Cuba, La perla del Caribe.

Lo primero que sorprende al turista al bajar del avión en el aeropuerto internacional José Martí, es el calor. Esa bocanada de aire espeso y pegajoso del recibimiento, jamás se olvida. Pero una vez que se entra en aquel clima, el paseante se vuelve adicto, porque será un anestésico infalible para las preocupaciones, hasta caer en un suave marasmo de olvido y ensoñación continua. Después, tras caminar por las calles empedradas de la ciudad, poco a poco irá adquiriendo los movimientos felinos de los cubanos, zigzagueando en medio del espesor mucilaginoso del ambiente. El calor tórrido estará siempre allí latiendo en el aire, pero amortiguado por una humedad que lo hace líquido y en vez de andar, el caminante se sentirá nadando por sus calles, sumergido en una realidad onírica.

La isla es verde, todo verdor. Una planicie extendida como un manto en medio de la superficie rebelde del mar. En palabras de Colón: la tierra más hermosa que ojos humanos hallan visto. Pero lo que realmente impacta al visitante, tras salir del aeropuerto y cruzar la planicie, es el aspecto singular de La Habana Vieja, por sus casas descoloridas y ruinosas. Allí todo huele a tiempos remotos, extraviados en la memoria, a épocas de lejanas glorias, a viejos palacios coloniales, a techumbres relamidas por el sol y por la lluvia. Aquel aspecto fantasmal de la ciudad sumerge al visitante en el pasado grandioso de La Habana, incluso hasta las profundidades del Siglo de Oro Español, cuando recalaban en su puerto cientos de buques de las más diversas procedencias y caladuras. Ahora todo permanece inmovilizado en esos diques, acusando un escaso tráfico marítimo.

El edificio de la gobernación, ubicado a un costado de la plaza, impone su presencia de construcción colonial levantada para ejercer el poder, gracias a un metódico mantenimiento de sus estructuras. Pero las construcciones colindantes se suman a la decadencia generalizada que relumbra a ojos vista. Una ciudad cuyo mayor encanto viene a ser ahora  su evidente distanciamiento con la modernidad que avanza en la mayoría de los países del orbe, derribando el pasado mediante el levantamiento sistemático de construcciones modernas. Allí las viejas construcciones todavía están en pie, cobijando a un pueblo que se ha quedado en el pasado semejante al de sus casas, conservando el desplazamiento y el hablar cansino del hombre de otras épocas, cuando no lo apuraban los semáforos ni las aglomeraciones de los supermercados que allí ahora no existen. Nadie tiene prisa en La Habana, no hay atochamientos ni cuellos de botella en las amplias avenidas. No ha llegado la estampida de automóviles que invade hoy casi todas las ciudades del mundo. Allí todavía funcionan los viejos coches americanos, casi tan antiguos como la Revolución, que ya supera los cincuenta años.

El Malecón bordea un costado de la ciudad enseñando el puerto y la Fortaleza Real, sus pretiles que por las noches sirven de asientos a la juventud, marcan otra nota de belleza arquitectónica, aunque a veces son traspasados por olas furibundas que estallan en plena vía. La hermosa costanera conecta la Habana vieja con el Vedado, lugar donde se han instalado los hoteles más modernos que cobijan a los miles de turistas, y donde vive el sector más acomodado.

Impresiona en los restaurantes de turismo el tamaño de las langostas, que algunos locales exhiben vivas en la vitrinas. Todo eso contrasta con la escasez existente en los viejos almacenes destinados a proveer de comestibles –vía tarjeta de abastecimiento- a los cubanos. Entre los bares y paladares, como nominan a los restaurantes, para los amantes de la literatura destaca la Bodeguita del Medio, y el bar Floridita, por su relación con Hemingway cuando pasaba sus días en la isla. Un mojito en la barra refresca gratamente el paladar del visitante, mientras contempla las fotos y reliquias que han dejado en el local los paseantes más famosos de La Habana.

Apurarse en Cuba no tiene ningún sentido, todo funciona a la velocidad de rueda de molino, triturando lentamente las horas y los minutos. La gente parlotea en las calles sin esa urgencia desatada en las grandes urbes por la posesión imperiosa del mañana. Y el visitante se sume al movimiento lento del molino, dejándose llevar por el placer de ser y estar, aquí y ahora, sumergido en una realidad distinta a la suya.

Los centros turísticos en Varadero y Cayo Coco, delatan la paradoja de una Revolución que se sustenta gracias a los turistas provenientes de todos los hemisferios, pero principalmente de los Estados Unidos, quienes beben Gin and Tonic, o la excelsa Cuba Libre, mientras fuman los clásicos habanos que hicieran fama en el mundo.

Miguel de Loyola – Notas de viaje – La Habana,1998.

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Un comentario en “Cuba, La perla del Caribe.

  1. guardando las proporciones, esa misma sensación ambiental me pegó cuando me bajé del avión en Iquique
    hace ya muuuuuuuchas lunas

    excelente reseña Miguel, un lugar con sus altos y bajos, pero lleno de sazón sin duda

    abrazoooo

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