Santa Evita, Tomás Eloy Martínez

La novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez, sumerge al lector en la escabrosa y alucinante historia referida al cuerpo embalsamado de Eva Duarte,  durante esos años misteriosos que pasara clandestino, sin concretarse su definitiva sepultación. El relato cubre parte del proceso llevado a cabo por el doctor Pedro Ara para embalsamarlo, hasta su desaparición en una tumba anónima del cementerio de Milán, antes de terminar finalmente en el camposanto de La Recoleta, no sin antes pasar una temporada en la quinta de Perón en Madrid. Otro hecho espeluznante, después de llevar más de quince años muerta.

Resaltan en el relato sus celadores, particularmente la personalidad el coronel del Servicio de Inteligencia Carlo Eugenio de Moori Koenig, a quien tras la caída de Perón el nuevo gobierno encomendó el cuidado del cuerpo de la difunta, y sus colaboradores, Arancibia, Galarza y Fesquet, quienes terminarían igualmente enamorados o locos por el cadáver, como el propio coronel. En otro registro resalta también doña Juana, madre de Evita, y se impone como personaje literario, toda vez que es retratada como madre particular en quien se encarnan los valores universales de la maternidad, como el talante y el valor para defenderse y defender a sus hijos. También destaca Juan Duarte, el padre de Eva, en tanto personaje muy secundario, quien en una de las últimas escenas de la obra cobra acaso inusual interés por el logro magistral de la escenificación alcanzada por el escritor en ese capítulo. Hay otros, desde luego, hay una lista innumerable de personajes que pululan por la novela despertando el interés del lector, pero los mencionados son en definitiva a quienes ilustra y perfila mejor el narrador.

Sabemos de antemano que la historia real, en este caso, se parece en mucho a la ficción creada por Tomás Eloy Martínez respecto al caso en cuestión, pero resulta muy difícil, o mejor dicho inútil, a la vez de imposible, separar la realidad de la ficción. Y aquí repito el epígrafe que encabeza el capítulo 4, tomado por Eloy Martínez de El crítico como artista, de Oscar Wilde: “el único deber que tenemos con la historia es reescribirla.”  Y es exactamente lo que acurre en la novela. Santa Evita, termina siendo un canto a la literatura, ya por el estilo y por la forma dada a la obra por su autor. Estamos frente a una novela que viene a reivindicar el género, no sólo por el interés en sí mismo que el tema relatado despierta en los lectores contemporáneos, conocedores de la historia real, de la Eva de carne y hueso al frente de las masas junto al general Perón, sino más bien por la composición literaria de la misma. Podemos preguntarnos, y de hecho nos preguntamos,  si en el futuro, las generaciones que desconozcan los hechos reales, no caerán rendidas a los ardides del escritor, como ocurrió con Madame Bovary. Flaubert, sabemos, transformó una historia real bastante más modesta, en una obra inmortal, gracias al arte de la literatura.

Ahora bien, hay desde luego muchos asuntos interesantes de tocar en la novela, porque la historia no se agota ni se agotará tras su lectura, y dejará flotando en el imaginario del lector el asombro frente a los hechos acaecidos en torno al cuerpo de Eva Perón. Pero hay uno que tal vez resulte clave para la transformación de esta realidad en ficción, y que a mi entender radica en el manejo magistral de la necrofilia, en aquel interés morboso, instintivo, de un pueblo, de una nación, y particularmente de los personajes de la novela por la posesión del cuerpo de la difunta, el que aquí termina siendo glorificado. Esta situación nos permite internarnos en el misterio del inconsciente, en aquella apartada región del mundo no simbolizado por la razón y de donde surge el instinto vital de conservación de las especies. La curiosidad y las ansias de eternidad que manan de aquel sector del alma humana, terminará por transfigurar la imagen de Eva Duarte de Perón en un ser mitológico, simbolizado en un cadáver que no estará en paz hasta la consumación total y definitiva de su sepultación.

La locura del propio Pedro Ara por terminar su obra, es sin duda el primer eslabón de la cadena de necrofilia desatada por el cuerpo de la difunta. Aquel interés demencial por transformar el cadáver de Eva Duarte de Perón en una muñeca capaz de cruzar la eternidad en su estado natural, contiene, desde luego, un grado de  morbosidad altamente cuestionable para la psiquiatría, lo mismo la que padecerán o gozaran sus celadores posteriores, igualmente enamorados del cuerpo de Evita. Pero allí, y acaso sólo allí, en esa morbosidad, en esa evidente anormalidad, es posible advertir lo más grandioso del instinto del alma humana por salvaguardar un pedazo de la efímera existencia para la eternidad. Aquel deseo inherente a la existencia misma, transfigura el cadáver en  un cuerpo celestial y Tomás Eloy Martínez consigue darle eternidad a Eva Duarte como personaje literario, alcanzando en su logrado relato el llamado goce estético que es el fin de toda obra de arte y donde se concentra el mayor interés y ambición de todo artista.

No soy taxidermista (…) sino conservador de cuerpos. Todas las artes aspiran a la eternidad, pero la mía es la única que convierte la eternidad en algo visible. Lo eterno como una rama del árbol de lo verdadero. Son las palabras de Ara frente a Perón, cuando le pide el trabajo de embalsamar a Evita, días antes de su muerte, cuando ya su deceso era inminente. Y dejan de manera muy explícita en la novela, el mismo interés también del propio escritor por inmortalizar su obra. Cito al narrador: El arte del embalsamador se parece al del biógrafo: los dos tratan de inmovilizar una vida o un cuerpo en la pose que debe recordarlos la eternidad. El caso Eva Perón, relato que Ara completó poco antes de morir, une las dos empresas en un solo movimiento omnipotente: el biógrafo es a la vez el embalsamador y la biografía es también una autobiografía de su arte funerario. Eso se ve en cada línea del texto: Ara reconstruye el cuerpo de Evita sólo para poder narrar cómo lo ha hecho.

Los diversos episodios relatados a lo largo de la novela, muestran constantemente el interés del autor por mostrar la gama plurivalente de la realidad, cuestionando y a la vez enseñando los mecanismos del juego infinito entre realidad ficción. Mentía, por supuesto, sin saber que mentía. Había inventado una realidad y, dentro de ella, era Dios. Imitaba la imaginación de Dios y en ese reino virtual, en esa nada que estaba llena sólo de sí mismo, se creía invulnerable, invencible, todopoderoso. ¿No es acaso esa la situación real del propio autor?

En las novelas, lo que es verdad es también mentira. Los autores construyen a la noche los mismos mitos que han destruido por la mañana.

La historia de Eva Duarte de Perón, sin duda, ha desvelado el sueño de muchos escritores argentinos en su afán por contarla, pero sólo muy pocos han logrado elevarla a la cumbre alcanzada en Santa Evita por Tomás Eloy Martínez. Su prosa, su estilo, su forma hacen de ella una novela inolvidable, y abre nuevas puertas de las infinitas dimensiones posibles del género novelesco, en tanto arte, al decir de Henry James, reproductor de la vida.

Me he pasado la vida sublevándome contra los poderes que prohíben o mutilan historias y contra los cómplices que las deforman o dejan que se pierdan. Permitir que una historia como esa me pasara de largo era un acto de alta traición contra mi conciencia.  Confiesa el narrador que es el alter ego del propio escritor, tras recibir una misteriosa llamada telefónica una noche, anunciándole algunas primicias de la historia, después de más de treinta años de acaecidos los hechos.

También cabe resaltar la distancia que toma el narrador, a pesar de la aparente cercanía de la vivencia en tanto real y parte de su propia historia. Esta le permite una mirada limpia de los clásicos resentimientos que contienen la mayoría de las novelas cuyo tema es la política contingente, y los cuales, a estas alturas, en muchos escritores se ha transformado en un lugar común que nada expresa. Si bien el narrador confiesa sus penurias de exiliado, no hace de su situación una apología tendiente a proyectarse como la víctima, condenando a sus victimarios desde una perspectiva subjetiva. En ese sentido, toma la vida y la historia como es, como ha sido a lo largo de los siglos, un ir y venir del hombre, de todos los hombres, buscando el poder y la gloria. La misma Evita, parece al margen de la cuestión política, aún frente a los peligros que corre su cuerpo tras la caída de Perón, y acaso por eso se impone en la novela como personaje literario. De esta manera le otorga mayor libertad al lector, para que piense y juzgue por sí mismo.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Noviembre del 2011

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