Demolición de Santiago

Santiago sucumbe bajo las implacables palas mecánicas. Nada quedará en pie. Los viejos barrios residenciales son arrasados para instalar enormes edificios que albergan a cien familias donde ayer vivía una. En esta demolición no hay discriminación alguna, la pala mecánica derriba  las construcciones hermosas lo mismo que las feas. No hay piedad en este negocio. Lo único importante es el dinero, la plusvalía, el capital. La historia y la tradición tiene muy sin cuidado a la posmodernidad. Hay que acabar con todo de una buena vez. La historia no tiene ningún sentido. Cambiemos la ciudad por una nueva, lo mismo que la señora, los hijos, el auto. Todo en este mundo se ha vuelto desechable. Mientras más botamos más ricos somos. Esa es la consigna. Una consigna que habría matado de espanto a nuestras abuelas. Te descuidas un segundo y la casa del frente ya no existe, la demolieron, y están levantando un edificio de quince pisos con piscina, gimnasio, quincho… una maravilla, dice la propaganda, el cartel que han puesto mientras duran los trabajos, pero una vez viviendo allí, para muchos la convivencia se vuelve un infierno.

Uno no puede dejar de preguntarse qué nos está pasando. No hay autoridades para detener las demoliciones, para frenar el levantamiento de edificios en zonas donde ya apenas caben los existentes. Nadie considera las calles de acceso a dichos edificios, ni los autos que vomitan diariamente a la calle, y a calles insignificantes, agregando nuevos problemas a la congestión vehicular del sector. Tampoco se piensa en los alcantarillados. Aunque de eso mejor ni hablar. Porque nadie parece tener dos dedos de frente en los municipios, a pesar de las miles de trabas que nos ponen a los ciudadanos comunes y corrientes a la hora de gestionar un trámite. Sin embargo, las constructoras siempre se las arreglan para sacar adelante sus permisos. Pero vaya usted a solicitar algo, por ejemplo, la necesidad de podar el árbol que hay frente a su casa. Le aseguro que terminará desistiendo de la idea, aunque el árbol se desplome sobre su casa.

Hay barrios residenciales que al menos debieran quedar para el recuerdo. Haya casas que al menos debieran quedar como monumentos de una época. Pero aquí no hay piedad, ni criterio. Lo importante es el dinero, y al diablo la tradición y la historia. Total, hace rato ya que un japonés anunció El Fin de la Historia, y parece que tenía razón.

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Diciembre del 2011

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