uniformados y circunspectos.

El carro pasa y la multitud se disuelve muy lentamente, como esos círculos concéntricos que se desprenden del agua después de caer una piedra al centro. Los más osados  siguen el carro hasta el cuartel, quieren ayudar a bajarlos, quieren dar comienzo al velatorio donde ya todo se encuentra debidamente preparado. Los cirios encendidos, la guardia de honor, las banderas para cubrir las urnas, los estandartes de la compañía, los antiguos bronces recién bruñidos del cuartel provinciano. El espacio calculado para depositar cada uno de los féretros en el orden perfecto dentro de la cuadratura militar del recinto. El romerío de gente comenzará apenas instalen los féretros. En unas horas más pasará el pueblo entero mirando las urnas emplazadas en el interior del espacio, imaginando el rostro destrozado de los difuntos, sus miembros mutilados, sus órganos masacrados, sus huesos resquebrajados…

Al día siguiente, los cuerpos son trasladados a la iglesia. El cortejo fúnebre adquiere dimensiones descomunales aquel mediodía al interior del pequeño poblado. Caen los telones de la aldea triste y desolada, de calles estrechas y casas de adobe abrazadas hombro con hombro por largas cuadras. Se elevan los follajes de los plátanos orientales en sus troncos semi despellejados, y se abre el horizonte hacia la infinitud de la historia, hacia los campos extensos de Lircay. Desfilan ahora en la vanguardia los circunspectos bomberos en traje de parada, pantalón blanco, casaquilla roja, relumbrando sus cascos negros-plateados en medio del movimiento esquemático de la marcha, resuenan sus botines cual ejército romano sobre el empedrado milenario, el redoblar de tambores de la banda militar apostada a un costado de la plaza y sus bronces reverberando bajo la luz violácea de la tarde, se oye el resoplido agudo de las trompetas de Alejandro Magno anunciando la victoria sobre los Persas, el temible resonar de cascos de caballos, se anuncia la entrada triunfal de Julio César en Roma tras su regreso de España…  El ambiente se torna apoteósico en la calle, la iglesia adquiere las dimensiones colosales de una catedral renacentista, el viejo cura párroco se transfigura en Cardenal vaticano exhortando a los feligreses a combatir el mal en la tierra, los carabineros del retén policial se transforman en un ejército desfilando frente a los cadáveres, las madres de los mártires van ahora tras los féretros derramando las sublimes lágrimas, la novia de Zambrano pasa abrazada junto a sus hermanas, la mujer de Torres lleva al niño en sus brazos, la de Valdivia dicen que se ha quedado en casa a punto de parir, la del profesor avanza enteramente de negro en medio del gentío agolpado a la salida de la iglesia.

El desfile continúa lentamente cruzando la plaza, avanzando hacia la salida del pueblo, siguiendo a paso cansino la cureña que lleva los cuerpos en dirección inequívoca a la última morada. La historia del accidente comienza así a cerrarse lentamente, hundiéndose poco a poco, lo mismo que las urnas en el panteón de los bomberos, mientras el carro de la compañía bruñido de rojo refulgente, libera un último gemido desgarrador antes de apagarse su llanto.

Miguel de Loyola – cuentos inéditos – año 2009

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Un comentario en “La expectación ante la llegada de los cadáveres de los bomberos arrollados por un camión en la carretera entre Talca y San Clemente. Miguel de Loyola

  1. has retratado muy bien la congoja y el desespero, la incertidumbre y todo el sentimiento que se agolpa en una situación así
    llevas muy bien el hilo narrativo
    un cuento desafortunado y triste, pero muy real en nuestros caminos y vías internas

    un abrazo y feliz fin de semana Miguel

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