El llamado de lo salvaje, Jack London

En El llamado de lo salvaje, Jack London recrea brillantemente el mundo instintivo, el mundo animal, proyectado en la figura de Buck, el perro protagonista de la historia. Hay en este relato, desde luego, alegoría, la descripción de una realidad que remite a otra, a la cual se busca retratar. Buck representa al hombre, a su psiquis, y más concretamente,  al sector de la psiquis que llamamos inconsciente, aquella sección inabordable y oscura de la mente humana donde Freud  escarbó por primera vez usando el psicoanálisis, y donde suponemos, radica el fondo vital de la vida.

La novela se puede leer como novela de aventura. Y así la leemos la primera vez, y resulta de sumo entretenida a la edad escolar. Se trata de la vida de un perro que es robado a sus amos para ser vendido a unos traficantes que a su vez harán un buen negocio tras su reventa, en una época en que comienza la llamada fiebre de oro en los Estados Unidos, y se necesitan perros fuertes y vigorosos como Buck, para arrastrar los trineos por esas heladas y nevadas tierras árticas. La historia resulta muy conmovedora, veremos a Buck pasar penurias, acaso las mismas o parecidas penurias que pasan los hombres en su recorrido por la vida, tras verse o dejarse transformar en animales de tiro por causa de sus propias necesidades o por las de otros. En el relato se dan las coordenadas descubiertas por Cambell en su clásico estudio sobre el mito del héroe. La historia de Buck cumple todas esas características, y calan el alma del lector, no sólo sus penurias, sino también sus alegrías y sus furias.

El recorrido del trineo arrastrado por Buck permite al lector tomar conocimiento de la escabrosa geografía de aquel apartado lugar de los Estado Unidos de Norteamérica, cerca de la frontera canadiense, zona próxima al río Yukón, y donde se encontraron los yacimientos que dieron origen a la fiebre del oro y al calvario del héroe del relato. Pero lo más interesante está en la descripción de los personajes, tanto de los perros de tiro que conforman el equipo de Buck, como la de los distintos amos por los que van pasando, en la medida en que se deprecian en su calidad de trabajadores. La crueldad de los hombres es comparable a la de los animales. Incluso, en más de alguna escena, nos resultará todavía peor, si nos acercamos a ella mediante la lupa de la razón. El hombre, parece decirnos abiertamente el relato, es perverso, el animal, también lo es, pero la diferencia está que en el primer caso lo es de manera racional y en el segundo, irracional, inconsciente. Uno tiene clara conciencia de lo que hace, el otro no, actúa sólo por instinto. La sociedad protectora de animales encontraría numerosos argumentos en estas páginas para apoyar sus preceptos.

Pero vamos a la segunda lectura de la novela, la que uno hace pasada cierta edad, cuando está en una etapa de relectura de textos que nos agradaron en el pasado y que casual o deliberadamente volvieron a caer en nuestras manos. Mi interés está puesto ahora en la indagación que hace Jack London del inconsciente, en tanto fondo vital y preservador de la vida. Buck defiende la suya, y estará dispuesto a matar por ella, cuando el hambre, la sed o el miedo amenacen su existencia. He ahí la evidencia más clara del instinto natural de preservación de su especie, y de las especies, incluida la nuestra. La llamada de lo salvaje viene a ser un reconocimiento y aceptación de esa realidad que es el sustrato del existente, y que Buck muy bien representa. Aprende cualquier cosa con tal de preservar su vida. Hay desde luego, una defensa y valoración de la misma que viene a cuestionar soterradamente la blandura en que caerán las nuevas generaciones como consecuencia de los facilismos tecnológicos. Buck entiende desde un comienzo que su deber es resistir, permanecer vivo, cualquiera sea el sacrificio. Y se dejará domar, y asumirá su trabajo de perro de trineo con la misma dignidad con que los hombres asumimos nuestras obligaciones, pero siempre estará latente en su personalidad el llamado de lo salvaje, el deseo de volver a ser lo que alguna vez fue en el pasado, detrás de muchas generaciones de su misma especie que fueron domeñando sus instintos hasta convertirlo en un animal doméstico, capaz de obedecer y remitirse a las normas. Es decir, siempre oirá en su interior las voces primigenias, aquellas que en nuestro caso presumimos ocultas en el inconsciente, y que nos permiten sobrellevar la existencia aún sabiendo que, al decir de Heidegger, somos seres para la muerte. Podemos preguntarnos, y de hecho nos preguntamos tras la lectura de esta novela: ¿Si no existiera ese fondo vital, si a lo largo de los siglos la cultura lo hubiera  suprimido del todo, qué sostendría al hombre sobre la tierra?

Impresiona la versatilidad de Jack London para tratar los más diversos temas en sus innumerables novelas. Y en esta, el conocimiento acabado de las pericias y peripecias de los perros esquimales arrastrando las pesadas cargas de los trineos, sumada a la descripción minuciosa de los animales y las distintas personalidades de sus amos, y de la geografía del lugar donde se mueven. Pero sobre todo, ya lo dijimos, la súbita incursión en el mundo de lo no simbolizado, que Lacan, llamó lo real, para separarlo de la realidad, aquella que la razón ha venido simbolizando a lo largo de la cultura y la civilización. Buck, el héroe, el protagonista de la historia, oye una y otra vez aquel llamado de lo salvaje, aún desde su manifiesta domesticación y poco a poco, lo veremos incursionar en ella, movido por aquel deseo oculto, de volver a las raíces, de volver al estado más primario y todavía latente en su ser, donde se presume, y esto parece implícito en el relato, puede hallar la felicidad que no ha conseguido en su actual situación, aún bajo el alero de un amo generoso como John Thornton.

La llamada de lo salvaje culmina siendo así, un canto a la vida, al encuentro con la primacía del ser, con el motor de esa voluntad de poder que nos permite seguir viviendo, a pesar de las angustias, los problemas, y de conocer nuestro destino fatal. Y hay, desde luego, mucho de Nietzsche en el relato, un autor cuya lectura para London fue siempre esencial.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Noviembre del 2011

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Un comentario en “El llamado de lo salvaje, Jack London

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