El cuento y la novela. Génesis escritural, temáticas, influencias, resultado.


Génesis

Para comenzar esta conversación, quiero partir citando el ensayo: El desafío de la creación, donde Juan Rulfo (1917-1986) sostiene  los siguiente:  yo les tengo mucho miedo a los intelectuales, por eso trato de evitarlos; cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás.

Se me ocurre que con estas palabras trataba de sacarse  de encima a los críticos en una época en que el estructuralismo acotaba cada uno de sus pasos, analizando y desmenuzando la obra literaria como si se tratara de un objeto posible de abordar con  instrumentos cientificos. Antonio Skármeta recuerda en su libro Neruda por Antonio Skármeta, haber acosado  al escritor mexicano con un ensayo de su autoría titulado Superrealidad e hiperrealidad en los cuentos de Juan Rulfo.  Analizaba e interpretaba la obra del cuentista mexicano hasta el paroxismo. Como se comprenderá, Juan Rulfo se mantuvo impávido frente a tales comentarios del joven escritor chileno. Sus silencios eran por entonces,1969, mundialmente conocidos. En el mismo libro citado, Neruda comenta a Skármeta: hombre, Rulfo no dice ni pío, es más callado que una lápida.  También es conocida la anécdota contada por  Borges, cuando ambos sostuvieron un debate televisivo. A propósito de esa experiencia comenta al periodista respecto de la misma : nada -yo hablé sin parar y Rulfo de vez en cuando introdujo uno que otro silencio. Y sin embargo, podemos preguntarnos, cuánto no nos dicen los cuentos del Llano en Llamas (1953), o su novela Pedro Páramo (1955), ¡cuántos diálogos no establece con el lector este autor taciturno y silencioso!

Tengo la impresión que son contados los escritores que pueden hablar de su proyecto creador con una claridad racional a gusto de los críticos. Los más, y entre esos me encuentro, no sabemos muy bien por qué, ni para qué o a quien escribimos realmente.

 Petrarca en una carta dirigida a un abad hace un comentario que interpreta todo momento de mi vida, dice así: extrañamente ansío escribir, pero no sé qué ni a quién. Esta pasión inexorable tiene tal fuerza sobre mí que la pluma, la tinta, el papel y el trabajo se prolongan hasta altas horas de la noche y son más de mi agrado que el reposo y el sueño. Siempre me hallo en un estado de tristeza y languidez cuando no escribo y, aunque parezca anómalo, trabajo cuando descanso y hallo descanso cuando trabajo.

            Aunque debo reconocer que en este caso particular y concreto, el presente trabajo me ha quitado buenas horas de sueño tratando de urdir una idea que pueda servirnos de algo relativo al fenómeno de la creación literaria. Contrariamente a los grandes teóricos y estudiosos de la literatura -que pueden hablar y desmenuzar una obra literaria, clasificarla   y aún acotarla como si fuera un objeto fabricado paso a paso en una industria, usando para sus análisis herramientas que a uno, las más de las veces lo dejan perplejo- para los escritores la tarea resulta muy complicada, casi imposible. Para mí, y supongo que para muchos, la literatura no es una ciencia,  sino el resultado de una pasión interior, de una vocación que viene con el hombre, y sobre la cual no tenemos certezas, aparte de la existencia concreta de sus libros. Todo lo demás es tan subjetivo y errático.  La ciencia es genérica y el arte algo individual, y por eso hablamos de estilo en el arte, cosa que la ciencia no tiene.

            Julio Cortázar postula la idea del exorcismo, en su Ensayo del cuento y sus alrededores apunta: escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez. Así, Sábato hablará  de expurgar fantasmas, después de aclarar que existen dos tipos de escritores: “la inmensa mayoría escribe porque buscan fama y dinero, por distracción, porque meramente tienen facilidad, porque no resisten la vanidad de ver sus nombres en letras de molde.” haciendo una clara distinción entre dos tipos de escritores. Pero lo pocos que cuentan: son los testigos, es decir los mártires de una época. Son hombres que no escriben con facilidad sino con desgarramiento. Son individuos a contramano, terroristas o fuera de la ley.

            En mi caso, buscando el génesis de mi propia escritura,  estoy convencido que es consecuencia de cierta delirante pasión por los libros, semejante a la de  nuestro inolvidable Quijote de la Mancha. Dicha pasión comienza en la más temprana juventud, cuando experimenté por primera vez el placer por la lectura, un placer único, aunque mental, comparable con los mayores placeres que nos proporciona el cuerpo, la vida misma. Leer para mí fue una forma de prolongar en el tiempo y en el espacio los juegos de la niñez, para seguir jugando cuando ya no podía hacerlo en público. Y de seguro el primer amor adolescente  gatilló  la palabra escrita,  cuando la efervescencia de los sentidos tuvo que aflorar por alguna parte. Comencé escribiendo poemas movido por una suerte de delirium tremens, tratando de verbalizar esa explosión de sentimientos y sensaciones  despertadas frente a una muchacha. Por suerte, cuando esas primeras aventuras se aquietaron, tuve conciencia de que mis poemas no tenían ningún valor literario, pero comprendí que me habían servido para expiar mis más hondas aflicciones sentimentales. Sin sospecharlo, había practicado conmigo mismo el psicoanálisis, ya que nunca fui ni lo soy ahora tampoco, el tipo de hombre comunicativo que puede expresar oralmente lo que pasa o se mueve por su interior. Todo lo llevo siempre a la palabra escrita, porque me parece un lenguaje más preciso, más exacto. Permite la reflexión previa a la transcripción de la idea, en cambio de la palabra oral, en tanto reflejo simultáneo de lo pensado, las mas de las veces uno termina arrepintiéndose de lo que ha dicho.

            En ese sentido, me atrevo a afirmar que la escritura responde a una necesidad interior de comunicación, esa es su raíz primaria,  luego puede transformarse en algunos casos en oficio. Conocida es la frase: cualquiera es poeta a los veinte años.

            García Márquez en la  reciente celebración de la publicación de Cien Años de Soledad, sostuvo: “No sé a qué horas sucedió todo. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme frente a un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente.”

            Por cierto, la elocuencia de García Márquez para exponer el génesis de su instinto creador mantiene la lucidez y el brillo de lo real maravilloso con que ha pintado todas sus obras y no deja de sorprendernos. Pero además, se trata de la opinión de un escritor célebre, quien se debe a sus lectores tanto más que a sí mismo. En consecuencia, su juicio dista muchísimas yardas del escritor primerizo.

            Henry James en  El arte de la novela y otros ensayos apunta algo que podría ayudarnos en la discusión propiciada por Rulfo. Dice textual: El arte vive de la discusión, del experimento, de la curiosidad, de la diversidad de intentos, del intercambio de pareceres y de la comparación de puntos de vista. Si tomamos la frase en su sentido más profundo podemos salir airosos del problema. El arte de la literatura es una convención, y en ese sentido toda discusión en torno a ella, tiene mucho sentido, porque facilita el camino a otros, a los que vienen detrás. Sospecho que nunca ha habido un éxito auténtico que no haya estado respaldado por una oculta base de convicción teórica, termina apuntando el novelista inglés.

            Para mí escribir, como ya lo dijo Petrarca, no es un trabajo, sino un placer, sobre todo en ese extraño momento en que uno siente que ha conseguido expresar lo que anhelaba, aún sin saber exactamente cuál era esa idea anhelada.

Es entonces cuando uno se descubre escritor, cuando siente salir del interior palabras, personajes y situaciones impensadas. Ordenar después esas ideas (emociones) o sentimientos,  es lo que llamamos oficio. Lo que si está claro, es que llegado un momento nos definimos por un género literario que nos ayude o nos acomode mejor para expresarnos. Pero dejemos a Cortázar cerrar este capítulo:

No sé de otros testimonios que puedan ayudar a comprender el proceso desencadenante y condicionante de un cuento breve digno de recuerdo; apelo entonces a mi propia situación de cuentista y veo a un hombre relativamente feliz y cotidiano, envuelto en las mismas pequeñeces y dentistas de todo habitante de una gran ciudad, que lee el periódico y se enamora y va al teatro y que de pronto, instantáneamente, en un viaje en el subte, en un café, en un sueño, en la oficina mientras revisa una traducción sospechosa acerca del analfabetismo en Tanzania, deja de ser él-y-su-circunstancia y sin razón alguna, sin preaviso, sin el aura de los epilépticos, sin la crispación que precede a las grandes jaquecas, sin nada que le dé tiempo a apretar los dientes y a respirar hondo, es un cuento, una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento, algo que solamente puede ser un cuento y además en seguida, inmediatamente, Tanzania puede irse al demonio porque este hombre meterá una hoja de papel en la máquina y empezará a escribir aunque sus jefes y las Naciones Unidas en pleno le caigan por las orejas, aunque su mujer lo llame porque se está enfriando la sopa, aunque ocurran cosas tremendas en el mundo y haya que escuchar las informaciones radiales o bañarse o telefonear a los amigos.

Temática

Respecto a la temática, Rulfo, con su economía de lenguaje, ha dicho sólo hay tres: vida, amor y muerte. Y, por supuesto, cada autor tiene su sello propio para extenderse sobre ellos, y hay también algunos que pueden precisar con antelación sobre qué van a escribir. Conocida es la explicación de Edgar Alan Poe referida a su poema El cuervo, donde paso a paso va explicando cómo concibió la idea y la desarrolló. Sólo si se tiene continuamente presente la idea del desenlace podemos conferir a un plan su indispensable apariencia de lógica y de causalidad, procurando que todas las incidencias y en especial el tono general tienda a desarrollar la intención establecida, precisa el eximio cuentista. Podríamos citar aquí También a Horacio Quiroga con su  Decálogo del Perfecto cuentista,  o a Augusto Moterroso con el suyo, o Julio Cortázar, y , a todos los escritores clarividentes a la hora de sentarse a escribir. Pero un detalle, dudo que alguno de estos escritores haya podido escribir tales reglas antes de alcanzar resonancia sus libros. Me atrevo a postular que tales deducciones vinieron después, a propósito de alguna entrevista. Porque de seguro que el máximo conocimiento sobre la poética del cuento o la novela no asegura a nadie convertirse en un buen cuentista. Sábato al respecto sostiene: El artista parte de una oscura intuición global, pero no sabe lo que realmente quería hasta que la obra está concluida, y a veces ni  siquiera entonces. En la medida que parte de una intuición básica puede afirmarse que el tema precede a la expresión; pero al ir avanzado, la forma va prestando al asunto sutiles, misteriosos, ricos e inesperados matices; momentos en que puede afirmarse que la expresión crea el tema.

            Contrastar opiniones con las de otros hombres que han padecido angustias semejantes en torno al trabajo artístico, es un ejercicio que uno termina haciendo cuando finalmente se descubre y asume la identidad de tal. Descubrimiento en mi caso al menos más bien tardío. Siendo muy joven sentí la necesidad de escribir, pero las coordenadas de la vida me llevaron por derroteros muy distintos, tanto que me hicieron renegar del oficio. Se trata de un camino sinuoso y a muchos conduce al abismo y solo unos pocos pueden vivir de sus escritos. Eso me complicaba, no obstante, no podía dejar de escribir y seguía robándole horas al día para saciar y llenar el vacío que me producía la rutina de la vida diaria.

De mis primero cuentos de Bienvenido sea el día, no quiero hablar, porque están ya muy lejos en el tiempo y tal vez respondan más a una etapa concreta de mi vida personal, donde la anécdota constituía la cuestión principal de mi escritura. Creo que mi novela Despedida de soltero responde más bien a un plan literario que se fue definiendo poco a poco en el tiempo, y donde me siento más a gusto con el protagonista y su situación. Se trata de un afamado médico que se encuentra algo pasado ya en la edad para jubilar, a quien invitan a la despedida de soltero de su ayudante y probable sucesor en el hospital. Mi intención era recrear la vida interior de los viejos hospitales públicos, abandonados y pobres en contraste con la opulencia existente en las clínicas privadas y del concepto de medicina antiguo en relación al negociado que es hoy la medicina y su industria a nivel mundial. Para hacer esa crítica al sistema, surgió como un fantasma  la figura ficticia de un médico chapado a la antigua, en quien se hallaban todavía vivos los preceptos más honorables de la profesión. En el fondo, pretendía con la novela cuestionar el sistema actual, invocando los viejos valores que le dieron grandeza a la clase media y a sus profesionales por allá a mediados del siglo XX, los mismos que hoy se han perdido en medio del mercantilismo de la sociedad de consumo que maneja a la sociedad, transformándose en verdaderos comerciantes de la salud.

Desgraciadamente, la novela no tuvo eco en el mercado editorial,  y pasó inadvertida en medio de la infinidad de libros que a diario se publican con los mismos resultados. Pero créanme que no he perdido la fe en ella, y creo que si hubiese tenido la debida publicidad, habría llegado a muchos lectores. Pero en fin. Eso ya es cuento aparte.  Lo que aquí importa es tratar de aclarar como un escritor llega a su tema o como el tema llega a él. Tengo la impresión que en mi caso, y en el de muchos, se trata de una inclinación propiciada por la sensibilidad de cada cual. Recuerdo que José Donoso sostenía en su Taller literario que el arte es un asunto de sensibilidad, hay cosas que a ciertas personas tocan y otras no, cómo se las arregla cada cual para ponerlas en escena es lo que llaman oficio. Raimond Carver a ese respecto sostiene algo que merece atención: si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo. Y respecto al oficio: Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. Y luego añade: un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.

            Pues bien, para finalizar este punto. Esta vez quiero terminar  totalmente de acuerdo con Rulfo. Definitivamente los temas no son más que tres: vida, amor  y muerte.  Cómo tratarlos, he ahí otro asunto.

Las Influencias

¿Quién podría poner en duda el poder de las influencias? Dudo que exista un escritor que no haya sido influenciado por alguno de sus antecesores y a quien le gustaría emular. Aristóteles en su conocida Poética sostiene que el arte es fundamentalmente imitación, una mimesis de la realidad, y nosotros no hacemos otra cosa que imitar lo que otros ya han hecho para representar la realidad. André Malraux afirma que sería imposible imaginarse lo que habría sido de un gran artista si sólo hubiera conocido la naturaleza y nunca las obras de arte. Toda representación artística se basa en ensayos anteriores. Cualquier novela es más tributaria de la literatura que de la misma realidad. Recordemos: palimpesto, pastiche, correlato, intertextualidad, palabra puesta muy de moda hoy por la crítica.

Creo que aquí volvemos al viejo problema de las sensibilidades, donde cada cuál buscará conciente o inconscientemente la obra y el autor de mayor afinidad con su manera de mirar la realidad. La novela, sostiene H.James, en su definición más amplia, es una impresión personal y directa de la vida. Y, por supuesto, cada cual tiene la suya. Reconocida es la influencia de John dos Passos sobre Faulkner y la de éste sobre la obra de García Màrquez, la de Flaubert en la narrativa de Henry james, la de Henry James en José Donoso. Las influencias son inevitables en todo quehacer humano. El poeta debe tomar conciencia plena de la corriente principal, la que de ningún modo fluye invariablemente sobre las reputaciones más distinguidas(…) Ningún poeta, ni cultor de arte alguno, tiene sentido completo en sí mismo. Su significación, su apreciación es el juicio de sus relaciones con los poetas y artistas ya fenecidos, apunta T.S. Eliot en su célebre ensayo Tradición y Talento individual.

En mi caso personal, mi admiración por los clásicos le ha dado a mi literatura una nota retro que a muchos gusta y a otros disgusta. Para mí los rusos son todavía insuperables en la penetración del alma humana, asunto que para mí resulta todavía de vital importancia, a pesar de que la literatura actual parece haber perdido  interés por ella, y sólo se ha quedado con estereotipos desechables como todo lo creado por la llamada economía de mercado. ¿Quien recordará mañana algún personaje de la literatura actual?  Hoy la novela ha perdido el interés por el desarrollo del personaje, al estilo Flaubert, por ejemplo, y día a día nos entrega fantasmas que se esfuman de la mente después de la lectura. Y de los grandes temas acotados por  Rulfo, la narrativa ahora parece haber optado por la llamada cultura light, donde la vida , el amor y la muerte no tienen ninguna importancia.  Yo me quedo con las novelas que todavía defienden al hombre del hombre, aquella literatura capaz de ayudar a penetrar el misterio humano, aquellos personajes con los cuales puedo identificarme ideal o realmente. En suma, me siento influenciado por las temáticas definidas por Rulfo, y por todos los escritores que escriben desde adentro, movidos por sus fantasmas.. En Cuentos del Maule, recientemente publicado, es un libro de historias  que recrea el mundo rural, un mundo olvidado por el hombre de ciudad, siguiendo -es probable- la línea del propio Rulfo. Aunque jamás haya sido ese mi propósito. Sencillamente, surgieron en mi mente esos personajes y tuve que escribir sus historias porque ellos mismos me lo estaban pidiendo a gritos. Se trataba, al decir de Pirandello (1867–1936) de personajes en busca de su autor. O de exorcismo, como sostiene Cortázar y Sábato.

Resultado

¿Qué hubiese pasado con la obra de Kafka si su amigo Max Brod la hubiese botado a la basura, como era el deseo expreso de Kafka antes de morir? La narrativa del escritor húngaro Sandor Marai pasó inadvertida mientras vivió entre nosotros, en pleno siglo XX. Hoy, resulta que es una de las más leídas en el mundo. Es decir, acerca del resultado de la creación artística no podemos aventurar otra cosa que, en el mejor de los casos, la publicación de la obra una vez terminada, momento en que culmina el proyecto creador de todo artista profesional. Pero su recepción y divulgación en el medio es asunto que no compete al escritor. Aunque sospecho que en materia de arte, así como en materia comercial, el mundo también se maneja, y hoy más que nunca. Todo lo manipula la economía de mercado con su herramienta mágica llamada publicidad, y es ella quien impone esto o aquello, también los autores que debemos leer. Y penetrar ese campo intelectual desde los bordes, donde suelen moverse los artistas, y sobre todo la obra nueva, es una proeza difícil de sortear si no se cuenta con el apoyo de la elit.

La prensa en Chile, por ejemplo, manejada desde tiempos inmemoriales por grupos de interés cultural y económico, siempre ha mantenido en vitrina a los autores que mejor interpretan sus propios intereses, ignorando deliberadamente la existencia de otros escritores por estar en la orilla opuesta. Demás está señalar que durante los años en Dictadura jamás le dio tribuna a un escritor que no estuviera más o menos en la línea del canon impuesto por el oficialismo imperante, y que sólo con la llegada de la Democracia al país, aparecieron autores que en Dictadura jamás habrían sido considerados por la crítica oficialista. Pero también cabe señalar que cuando ha existido prensa contraria, ha practicado la misma forma de política excluyente. Es decir, nadie todavía ha entendido que la obra de arte no tiene color político. Es un producto cultural que está fuera de toda ideología, aún existiendo escritores suscritos a alguna en particular. Tal es el caso de García Márquez, por ejemplo, en cuyas obras no se distingue en absoluto su militancia, en Cien años de Soledad, por ejemplo, no encontramos un solo rasgo que lo relacione con su ideología, incluso sus personajes, como el general Aureliano Buendía quien, después de sufrir la desilusión de las guerras, sostiene: “La única diferencia entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho.”

 Es evidente que se trata de dos cosas muy diferentes, pero la estrechez  mental suele confundirlas.  El mismo error se produce a la hora de criticar una obra,  el crítico mediocre suele confundir la obra con su autor, y de ahí tal vez la mala impresión que tienen los autores de los críticos. Tal vez por eso sea preferible conocer la obra de nuestro autor favorito y nunca al escritor de carne y hueso. Borges, en Ultimas conversaciones con Borges, sostiene: En lo posible he tratado de prescindir de la historia de la literatura. Cuando mis alumnos me pedían bibliografía sobre tal o cual escritor, yo les contestaba: Shakespeare no supo nada de bibliografía shakesperiana. El doctor Johnson no supo prever los libros que escribirían sobre él. Yo aconsejé siempre la lectura como una de las formas de la felicidad; estoy en contra de la lectura obligatoria, creo que es una idea absurda. Si un autor no nos interesa, significa que ese autor no ha escrito para nosotros.

La mayoría de los libros que se publican hoy están avalados por los intereses comerciales de las grandes editoriales, pero nadie nos puede asegurar que serán los libros que cruzarán el umbral del futuro por su distinguida calidad literaria. Además, las tendencias literarias con la vertiginosidad que corre el tiempo, van pasando tan rápido, que cada día resulta más difícil auspiciar su futuro.

            Quiero terminar esta conversación citando las siguientes palabras de W. Faulkner, la cuales a mi modo de ver dicen directa relación con lo aquí hemos llamado resultado.

 “El artista sigue trabajando sin descanso y volviendo a recomenzar: y cada vez  cree que logrará su fin, que integrará su obra. No lo logrará, como es natural, y de ahí la razón de que este estado de ánimo sea fecundo. Si alguna vez lo consiguiera, si su obra llegara a poder equipararse con la imagen que se hizo de ella, con su sueño, sólo le restaría precipitarse desde el pináculo de esa perfección definitiva, y suicidarse.

 

 

 

 

 

Bibliografía:

 

Alifano, Roberto: Ultimas conversaciones con Borges. Torres Agüero Editor.

            Buenos Aires 1988.

T.S. Eliot. “Tradición y Talento Individual”

Skármeta, Antonio. Neruda por Skármeta. Ed. Planeta, Barcelona, 2004.

Sábato, Ernesto. El escritor y sus fantasmas. Seix Barral, Madrid, 1963.

Henry James. El Arte de la Novela y otros ensayos. Ed. Valparaíso, 1973,

Miguel de Loyola – Año 2007 – Ponencia en encuentro de escritores en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia – Centro Cultural Patiño –

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2 comentarios en “El cuento y la novela. Génesis escritural, temáticas, influencias, resultado.

  1. Me ha gustado mucho su post. De hecho estoy susbcrito a su blog pero hasta hoy pude revisar por completo su artículo más por que me llamó la atención.
    Estoy de acuerdo con usted en cuanto a la génesis del escritor, pienso que escribir es un don cultivable claro por que no todos pueden hacerlo, sin embargo el hecho de escribir no nos vuelve escritores.
    Estoy escribiendo una novela y estoy disfrutando muchísimo con ella, a la vez un sin número de historias bullen en mi mente de forma paralela. Sin embargo no puedo asegurar que se conviertan en grandes historias, que sean leidas por millones, no pùedo asegurar si quiera si las publicaré, pero disfruto con ellas.
    Mi pasión por los libros me llevó a descubrir que podía escribir, y fue casualmente Pedro Páramo la primera novela que leí y que recuerdo que me produjo una gran emoción.
    Es muy cierto que hoy el mercado maneja como títeres a los lectores para meternos por los ojos a escritores que muchas veces nos dejan vacíos
    Cien años de Soledad y El Señor de los Anillos, son para mi obra de mucho valor, sin embargo Isabel Allende y Gioconda Belli, son también para mí escritoras de mucha calidad.
    Un buen post que incluso copiaré en mi compu pues da muchísimas lecciones que para escritores jovenes como yo, nos serviría de mucho, para purificar nuestros sueños…

  2. absolutamente preciso tu post Miguel, escribir es un ejercicio constante y solitario
    libros y escritores hay como los colores todos diversos para diversos lectores

    Mama Icha , escritora una vez me dijo, siempre habrá quien lea lo que uno escriba, los libros son como las personas, así de complejos, así de distintos

    un abrazo y buena semana

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